Rancagua después de la Batalla

Del libro Rancagua en la Historia Segunda parte
Por Héctor González Valenzuela

 

Rancagua era sólo una columna de humo en el horizonte. Extenuados, heridos, con el dolor de la impotencia reflejado en sus rostros varoniles, aquel puñado de héroes llegó hasta la cumbre de la cuesta de Chada.
O’Higgins ordenó un alto para el primer descanso. Los enemigos no los siguieron. Podían respirar algunas horas, antes de buscar refugio en las sombras de la noche.
Nadie recordaba que aquel día era domingo. Se había perdido la noción del tiempo. Era un 2 de octubre de radiante primavera. Pero el invierno estaba en los corazones desgarrados.
En el agitado sueño los recuerdos vivían como pesadillas. O’Higgins, con los ojos enrojecidos por la falta de descanso y por el humo, por la pólvora y por viriles lágrimas, subía una vez más las escaleras de la torre…
Allá en el norte, cualquier nubecilla de tierra se convertía en una nueva esperanza…
Por la ventanilla del sur veía la línea azul del Cachapoal quebrada por oleadas de enemigos que maniobraban.
Por la del oriente, la vista descansaba en la silueta de la blanca montaña iluminada por el sol.
La otra ventana, se abría sobre el infierno de la plaza. Aquí estaba la bandera de la Patria Vieja con su crespón negro de luto. Y estaba también la improvisada bandera negra, un paño funerario de la Iglesia, que alguien clavó a guisa de enseña para señalar que la lucha sería a muerte. ¡La famosa bandera negra de Rancagua!…
Esa bandera era el resumen del drama. La decisión de luchar hasta morir por la Patria. La respuesta de no rendirse jamás en la batalla. El símbolo de la lucha sin cuartel y de la valentía temeraria…
O’Higgins miraba nuevamente hacia el norte, y la nube de polvo, deshecha por la brisa, se perdía en el horizonte junto con su esperanza…
El ronco resonar del estampido de los cañones lo hacía mirar de nuevo hacia la plaza.
Allí estaba el averno. Estaba la muerte con su guadaña. Estaba la sangre. Se iniciaba la agonía de la Patria…
En la torre, la bandera negra era una sombra ominosa sobre el cielo de Rancagua.
En cada una de las cuatro trincheras una bandera envuelta en crespón negro era una réplica de la bandera negra de la torre, clavadas a pedradas para que nadie pudiera arrancarlas.
Allí siguen danzando las sombras. En esas trincheras el valor se llamaba Ibieta, Vial, Bueras, Molina. . .
Y el valor se llamaba Maruri, Freire, Cuevas, Yañez. Y el patriotismo se llamaba Sánchez,
Ibañez, Astorga, De la Cruz… y la bravura se llamaba Anguita, Millán, Ovalle, Rivera, Calderón…
Y el heroísmo se llamaba Mujica, Campos, Bustamante o Almarza…
Cada uno de esos hombres y centenares como ellos, habían saludado a la bandera negra en aquella mañana. Y peleaban sin temor a la muerte. Sin ningún miedo en sus almas.
Pero aquellos héroes eran hombres, de carne que se hería y huesos que se quebraban, sufriendo los ardores de la batalla.
El enemigo había cortado las acequias que surtían de agua a la villa y la sed abrasaba dolorosamente las gargantas.
El sol de octubre, que en la mañana era un amigo suave, a mediodía caía sobre cabezas ardientes, como dardos implacables que las quemaban. El humo de los incendios hacía la atmósfera irrespirable y los pechos se sofocaban.
Por todas partes caían los muertos, con los vientres abiertos al sol y las pupilas horrorosamente dilatadas. Los heridos unían sus llantos a los alaridos de los moribundos que pedían inútilmente un vaso de agua.
Semi escondidos, en los templos, en el fondo de sus casas, el llanto de mujeres y de niños era el coro quejumbroso de aquel drama.
Y de los ojos de todos los héroes brotaban ardientes lágrimas. Porque los héroes no son los seres insensibles, de bronce o de piedra, inmóviles en las estatuas.
Los héroes son seres humanos y por eso son grandes y admirables. Y por eso de sus ojos pueden brotar las lágrimas. Lloraban por la Patria que moría. Lloraban por no poder seguir defendiendo a Rancagua.
Lloraban de rabia ante su trágica impotencia. Lloraban porque la bandera de Chile se estaba ocultando tras la negra mortaja.
Y cuando O’Higgins con el resto de sus hombres, en un gesto increíble salvó las trincheras y abandonó la plaza, había lágrimas en sus ojos azules de hombre y de héroe, como hay lágrimas en los ojos de los pumas cuando saben perdida su batalla.
A lo lejos, Rancagua era sólo un humo en el horizonte, formando una gigantesca bandera negra que brisa, levemente, la agitaba.
Pero, desde aquel humo y desde aquellas cenizas que habían sepultado a la Patria Vieja, una Nueva Patria ya se levantaba. Estaba en el corazón, estaba en el alma, estaba en la fe de los hombres de Rancagua.

