Una columna de humo negro en el horizonte: ¡era Rancagua!

El General Bernardo O’Higgins, al atardecer del 2 de octubre de 1814, tras encabezar la carga heroica con los soldados sobrevivientes de la sangrienta batalla, detuvo los caballos para un breve descanso en la subida del cerro de Angostura. Volviendo los rostros hacia el sur, todos pudieron ver “una gran columna de humo negro, que se destacaba en el horizonte, en el silencio apacible de la tarde… ¡Aquel humo era Rancagua!”… Así describió John Thomas, el secretario inglés de Don Bernardo, el epílogo del día más doloroso y al mismo tiempo glorioso de la historia de la ciudad que naciera en 1743 como villa de Santa Cruz de Triana.
Esa inmensa columna de humo producida por los incendios, era el mejor símbolo del drama de valor y heroísmo marcado en las páginas de su historia.
Quizás si, en ese mismo instante, O’Higgins imaginó que el humo era la sombra de una gigantesca Ave Fénix, que perecía entre llamas de fuego, para renacer más tarde de sus propias cenizas. Era la vieja leyenda oriental que traspasaba los continentes y los siglos, para convertirse en realidad visible.
Chacabuco primero y luego Maipú, borraron las desdichas y al valiente soldado de Rancagua lo convirtieron en Director Supremo de la nueva Patria, libre, independiente y soberana.
Como una merecida condecoración, Rancagua recibió de manos del héroe el título de ciudad muy heroica y nacional, y el escudo de armas con la leyenda que dice: “Rancagua renace de sus cenizas, porque su patriotismo la inmortalizó”.
Hoy, al cumplirse 199 años de aquel acontecimiento bélico y ya muy cerca del Bicentenario, Rancagua rinde merecidos honores a la memoria del Padre de la Patria.

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