Transparencia, democracia y control

 
Imagina una sociedad en donde ya no tuviésemos que convivir con casos de corrupción, tales como Penta, Caval y SQM, ni volver a soportar abusos de poder, colusión o tráfico de influencias en las instituciones del Estado, empresas privadas o al interior de la propia Iglesia. Una sociedad en donde el privilegio de protección que suele otorgar el “secretismo de las élites” fuese totalmente superado, gracias a que todo lo que hasta ese momento se tenía por oculto e infranqueable se volviese de pronto transparente, y de allí en adelante totalmente visible y de público acceso. Desde cierta perspectiva este escenario podría ser la panacea de unas relaciones verdaderamente democráticas, ya que en virtud de la transparencia de información quedarían inmediatamente inoculados dichos vicios y actitudes deshonestas, que estimamos perniciosas para la construcción del bien común. De esta forma alcanzaríamos quizás un orden cívico cercano al ideal, auto regulado por la intervención preventiva de los propios ciudadanos, quienes actuarían como verdaderos agentes de la verdad, transparentándolo todo en función de valores y principios republicanos. Democracia perfecta, ¿cierto? Sin embargo, también esto esconde una insospechada perversión. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si también la privacidad del ciudadano común comenzase a ser expuesta en el escenario anónimo de las redes sociales y de los medios de información? En tal caso cabe preguntarse por el límite ético de la pretendida transparencia. Dicho de otra manera, ¿hasta dónde una sociedad transparente es auténticamente democrática?, y ¿cuál es la frontera que garantiza el respeto de la intimidad de todos y cada uno de sus miembros? Nos ocuparemos aquí de los graves riesgos y peligros que, paradójicamente, se ocultan tras la información y comunicación cuando el anhelo de transparencia olvida su propósito y se vuelve ideología.

 

La sociedad de la transparencia

Enemigo público (1998), película dirigida por Tony Scott, muestra la forma en que cambia la vida de un abogado común (Robert) cuando a sus manos llega la información de un crimen en el que están involucrados agentes del gobierno estadounidense. Para recuperar la prueba que les inculpa, los asesinos inician una verdadera cacería tras los pasos de Robert, ayudándose de un increíble despliegue tecnológico que incluye hasta rastreo satelital en tiempo real. La única vía de escape de Robert es hacerse invisible, lo cual no es nada simple para un individuo como él, habituado a usar teléfono móvil, correo electrónico, cuentas bancarias, seguros de salud y tarjetas de crédito. Aquella fantástica cacería física y virtual representa de algún modo una sociedad pensándose así misma en los riesgos que implica la transparencia, entendida como acceso público y sin límites a la información, cuando ingenuamente asumimos que dicho acceso y uso es neutro, o que el Robin Hood de turno pondrá necesariamente esa información al servicio del bien común e intereses democráticos. No seamos ingenuos, una sociedad de la transparencia podría ser nuestra peor pesadilla.
Sabemos que la creación de Tony Scott es fantasía. Pero la historia de nuestras culturas y sociedades nos mostrado que, generalmente, la realidad termina superando a la fantasía. Y la supera quizás porque en ésta late aquella realidad porvenir. Por lo tanto, “Enemigo público” podría no estar lejos de convertirse en visión profética de una nueva forma de control social, incluso más invisible y eficiente que el “panóptico carcelario” de Bentham. De hecho, el diseño arquitectónico de este intelectual británico responde a la necesidad de mejorar el sistema penitenciario durante el reinado de Jorge III. Lo que Bentham propone es una cárcel en la que todos son vigilados desde un punto, pero sin que los presidiarios conozcan el lugar exacto desde donde están siendo continuamente observados. Así cada uno se sabe controlado por aquella visión omnipresente, la que finalmente es interiorizada por la conciencia del recluso al extremo que cada uno se vigila a sí mismo.

 

