¿Da lo mismo rezar que orar?

“Hay gentes que rezan y gentes que oran. El rezar 

es como rezongar y es un verbo que está puesto
en la boca. El verbo orar, en cambio, está puesto
en el corazón”.
(Hugo Lindo. “El anzuelo de Dios”, citado por
Ernesto Livacic en el Boletín Academia Chilena
de la Lengua, Nº 77, 2005-2006.)

 

Empezaremos por decir quién es Hugo Lindo. Para ser sincero, sino fuera por D. Ernesto Livacic, que le dedicó una emotiva y acuciosa reseña en la sesión de la Academia el 13 de junio de 2005 y que apareció publicada en el “Boletín de la Academia Chilena de la Lengua” yo tampoco sabría nada. Hugo Lindo es un escritor, periodista, poeta y ensayista salvadoreño. Diplomático, fue durante seis años embajador de su patria en Chile. Nació en 1917 y falleció en 1985. En 1956 publicó en Chile su novela “El anzuelo de Dios” prologada por D. Ricardo Latcham, catedrático de U. de Chile, académico y crítico literario.
La aseveración de Lindo cuando distingue entre “gentes que rezan y gentes que oran” plantea, al menos para mí, en primer término un dilema lingüístico. El diccionario ante la palabra orar da dos acepciones: 1.- Hablar en público. 2.- Hacer oración. La etimología de la palabra orar nos remite al latín: os – oris= la boca. De ahí el sustantivo femenino oración, cuya primera acepción es: “Discurso hecho en público”. La segunda: “Ruego o súplica que se hace a Dios o a sus santos”. La tercera acepción corresponde a la gramática: “Palabra o frase con sentido completo. Si nos fijamos, la etimología del léxico orar contradice la afirmación de Lindo que identifica rezar con la boca y orar con el corazón lo cual no siempre resulta verdadero.
El diccionario señala como sinónimos de oración: 1.- Alocución, disertación, sermón. 2.- Rezo, plegaria. 3.- Proposición, frase. Si nos quedamos con el diccionario como autoridad, vemos que orar y rezar son verbos sinónimos, significan la misma cosa. No obstante, ¿qué dice el diccionario del significado del verbo rezar?: Del latín: recitare= recitar. Con dos acepciones y ambas del ámbito religioso: 1.- “Orar. 2.- Leer el Oficio Divino”. (Los monjes y personas consagradas rezan diariamente el Oficio Divino cuyas “Horas” están compuestas principalmente de los Salmos y lecturas de la Biblia y de los Padres de la Iglesia.)
Cuando Hugo Lindo dice que “el rezar es como rezongar” y que “es un verbo que está en la boca”, quisiéramos que su comparación no significara más que un recurso literario. Etimológicamente –esto es, a partir del origen del léxico- está más cerca del concepto teológico el verbo rezar que el verbo orar. Entre los romanos el verbo orare significaba: hablar, decir, perorar. Estaba en relación directa con el “ars orandi”, el arte de hablar, es decir, la retórica, la oratoria, de la cual Cicerón fue uno de los más notables exponentes. En tercer lugar, orare, era defender una causa. Como vemos, orar, no solo deriva de boca (os-oris) sino que tenía que ver con la política y con el Derecho. Es la Iglesia la que va a conferir a este verbo un carácter religioso, a la vez que se apropia de voces usadas en la religión pagana, como prex-precis= la súplica o plegaria a los dioses que da origen a la palabra preces (preces-precum= oraciones, plegarias, ruegos, súplicas.)
Retornemos a la onomatopeya que crea Lindo: rezar-rezongar nótese que en el verbo rezongar está contenida la palabra “rezo”. Rezongar significa gruñir, refunfuñar. Vimos que la etimología de rezar (recitare) significa recitar. Y hemos de admitir que hay maneras y maneras de recitar. Cuando un poema se recita con sonsonetes, sin sentimiento (y la auténtica poesía es eso: sentimiento) el más delicado y artístico poema pierde sentido y valor. Todo va en la forma como se recita. La recitación, igual que el rezo, necesita, amén de la boca, del intelecto y del corazón. Había escuchado yo, entre mis alumnos evangélicos eso de la diferencia entre rezar y orar. Hay como una sutil dicotomía, o una subliminal manera de imponer la oración como superior, de más excelencia que el rezo. Sin embargo, cualquier cristiano está llamado a rezar, esto es a recitar. Jesús dice: Vosotros, pues, orad así: “Padre nuestro…” (Mateo 6, 9 al 13; Lucas 11, 2 al 4) Repetir las palabras de la Oración dominical (el Padrenuestro) es, precisamente, REZAR. Lo mismo ocurre cuando repito re-ci-to o rezo- los Salmos que fueron la oración de los judíos en el A. T. y lo han sido de la Iglesia por más de dos mil años.
