Aún podemos evitar el asesinato del alma nacional

El descontrol de los jóvenes y su inusitada violencia nos hace expresar a muchos: “¿Qué pasa con sus familias? Pero algunos piden leyes que responsabilicen a los padres de los actos delictuales en que se involucran sus menores, quienes por la impunidad legal actúan con violencia e irreverencia.

Pero no hay políticas de Estado que fortalezcan a la familia, es más, todas buscan debilitarla quitándoles autoridad a los padres. Ahora es el ‘Señor Estado’ quien pretende determinar cómo serán educados los niños y no asume su responsabilidad por el quiebre de la disciplina en muchos colegios y la pérdida de autoridad de las familias.
Las familias deben trabajar y un exceso de horas, ambos padres, presionados por los bajos sueldos y un modelo que les esclaviza en el consumo, afectando calidad y tiempo de relación con los hijos. Luego para compensar carencias, estos padres privilegian dar cosas a sus hijos y diluir los límites.
Pero la brecha de ingresos entre las élites políticas, las económicas, las del poder, respecto de las grandes mayorías… aumenta. El hacinamiento o las falencias en educación y salud son vergonzosas. ¿Quiénes son más culpables? ¿Los que delinquen o aquellos que provocan semejantes desigualdades?¿De qué sirven las protestas si no reconocemos que nosotros mismos como sociedad hemos sido cómplices al permitir semejantes abusos y desigualdades?
En este escenario quiero recordar a la folclorista chilena Margot Loyola quien poco antes de morir decía: “Si le quitamos la religión a Chile, le quitamos el alma”…
¡Cuán cierta es su afirmación! ¡Cuánto necesitamos retornar a una patria cristiana!, solidaria, fraterna, que luchaba siempre contra las adversidades, que se condolía con el dolor del otro, una patria que compartía, donde nos respetábamos y donde los padres eran autoridad que se amaba y por ello se respetaba; padres que venerábamos con sagrada devoción.
El asesinato del alma nacional lo están ejerciendo quienes buscan desacralizar nuestra sociedad. Y está teniendo nefastas consecuencias. Los medios de comunicación masiva, han colaborado a descomponer la esencia de nuestra sociedad y cultura… ¿¡Revolución!? Si esto es su revolución, no la quiero para mí ni para mi patria. En particular cuando veo a líderes que sin autoridad moral para encabezar un cambio tan radical, desprecian los valores que hemos compartido por toda nuestra historia.
La corrupción en definitiva refleja la descomposición moral de quienes secuestran el valor sagrado de la vida humana, pero dan mayor valor moral a la vida de los animales. Es la cultura de Judas el traidor que sólo espera la muerte de los inocentes. Sociedad narcisista donde el ser más hermoso y amado de Dios está en riesgo permanente de ser víctima de la muerte que le ocasiona su propio hermano Caín. Una cultura donde resuenan las palabras de la Serpiente del Génesis tentando al Hombre: “Si comes serán como dioses”. La tentación de querer ocupar el lugar de Dios es la que vemos en nuestra cultura. ¡Ciegos!, sin darnos cuenta que asistimos a nuestra propia autodestrucción como pueblo y cultura.
Mientras continúan su danza macabra los mercaderes de la salud, la educación y la vivienda, secuestrando la dignidad de las personas. Seducen hacia el hedonismo y consumismo, espejismos de felicidad. Digo espejismo porque es eso. No es difícil encontrar a seres humanos que han perdido el sentido de sus vidas y que buscan desesperadamente comprar magia, seguridad, felicidad a través de bienes o droga intentando evadir la realidad, negar las carencias y vacíos que genera el sistema. Los medios de comunicación masiva son cómplices. Están al servicio de grupos económicos que luchan por convertir este país en un feudo donde unos pocos son dueños de todo y el resto deberá conformarse con migajas, promoviendo la cultura de Lázaro y el rico epulón.
Pero la esperanza es lo propio de nuestra fe y la verdad es que podemos vivir los valores del Evangelio. Recuerdo al papa Benedicto XVI quien nos invitaba a ponernos de rodillas ante la Eucaristía en un gesto sublime de adoración y reconocimiento de lo verdaderamente sagrado que es Cristo en la Sagrada Forma. Porque si no soy capaz de inclinarme ante Cristo, ¿seré capaz de inclinarme ante el hermano y reconocer en él a Jesús?
¿Por qué siendo sacerdote debo hablar de esto? Porque la fe lo demanda. Una teología basada solamente en lo social no tiene alma y una teología basada solo en lo espiritual no tiene cuerpo. Cristo se encarnó, se hizo uno, se anonadó a sí mismo por amor al hombre. Se despojó de su gloria para cumplir la voluntad del Padre y para ser uno entre nosotros, superando todo misterio y abriéndonos a él. Dios tenga piedad de nosotros, nos muestre su rostro y nos conceda su paz.
Amén.

Padre Luis Escobar
Párroco en la Parroquia Santísima Trinidad
Capellán de Gendarmería Rancagua.

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