La Iglesia que queremos ser

Esta semana la “Iglesia” ha estado en las agendas informativas y, espero, que lo haya sido en las conversaciones de la gente de a pie. Pongo Iglesia entre comillas porque así se denomina comúnmente cuando los protagonistas de estas noticias son cardenales, obispos y sacerdotes, lo cual, debo aclarar, no es preciso dado que, posterior al Concilio Vaticano II, se estableció que Iglesia somos todos los bautizados, es decir, una gran mayoría de chilenos somos la Iglesia Católica, cuestión que se nos recuerda pastoralmente en las catequesis, retiros, homilías y otras instancias.
La cuestión que ha quedado en evidencia es que ni yo usted que lee esto, como también la inmensa mayoría de católicos actuaría como lo han hecho los cardenales Ezzati y Errázuriz respecto al sacerdote jesuita Felipe Berríos y a Juan Carlos Cruz, víctima de abusos por parte de Fernando Karadima. En tanto, el arzobispado de Santiago se ha defendido poniendo énfasis en la inmoralidad de haber publicado una comunicación entre dos personas. Pero, al margen de la falta a la privacidad de la correspondencia, queda en evidencia que este suceso viene a acrecentar la falta de credibilidad de la jerarquía de la Iglesia Católica chilena. Más aún, se potencia la idea de que los cardenales no son la Iglesia y pienso en muchas mujeres y hombres que dejan los zapatos en la calle de sus barrios, ayudando y consolando, en nombre de la Iglesia, a sus hermanos más desposeídos. También, se me viene a la memoria, todos esos jóvenes que dejan de carretear por ir a callejear buscando a los indigentes. ¿Son acaso estos jerarcas dignos representantes de muchos católicos y católicas que, en nombre de Jesús, hacen el bien?
Estas prácticas padrinezcas no hacen más que dificultar el posicionamiento de la manera en que el Papa Francisco quiere que los pastores guíen al rebaño, porque las ovejas ahora piensan, analizan y disciernen, que se apartan del grupo para mirar dónde las lleva este guía (no vaya a ser que las desbarranque). La Iglesia ya no es un grupo de fieles que obedece ciegamente. Ya no es un enemigo externo que quiere embarrar a la institución, también hay quienes se disparan en los pies dentro de la jerarquía, la cual debería desvanecerse y confiar en el criterio de las personas que adhieren a la Iglesia; es un sueño, claro que sí, pero estas mismas crisis y cuestionamientos nos empujan, históricamente, a repensar en una democratización de la institución. Es ahí donde debemos demostrar valentía y fe, porque el camino hacia la modernización se ha iniciado (cuestionamiento público a los obispos, mayor participación de los laicos en estamentos vaticanos, mejores discernimientos teológicos de las comunidades, inclusión de opiniones disidentes en los sínodos, por nombrar algunas).
Por otro lado, queda en evidencia que aún hay sectores y obispos que defienden a Karadima, denostando a las víctimas denunciantes, y que con rabiosa labia, pretenden purificar la figura del abusador y sus cómplices. Ellos, dolorosamente, verán que las palabras y acciones de Jesús se replicarán en las mujeres y hombres de este tiempo, derribando las trabas que estos fariseos modernos han querido imponer.
A veces se piensa que la inmovilidad de las instituciones es una fortaleza que está refrendada por la tradición, y puede ser cierto, dado que la Iglesia como la conocemos data de hace cerca de mil setecientos años, pero los paradigmas han cambiado: ya nada es secreto, la información está al alcance de todos gracias a las redes sociales, lo escondido sale a la luz irremediablemente, las escaleras del poder están bajando algunos peldaños para oír lo que grita la base, ya no hay procesiones papales con trono en los hombres, ni coronación. Quien se niegue mirar este mundo cambiante, respire profundo y soporte la ventisca del cambio, o el aire renovador al abrir las ventanas de la Iglesia, como decía Juan XXIII.
Don Ricardo y don Francisco Javier son protagonistas y testigos inmediatos de que algo no está bien. Los grupos conservadores que los apoyan, aunque poderosos económicamente, no podrán impedir esta corriente renovadora que es simple: actuar como Jesús, maestro y amigo.

 
Marcelo Bahamonde Castro, Orientador familiar, Universidad de Los Lagos

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