 

EL DOLOR, EL MIEDO Y EL SILENCIO…
Tarde del 2 de octubre de 1814. Los soldados patriotas ya iban en demanda de la Cuesta de Chada. Cansados al extremo… Penosamente heridos… Angustiados. Con la muerte y los incendios retratados para siempre en sus pupilas.
El heroico caudillo comprendió que el humo que había en el horizonte era Rancagua. . . El pueblo mártir. La esperanza tronchada… Pero en el fondo del corazón, en el alma de O’Higgins, estaba aún la fe estaba naciendo, muy tierna una nueva y esperanzadora ilusión.
Augusto Orrego Luco dice: “La ciudad fue entregada al saqueo y todas las violencias de una desenfrena, turba de soldados. Robos, asesinatos, violaciones inmundas, atropellos cobardes, ultraje de los viejos, de los niños indefensos y de los soldados heridos”…
“La ciudad presentaba un aspecto trágico. Por todas partes los escombros humeantes del incendio. Las calles cubiertas de cadáveres, de moribundos y de heridos. Armas rotas, muebles destrozados, gritos de desesperación y de horror, asesinatos, el incendio sigue, el hospital militar invadido por las llamas que devoraban vivos a los que no podían escapar”.
“El espectáculo de la ciudad vencida impresionaba hasta la recia sensibilidad de los jefes victoriosos”. (1)
Otro testimonio. Diego José Benavente dice que en el manuscrito de un coronel español que tenía a vista se lee: “La plaza quedó llena de cadáveres, lo mismo que las calles y patios de las casas”… “un activo y tenaz fuego, un humo denso y obscuro que despedían los edificios incendiados, los alaridos y quejas de los moribundos, la ferocidad de las tropas que no daban cuartel, aquel de unos pidiendo la vida y de otros que los acabasen de matar para concluir sus penas. Todo esto formaba el cuadro m horrible y patético”…. (2)

 

TESTIMONIO DEL PADRE GUZMAN
Pero en donde aparecen con mayor crudeza las descripciones de horrores ocurridos en Rancagua después de la batalla, es en las páginas de la obra del franciscano Padre José Javier Guzmán de Lecaros. (3)
El Padre Guzmán llegó al convento de Rancagua, desde Santiago, pocos días después de la batalla. He aquí algunos de sus muchos impactantes testimonios: “Yo vi a mi entrada por la calle de San Francisco, sesenta casas quemadas, incluso algunas de paja de los alrededores, todas las paredes de ambos lados hechas un arnero por los violentos encuentros que daban en ellas las balas que recíprocamente tiraban las tropas beligerantes”…
“Yo ví un hermoso umbral de ciprés de quince varas de largo, que había en la plazuela de nuestro convento, cubierto todo de la sangre de aquellas inocentes víctimas que habían sido después de la acción degolladas sobre él a sangre fría por los terribles brazos de los talaveras.
“Yo supe que encontrando un cabo denominado Manteca un trozo de prisioneros que conducían al General, les mandó hacer alto y una evolución en que se presentasen aquellos infelices con las espaldas vueltas a sus soldados, dándoles enseguida la terrible voz de fuego, los dejó a todos muertos en el sitio”.
”Yo ví una de las casas quemadas frente a La Merced que había sido destinada para hospital de patriotas; las que estando llenas de heridos y de mujeres curanderas, a la entrada de los realistas, mandaron éstos cerrar las puertas con llaves, y prendiéndoles fuego por los cuatro costados, la redujeron a cenizas, quemando vivos a todos los que se hallaban dentro”.
“Yo supe de boca del Padre Fray Manuel Silva, hombre de verdad y guardián de aquel convento, y de todos los demás religiosos que habían en él, que un impío talavera, estando en la acción, se atrevió a quitar la corona de plata que tenía en la cabeza la Sma. Virgen del Carmen que se venera en aquella iglesia de San Francisco, diciéndole al mismo tiempo esta insolente blasfemia: “iTú también serás patriota, grandísima tal!…
“Yo supe que un insolente N., que aun hoy se pasea libremente en Chile, tuvo el atrevimiento de entrar a caballo hasta la mitad de la iglesia de San Francisco, siguiendo a riendazos a su venerable prelado”.
“Así supe la lastimosa muerte que dio un bárbaro Talavera al pobrecito mudo Carvallo, niño de 12 a 14 años, que hincado de rodillas y puestecitas las manos en actitud de pedir misericordia, en aquella misma postura había sido inhumanamente degollado”.
“Notorias fueron en todo Rancagua las crueldades practicadas con el ciudadano don Vicente Zúñiga y con el capitán don Bernardo Cuevas, a quién para mayor ignominia sacaron de la iglesia de La Merced deshonestamente desnudo para matarle en medio de la plaza”.
“También intentaron por tres o cuatro ocasiones incendiar el convento de San Francisco, que les servía de cuartel, y pusieron fuego a la iglesia de La Merced, que milagrosamente se pudo extinguir”… (3)
Leopoldo Castedo, historiador español, en su resumen de la “Historia de Chile” de Encina, se refiere a esos actos diciendo:
“Es imposible precisar cómo se originaron los primeros actos de vesanía sanguinaria, más lo cierto es que los vencedores deslucieron su triunfo con una serie de crueldades inverosímiles. Los Talaveras, posiblemente en mezquino deseo de venganza, remataron heridos y fusilaron prisioneros. Entregados al saqueo, forzaron las iglesias donde se habían refugiado mujeres y niños y, en el último momento algunos patriotas, y luego de fusilar a éstos, violaron a aquellas. Costó a Osario y a sus oficiales un esfuerzo titánico restablecer el orden, castigando a los culpables de tan a traces desmanes”. (4)