Panóptico digital: nuevo sistema de control social
En la mente de su creador, el panóptico no sólo serviría para las cárceles, sino también para las fábricas. No obstante su aparente eficacia, el modelo de Bentham fue rechazo en su época. Pero lo que sí terminó prosperando es la idea del control, basado en el miedo que engendra la vigilancia. En efecto, cámaras y otros medios más sofisticados de vigilancia encontramos hoy no solo en las calles de las grandes ciudades, sino prácticamente en todo lugar donde habitamos y transitamos las personas. A estos sistemas de alta complejidad tecnológica, como el globo aerostático de video vigilancia aérea, adquirido recientemente por las municipalidades de Lo Barnechea y Las Condes, o los ya habituales drones, se agrega una forma de control más extendida, popularizada y eficiente: el Big-Data. Se trata de sistemas de datos que almacenan enormes cantidades de información, alimentados por las búsquedas propias e intencionadas, pero además por la sobre-exposición de la vida privada, que voluntariamente entregamos los ciudadanos cada vez que nos conectamos a la Red Internet, en cada ocasión de hacemos uso de navegadores, buscadores, redes sociales, correos electrónicos, teléfonos inteligentes o computadores, ya sea para investigar o simplemente por diversión, ya sea para compartir imágenes, recuerdos o contactarnos con amigos y familiares. Nuestra navegación por los medios además de recoger información, alimenta y robustece un nuevo sistema de control: el “panótico digital”, como le ha llamado Byung-Chul Han (La sociedad de la transparencia, Herder, 2013). De este modo, el sueño de Jeremy Bentham se va cumpliendo a cabalidad. Somos una sociedad cárcel, una gran cárcel monitoreada permanentemente gracias a nuestra ingenua pretensión de libertad, y gracias también a la ideología de la transparencia como fundamento de una auténtica democracia.
El panóptico digital descansa en la sensación de libertad que experimentan hoy muchos ciudadanos, sensación que nace del aparentemente libre acceso y uso de la información, y del predicamento del capitalismo neoliberal. Ambos sistemas, el de información y el económico, se cruzan para decirnos que nadie nos controla ni vigila, que somos libres para saber, hacer, pensar, optar, consumir y emprender lo que queramos. Pero lo que obviamente no se dice es que toda oferta es segmentada, que la información es manipulada, las opciones influenciadas y tu vida vigilada. Esto no es paranoia, es real. A diferencia de los presidiarios de Bentham, “los que habitan en el panóptico digital se creen que están en libertad” (Byung-Chul Han, p. 89).
El problema que conlleva la transparencia de la sociedad y sus instituciones se vuelve incluso contradicción en la sociedad del control de todos contra todos. Cuando cada ciudadano se convierte en el contralor de sus semejantes, entonces la transparencia adquiere la estatura de ideología, porque no contribuye a la confianza mutua, sino al revés, engendra la sospecha de unos contra otros. Así la democracia se vuelve imposible (como está ocurriendo en nuestro país), paradoja de la sociedad transparente. Y es que la cuota de confianza mínima exigida para la (re)construcción del tejido social “solo es posible en un estado medio entre saber y no saber. Confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él. La confianza hace posible acciones a pesar de la falta de saber. Si lo sé todo de ante mano, sobra la confianza. La transparencia es un estado en que se elimina todo no saber. Donde domina la transparencia, no se da ningún espacio para la confianza. En lugar de «la transparencia produce confianza» debería decirse: «la transparencia deshace la confianza». La exigencia de transparencia se hace oír cuando ya no hay ninguna confianza” (Byung-Chul Han, pp.91-92). Y entonces solo queda el control, nuevo imperativo social, y nuevo imperativo moral.

 

Más información no es más verdad
Más información y más transparencia, no es sinónimo de más verdad, tampoco de una mejor democracia, sino de mayor control bajo la apariencia de libertad y participación ciudadana. Y así avanzamos hacia la pesadilla de un sistema político macabro en una “sociedad orwelliana”, donde el “Gran Hermano” ejerce la represión a través de la manipulación del Big-Data y de la vigilancia omnipresente. El Gran Hermano ni siquiera es el Estado, sino un poder mucho mayor que opera en el anonimato de la Red; no es necesariamente un rostro concreto, sino la suma de conglomerados multinacionales operando en virtud de la manipulación de la información que los propios ciudadanos les ofrecemos “en charola de plata”. Para ejercer el control, la vigilancia ya no necesita de un numeroso contingente policial, pues nosotros mismos nos hemos convertido en sus más estrechos colaboradores. Vigilantes y vigilados alternamos continuamente los roles en la sociedad de la transparencia.
A través del llamado a mayor transparencia, en nuestro país vivimos la ilusión de libertad y democracia, pero lo que en realidad estamos realizando es la plenitud del panóptico de Bentham a través del panóptico digital. Y de esta forma contribuimos a una nueva forma de control y, en consecuencia, a un modo casi perfecto de explotación. La famosa máxima “divide y vencerás” fue pronunciada y usada por Julio César y Napoléon, justamente para alentar dicho objetivo. Nadie podría negar hoy en día que no estamos aportando lo propio a través del llamado a la transparencia, pues extrañamente en vez de lograr mayor cohesión social y mayor comunión en el bien común, crece la sospecha en la medida en que aumenta la vigilancia mutua. Caldo de cultivo propicio para la perfecta explotación, aquella en la que el individuo piensa que camina hacia su libertad cuando en cambio colabora, alienta y conduce su propia esclavitud.

 
P. Humberto Palma Orellana
Profesor U. Finis Terrae
Facultad de Educación

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