Pisándole los talones a la Historia: “Un veterano de tres guerras”, recuerdo que vale la pena leer.

Mario Noceti Zerega

A menudo tenemos que lamentar el desconocimiento de la Historia de Chile a todo nivel. Los textos de historia de nuestros escolares vienen plagados de graves errores (ya lo he señalado alguna vez) y no solo en lo que respecta a nuestra historia sino también a la Historia Universal. A estos males hay que sumar toda esa vanidosa y vacua mitología que se va heredando de generación en generación y que adquiere fuerza dogmática. “Los mitos no piden permiso a la lógica ni a la verdad histórica para vivir, desarrollarse y prosperar”. (Eduardo Solar Correa, 1891-1935) Cito este enunciado de Solar Correa pues él sostiene que Ercilla es el creador del mito araucano y que “tal vez no exista otro libro (La Araucana) que haya ejercido un tan profundo y general ascendiente en la ideología de un pueblo”. (Cf. Semblanzas Literarias de la Colonia, Ercilla, Pág. 31 y 32) A empeorar la visión de los hechos históricos contribuyen el cine y la televisión. Hay personas que no logran entender una verdad muy simple: el cine no tiene por qué ser historia. Al contrario, el cine y las telenovelas son dos grandes distorsionistas de la historia. Por lo expuesto, quienes todavía seguimos fieles al libro -no hablo aquí de novelas- nos alegramos del éxito que ha tenido la publicación de los recuerdos de José Miguel Varela Valencia, (Concepción, 23 de septiembre de 1856) un abogado que se convirtió en militar al enrolarse como voluntario al inicio de la Guerra del Pacífico, que ejerció la docencia en las Monjas francesas de Santiago y en el Liceo de Temuco, que ocupó importantes puestos en el Ejército del Sur. (Pacificación de la Araucanía) Fue Jefe de la Comisión Repartidora de Tierras Fiscales (1888) y decidido partidario de D. José Manuel Balmaceda, razón por la cual se reincorporó al Ejército siendo gravemente herido en la Batalla de Placilla. (28 de agosto d 1891) Vivió en la clandestinidad hasta que la Ley de Amnistía (1893) le permitió normalizar su vida. Falleció en Valdivia el 15 de agosto de 1941.
El origen de esta obra: “Un veterano de tres guerras” es la colección de fascículos que Guillermo Parvex acumuló luego de tomar nota de los relatos de Varela. Manuscritos que regaló a su nieto –de idéntico nombre- y que éste, recién en el año 2004, comenzó a leer, dándose cuenta que esas páginas escritas con lápiz grafito eran “un fragmento de la Historia de Chile”. El fiel transcriptor no se conformó con copiar y ordenar cronológicamente esas páginas cuyo deplorable estado amenazaba con deshacerse; también unificó el estilo dándole un narrador homodiegético (en primera persona) y peregrinando por diversas entidades (Registro Civil, Archivo Nacional, Biblioteca Nacional, etc, etc,) garantizar que el contenido o argumento de esas charlas –que debieran ser muchas y prolongadas- entre Varela y el abuelo de D. Guillermo, era no solo verosímil, sino de auténtica e incontenible veracidad. Cuatrocientos setenta y ocho páginas tiene “Un Veterano de tres guerras”, con 25 interesantísimos capítulos. La obra ha sido editada por la Academia de Historia Militar (Salesianos Impresores, Stgo.) y en junio del año en curso ha completado cuatro reimpresiones. Y esto es ya una recomendación. Que en un país donde los lectores de obras de no ficción son escasos, una autobiografía alcance cuatro reimpresiones, significa que la lectura de “Un Veterano de tres guerras” ha fascinado a una considerable cantidad de lectores.
Personalmente debo confesar que leí esta obra con ansiedad, con una voracidad intelectual tan desmedida, que todo quedó supeditado a las horas que le dedique a este libro. Varela no solo nos habla de batallas, de soldados, de la guerra temible y terrible. También nos relata los detalles de un folclore nacional ya olvidado como el rito de adornar los templos y las casas con ramos de albahaca y claveles para Navidad, los pesebres o nacimientos hogareños; (en vez de los árboles navideños de claro origen sajón) el ponche de culén, los abrazos “dobles” para despedir el año viejo y recibir el nuevo; el origen del “bistec a lo pobre”, plato típico que nace en un restaurán santiaguino pero cuyo dueño era un francés. (Francois Gagé) Varela nos informa de cómo se acuñaron dichos como “estar en Jauja” y “darse vuelta la chaqueta”; (ambos herencia de los conflictos bélicos) nos describe con minuciosos detalles el Santiago de fines del siglo XIX, la llegada del alumbrado eléctrico a la Plaza de Armas de la capital (faroles) en septiembre de 1883 y cómo el Palacio Matte fue el primer edificio particular (antes que La Moneda) de contar con iluminación eléctrica en sus habitaciones. Y para 1890 la llegada del teléfono. Hasta Rancagua aparece mencionada en este interesantísimo libro un par de veces. ¿Quién sabe hoy que hubo en la ciudad heroica una fábrica de fósforos? Los más antiguos hemos de convenir con Varela en eso de “la manada de vendedores” que en la estación de ferrocarriles subían a ofrecer sus suculentas mercaderías a los carros de los trenes que iban al sur o al norte.
Los recuerdos de este abogado, profesor y militar, tienen una característica exclusiva: el autor es un observador nato, amante de la naturaleza de su patria y conocedor acertado de la flora y de la fauna autóctona. La añora y describe con una facilidad y desenvoltura increíbles. Así habla de robles, gualles, pellines, ñirres, mañíos… El bosque que ya no está. No solo tiene atentos los sentidos ante la belleza sureña o la bucólica prestancia del valle central. Al leer sus descripciones de la cordillera, la quieta belleza del clima frío, el riesgo de recorrer esas cornisas de los Andes, que apenas permiten el paso de un hombre, a tres mil metros de altura, la ferocidad implacable, sin límites, sin vida del desierto y los salares del norte, se ve que están descritos con los mismos acentos de admiración, terror y reverencia con que los retrataron autores coloniales o próceres de las guerras de independencia.
El autor es un experto en caballos. No solo un buen jinete. Sabe de razas, sabe de procedimientos y hasta aprende a colocar herraduras. Al respecto, leyendo estas memorias, necesariamente el lector se ve compelido a pensar que este abogado convertido en militar, ama a sus caballos más que a sí mismo. Especialmente, su primer caballo: Carboncillo. Hay pasajes de una intensa, franca y singular emotividad:

