El rector de la universidad regional, el profesor Correa.

Tras el anuncio presidencial en que fue nombrado como Rector de la Universidad Estatal en O’Higgins el profesor Rafael Correa Fontecilla, me animo a escribir estas líneas para compartir algunas anécdotas que mi mente recordó de la época Universitaria y que ayudan a entender un poco el perfil de la persona escogida por la Presidenta para dirigir los destinos de este proyecto tan emblemático para la Región.
Probablemente para buena parte de los lectores, el Profesor Correa sea un desconocido, pero para mí fue mi profesor de un curso de pregrado en la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Chile. Recuerdo que muchos tenían miedo de tomar los cursos con él. Su fama de profesor duro y exigente, de pruebas complicadas y notas exiguas y de una tasa de reprobación importante era una suerte de carta de presentación en el momento de la inscripción de ramos para los semestres venideros. Sin embargo, como a muchos hoy profesionales, me tocó compartir en un aula durante un semestre y mis recuerdos contrariamente a los antecedentes previos, son dignos de esta columna de opinión.
El Profesor Correa es un matemático de carrera, con un currículo que intimida por la gran cantidad de realizaciones que ha desarrollado en su vida profesional. Sin embargo, en el aula recuerdo una persona de una sencillez enorme, de una claridad intelectual superior y que tenía una fuerte vocación por la docencia. Muy estricto, con un rictus más bien serio, que escondía un gran sentido del humor se sorprendió al iniciar las clases que nos programaran en una sala pequeña muy inusual para los cursos de ciencias básicas que él dictaba. Éramos poco más de 20 alumnos los que tomaríamos su curso. Se extrañó de la poca concurrencia pero inició el semestre explicando que el dictaría un curso aplicado, pero que con asistencia a todas sus clases y siguiendo sus indicaciones, no debíamos “temer” porque aprobaríamos sin problemas su ramo.
Recuerdo que las pruebas eran difíciles, que buena parte de la clase reprobaría cuando la mitad del semestre había transcurrido. Pero algo hacía que sus clases eran interesantes y que todos los que partimos ese semestre íbamos a todas sus cátedras y seguíamos sus indicaciones. El Profesor Correa vio el compromiso y comenzó a dictar clases especiales para que los más complicados comprendieran sus conceptos y tuvieran mejor desempeño. No una, varias veces por semana. E íbamos todos, independiente del rendimiento académico.
Llegamos a los exámenes. Mas clases extra, auxiliares extra, material de apoyo, consejos a algunos alumnos que les costaba más. Las notas subían pero no lo necesario para aprobar en un porcentaje no menor de los alumnos. Antes de los exámenes, un par de sesiones especiales cosa que nunca tuve en otros cursos en mi paso por la Universidad. Y el Profesor Correa que no bajó la exigencia ni el nivel sino que apostó al esfuerzo y a gastar su propio tiempo en pos de que a ese pequeño grupo nos fuera mejor.
Y pasamos. Los que fuimos a todas sus clases, los que aprovechamos todas las oportunidades que nos brindó, aprobamos. Hubo caídos, pero ninguno de los que puso su compromiso en asistir y seguir las indicaciones del Profesor. Lo recuerdo contento, nos invitó a compartir con él y su familia ya terminado el curso, lo conocí en otra faceta fuera de la academia y al final de todo ese proceso y a la vuelta de los años creo que no pudo quedar en mejores manos un desafío tan grande como lo será crear este proyecto de Universidad en O’Higgins. Esos valores y ese mensaje que tuve en su curso de seguro será su sello en esta aventura. En buena hora.

Cristian Espinoza

Deja un comentario