 

UN NUEVO AMANECER
Madrugada del 3 de octubre de 1814. Los oficiales españoles lograron por fin retener a la soldadesca. El sueño los rinde a todos. Pesa el silencio.
Con las primeras luces del sol comenzó la tarea de sepultar a los muertos. Los soldados españoles en los pequeños cementerios tras la Parroquia y San Francisco. Los otros, en la enorme fosa común cerca de la Cañada.
En el templo de San Francisco, Osario, el General victorioso, asiste a la Misa de Acción de Gracias. A su lado están los oficiales, apenas repuestos de la dura lucha. Muchos soldados heridos agradecen a Dios no haber muerto.
Martes 4 de octubre de 1814. Lentamente los hombres se recobran. Se ordena que algunos cuerpos de ejército comiencen la marcha hacia Santiago. Es necesario todavía conquistar la capital. No se sabe si habrá resistencia patriota. Aún no se visualizan bien las consecuencias que la batalla tuvo para el Reyno de Chile y para la Corona de España.
Miércoles 5 de octubre de 1814. Aquella mañana Rancagua termina de despertar de su larga y horrenda pesadilla… Todo lo peor había pasado, pero se iniciaba un prolongado e indefinido tiempo de obscuridad. Muchos durmieron pesadamente en la noche del 4 al 5, después de largas y angustiosas vigilias. Los prisioneros y sus cuidadores. Los miembros sobrevivientes de las familias. Era el silencio después del estruendo, el dolor callado después de los desgarradores llantos, el miedo escondido y permanente.
Aún quedaban ruinas humeantes de la batalla. La primavera, indiferente, seguía coloreando los vastos campos que rodeaban a la ciudad silenciosa y destrozada.

 

NUEVAS AUTORIDADES LOCALES
El Coronel Osario llegó a las puertas de Santiago. Al día siguiente hizo su entrada triunfal, en medio de vítores y aclamaciones como héroe victorioso. Asumido el Gobierno y pasados los primeros días de euforia, quiso mostrarse magnánimo con los vencidos e hizo llamados a la pacificación del Reyno, que volvía a quedar bajo el dominio de Su Majestad el Rey de España.
Tenía que iniciar la reorganización. Antes de alejarse de Rancagua, el Jefe español designó como Gobernador del Partido y máxima autoridad de la villa a don Juan Nepomuceno y Carvallo. Era éste un oficial que servía en el Regimiento Talaveras del Ejército español, pero chileno de nacimiento. Anteriormente prestó servicios en el Batallón de Valdivia en donde alcanzó el grado de capitán. Marchó con Osario desde el sur y participó en la Batalla de Rancagua.
Como el Cabildo que estaba en funciones hasta el 2 de octubre quedó automáticamente disuelto, el nuevo Gobernador designó cabildantes interinos o provisorios, mientras recibía instrucciones de Osario.
A fines de octubre, se recibieron órdenes del Gobernador para que el Cabildo, como todos los del Reyno, se constituyeran como “tribunales de vindicación”, con la tarea de recibir de todos los habitantes las pruebas de lealtad y fidelidad al Rey de España. Quienes se presentaban, recibían una especie de sentencia que fue llamada “cédula de purificación” que les servía, a su vez, para que el nuevo Gobierno pudiera dictar un decreto en su favor, que hacía las veces de salvoconducto.
El tribunal comenzó sus funciones en Rancagua, tras comunicar por bando leído en la plaza y principales calles de la villa, el llamado que se hacía a los asustados habitantes, a “purificarse” de sus pecados patriotas.
Pero la mayor preocupación de todos era, todavía, la de remover escombros, tratar de levantar viviendas destruidas y atender a centenares de heridos que dejara el vendaval bélico. Tan penosas tareas no daban tiempo ni siquiera para llorar a los muertos, sepultados por centenares en la enorme fosa común a pocos metros de la Cañada, al norte de la calle del Rey.

 

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(1)- Augusto Orrego Luco, “La Patria Vieja”, tomo II, pág. 507.

(2)- Diego José Benavente, “Primeras campañas de la Guerra de la Independencia”.
(3)- Padre José Javier Guzmán y Lecaros, “El chileno instruido en la historia topográfica, civil y política de su país”. Reproducido por Fray Luis Olivares Molina en “La Independencia en la obra del P.J.J. Guzmán”, 1990, Págs. 20 a 25.
(4)- Leopoldo Castedo. “Resumen de la Historia de Chile” de Francisco Antonio Encina.

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