“… elegí para mi uso un potro negro, con una
mancha blanca alargada en la nariz y manchitas
blancas en las dos manos. Era brioso, amigable
y tenía una buena talla (…) Lo bautice como
“Carboncillo” y el noble amigo me acompañó por
más de dos años hasta llegar a Lima. Sobre su lomo
cabalgué por lo menos unos cinco mil kilómetros,
cruzamos desiertos, pantanos, vadeamos esteros,
dormimos juntos y sufrimos uno al lado del otro las
ansias del combate, la pena y el nerviosismo que
precede a las batallas anunciadas…”

“Junto nos palpitó el corazón hasta tratar de
salirse por la boca en medio de los combates…
En muchas ocasiones me privé del agua para darle
la de mi caramayola a “Carboncillo”, que después
que la bebía como enajenado con su hocico
lleno de espuma, agachaba la cabeza y la restregaba
en mi hombro como diciéndome “muchas gracias
amigo”, sé el sacrificio que estás haciendo, pero
lo necesitaba mucho”. (Op. cit. Pág. 34. Cap. I)

Textos tan llenos de afecto por sus caballos se reiteran. “Carboncillo” debió quedarse en Lima, pero “Refrán” y luego “Aguijón”, serán los compañeros de este nómade chileno que caminó al lado de la Historia a pisándoles lo talones. En efecto, llegar a Arica cuando la heroica toma del morro recién terminaba. Lo mismo ocurre en La Concepción: “Lo que puedo recordar es mi entrada a La Concepción, al promediar la tarde del 10 de julio, solamente unas horas después de haber terminado el épico combate”. (Cap. 13. Pág. 249) Relata a renglón seguido detalles escalofriantes y hasta ahora poco conocidos de la vesania que se apoderó de la turba de indios ebrios que quedaron en el pueblo. Y podría alguien pensar que nuestro héroe estaba como al margen de la guerra. No. Participó en las acciones bélicas de Tacna, Ate, Herbay, Chorrillos y Miraflores: “El ruido de más de quinientos sables saliendo de sus vainas casi al unísono es algo difícil de describir… algo así como la caída de un rayo, que hacía salirse el corazón por la boca”. (Cap. 8. Pág. 17)
Leyendo esta autobiografía nos enteramos que el miedo suele invadir los corazones más valientes. Varela se enroló por propia decisión. Su honestidad lo lleva a reconocer que sentía miedo antes de la batalla y a veces después. Sabemos que militares de gran valor como Federico II, el Grande, de Prusia, reconocían haber sentido miedo. Y eso explica la evasión de los enganchados y las deserciones que –aunque nos disguste- no fueron pocas. Valiosos e históricos recuerdos son los que deja Varela de la Guerra del Pacífico. Al leer estas páginas no concebimos cómo puede haber chilenos que estén a favor de ceder territorios a Bolivia. ¡Cuánta sangre chilena se derramó en esa guerra! ¡Cuántos miles de civiles convertidos en soldados de la noche a la mañana, partieron al norte para no regresar más. Quedaron en la soledad absoluta del desierto, fueron víctimas de los montoneros de la sierra o sucumbieron al clima hostil cuando ya los primeros batallones entraron victoriosos a Lima! Y quienes volvieron se encontraron con un Estado que los despreció olímpicamente: “Aunque me habían restituido mi grado de teniente coronel y mi pensión, persistía mi desilusión… siempre pensando en la ingratitud del Estado con los veteranos de guerra”, (Cap. 24. Pág. 456)