Pero Hugo Lindo insiste: “Los que oran dicen solo unas pocas palabras, a veces ninguna y les basta un segundo para elevarse a Dios”. Muy cierto. Existe la oración mental. A boca cerrada. A ojos cerrados. Es una oración que requiere de la voluntad y del pensamiento. De la voluntad, para darle la afectividad. Del pensamiento, de la razón para generar el sentimiento. Curiosamente, de este proceso de mente y corazón han nacido nuestros rezos. Esos magníficos Himnos Bíblicos que “rezamos” en nuestras asambleas, como el Canto triunfal de Moisés (Éxodo 15) o el Cántico de Moisés (Deut 32) o los cánticos de Isaías, las Lamentaciones de Jeremías hasta el Magnificat en el Nuevo Testamento son un tesoro de textos sagrados que nos ayudan a hacer oración. Y todos los tipos de oración: la de adoración y acción de gracias, la de arrepentimiento y dolor, la plegaria (del latín: precari= suplicar) que es una súplica ferviente. Es verdad que existe una oración sin palabras. Preguntó el santo cura de Ars a ese campesino que se estaba largamente en el templo: ¿Qué haces? –Converso con el Señor- le contestó. Y qué le dices, insistió el párroco. –Yo lo miro y Él me mira. Y de santa María Egipcíaca se cuenta que toda su oración era: “Tú que me has creado, apiádate de mí”. Vayamos a nuestro Hugo Lindo: “diría que los que rezan apuntan a Dios con una escopeta y los tiros se dispersan en todas direcciones”. El peligro del rezo es que la imaginación nos lleva en una cadena de asociaciones de ideas. Nos distraemos. Por culpa “de la loca de la casa”. Así llamaba a la imaginación la gran Teresa de Ávila. Por eso no importa “que los tiros se dispersen en todas las direcciones”, pues Dios está en todas partes. No podemos prescindir del rezo en las asambleas. Todos diciendo –recitando- lo mismo a la vez. “Donde dos o tres se reúnen en mi nombre…” (Mateo 18, 19 y 20) Si se respetan las normas litúrgicas, no solo hay espacio para la oración en común, tan valiosa a los ojos de Dios, están los intervalos de silencio para la plegaria personal, esa que no requiere palabras.
Asociados a los verbos orar y rezar hallamos palabras como: proclamar (del latín: proclamo, proclamare) proclamar es decir a grandes voces. Es la acción que debe acompañar la lectura bíblica. No es el simple leer y es más que el simple leer bien. La Palabra de Dios se proclama. Todavía tenemos el sustantivo “súplica”, algo más que la plegaria, (la deprecatio) o sea, la petición de clemencia. En la práctica hemos homologado oración, súplica, plegaria con RUEGO. Ruego, del latín: rogo, rogare, entre los romanos tenía los significados de: preguntar, consultar, pedir opinión, juramentar a los soldados, (mílites sacramentum rogare) proponer una consulta. La “rogatio” (rogación) era petición, demanda, y estaba referida a leyes civiles. En cambio el “rogator” (el que ruega) era quien proponía una ley al pueblo, el autor de un proyecto de ley. También el que recogía los votos. La Iglesia cristianizó estos vocablos: ruego fue sinónimo de plegaria. Aunque en la plegaria litúrgica además de rogo, se usa frecuentemente el verbo (3ª conj. Dep.) quaeso, quaesii, que significa literariamente buscar, pedir, solicitar, pedir por favor.
Hugo Lindo concluye su gráfica manera de concebir la oración diciendo que el que ora dispara con fusil: “una sola palabra, un solo pensamiento, una sola súplica”. Quienes hemos manejado un fusil sabemos que, a menudo, el pulso falla, la vista pierde el punto de mira y el tiro se pierde. Después de tantas revoluciones, en el ADN del latinoamericano ha quedado la convicción de que los logros son posibles solo con los sustantivos: fusil, lucha o combate. Lindo lo aplica a la oración. Guste o no, la verdadera oración supone trabajo, tiempo, perseverancia y responsabilidad. Estando Pedro en la cárcel “la Iglesia hacía contínua oración por él”. (Hechos 12, 5) Pablo recomienda a los romanos que sean “constantes en la oración” (Rom. 12, 12) y a los colosenses dice otro tanto: “perseverad en la oración”. (Col. 4, 2) Jesús que nos enseña cómo se debe orar (Mateo 6, 5 al 13) se pasaba las noches en oración. Y llámese rezo, llámese oración hay que poner en esto alma y corazón. Recta intención y no mero cumplimiento.

 

Mario Noceti Zerega

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