La segunda etapa militar de Varela tiene lugar cuando la llamada Pacificación de la Araucanía. Ahora, su compañero es “un caballo alazán”… con un lucero en su frente”. Se llama Refrán “Aquí peleamos contra mapuches y bandoleros. (en Angol) En Lonquimay contra los argentinos”. Esas fueron las palabras del Comandante y esa era la realidad. Los mapuches y los bandidos le hacían todo el daño que podían a los colonizadores. (suizos, italianos, belgas, ingleses, alemanes, rusos) Miles de mapuches atacaban a los colonos y a las guarniciones (regimientos diríamos hoy) cuando les daba la gana. La delincuencia (ex combatientes de la guerra del Pacífico que sobrevivían asaltando y robando) era tan o más temible que la actual. En 1899 “la delincuencia era pan de cada día en cualquier sector de la ciudad”. (Temuco: Cap. 23. Pág. 435) A eso se sumaban las frecuentes incursiones argentinas, como si no hubiese sido suficiente ese “imbécil tratado suscrito en 1881 con Argentina, ya que teniendo el Ejército y Marina más poderoso de América, les habíamos permitido a los argentinos apropiarse de toda nuestra Patagonia sin necesidad de disparar un solo tiro”. (Cap. 16.Pág. 297)
Las páginas más dolorosas de esta autobiografía son, a mi modo de ver, esas que recogen todos los acontecimientos, detalles y batallas de la Revolución del 91. Nada hay más nefasto y perverso que el odio entre hermanos. Cosa terrible es la guerra, pero la guerra entre hermanos, la guerra civil, es el mismo infierno, con la presencia de todos los demonios. En esa revolución Varela es herido con una bayoneta. Salva en primera instancia gracias a un corazón compasivo y a la astucia con que se sustrae a quienes lo buscan. La herida no sanará sino cuando una curandera recurre a matico y al llantén (folclóricos remedios) y le cura definitivamente.
En la obra aparecen, como en una selecta galería, una serie de personajes de nuestra historia ya sea porque el autor tuvo contacto o trabajó con ellos (como Linch, Uribe, o el escritor peruano Ricardo Palma, subdirector de la Biblioteca de Lima) o por ser coetáneos, los conoció y vio de cerca. (Baquedano, Balmaceda, Juana Ross de Edwards, Victoria Subercaseaux, etc.) De la lectura nos queda (también de la fotografía de Valero) la imagen de un hombre correcto, caballeroso a carta cabal, muy honesto, extremadamente sensible y emotivo y que no se avergüenza de sus emociones. Estamos frente a un hombre que valora el amor y la familia en su más prístina concepción. Varela es, eso se desprende de la narración que es sincera, fluida y sin aires pedantes, una persona altruista, prudente, profundamente religioso. Si algún defecto pudiéramos entresacar de estos didácticos apuntes, es la afición del abogado, profesor y soldado por la buena mesa. No obstante, sus casi diecisiete años en el Ejército, le enseñaron que la vida es una caja de sorpresas. Tanto en el desierto, como en las sierras del Perú o las selvas sureñas, a penosas hambrunas, solían suceder opíparos banquetes. Lo mismo dígase de la decencia en el vestir y en el aseo corporal. Ni él mismo se podía convencer de que en ese ir y venir por el desierto se había convertido en un portador de piojos y pulgas. De todo hay en esta entretenida historia que yacía en viejos cuadernos escritos con lápiz grafito y que es, no solo un libro ameno para pasar el rato, sino un valioso documento que nos refresca los, a menudo, escasos conocimientos que tenemos sobre nuestra historia nacional. “Un Veterano de tres guerras” es un libro que se recomienda solo.

 

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