La Familia Anich. Un siglo en Rancagua

“Cada uno es artífice de su fortuna”
(Apio Claudio, el Ciego)

 

Como en toda América, cuestión de leer a García Márquez, también los chilenos dimos en llamar “turcos” a los libaneses, sirios, palestinos que a principios del siglo XX emigraron hacia el Nuevo Mundo. Ninguno de ellos era turco. Los turcos no emigran. Siria, Palestina, El Líbano formaban parte del Imperio Turco (u otomano) desde 1516. Ese imperio cayó con la Primera Guerra, (1914-1917) por tanto los emigrantes de Medio Oriente viajaban con pasaporte turco. El desolador panorama que ofrecía una guerra como la del 14, produjo grandes desplazamientos de gente; huían de las zonas amagadas para salvar sus vidas y las de sus familias. Duele pensar que al igual que hace cien años, Siria está viviendo un período prolongadamente doloroso y terrible. A las pérdidas humanas, a las condiciones míseras y paupérrimas de los desesperados que emigran, hay que sumar la inaudita barbarie que se ensaña destruyendo obras de arte y centros patrimoniales valiosos y antiquísimos, como Palmira, de cuya recuperación no podemos abrigar esperanza alguna. Quienes tenemos el común denominador de cristianos vemos con angustia que, como en las primeras persecuciones, no hay compasión, respeto ni perdón para esos disminuidos grupos de ortodoxos o católicos que se ven cercados por un fanatismo de odio que no permite escapatoria. Y por ser cristianos es que va nuestro recuerdo a esa Siria del siglo I de nuestra era. Allí, en Damasco, (Siria) Pablo recibe el bautismo luego de su conversión.

(Hechos de los Apóstoles, Cap. 9, 18) En Damasco el Apóstol de las Gentes inicia su predicación (año 36 ó 38) y de allí se facilita su fuga para evadir la conspiración que los judíos armaron para matarlo. (Hechos, 9, 20, 25) En otra ciudad de Siria, Antioquía, (hoy en territorio turco) se refugian “los que se habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte de Esteban”. (Hechos, 11, 19 y sgtes. Año 34 d. C.) Conforme a esta cita, hacia el 37 se fundaba la Iglesia de Antioquía, que sería la primera Cátedra de Pedro. Y podríamos añadir más, pero baste decir que en la época patrística, Siria aporta una figura de primer orden en la persona de San Efrén, diácono. De esta Siria tan antigua y remota, llegó a Chile el primer miembro de una familia cuyo apellido nos es familiar a todos los rancagüinos: ANICH. En 1908, procedente de Homs, la segunda ciudad más grande de Siria, a 300 km al norte de Damasco, llegó Nicolás Anich. No tenía más de 13 ó 14 años de edad y había viajado con un grupo de amigos. La larga travesía debió ser en barco, con todas las incomodidades que es dable imaginar cuando se trata de emigrantes. Nicolás se instaló con sus paisanos, en Santiago, en el popular barrio de la Estación Central. En 1908, el barrio Estación Central no distaba mucho del descrito por Joaquín Edwards Bello en las primeras páginas de su novela El Roto, donde nos dice que “ha llegado a ser un barrio hirviente lleno del ruido de las máquinas, los motores, la gritería de los pilluelos y vendedores ambulantes… Se adivina que el barrio es nuevo, de esos que brotan como setas en las ciudades de América; improvisado en una comunidad rural donde no hace más de tres años triunfaron las carreras a la chilena…” Y añade, después de mencionar “la ignominia de los conventillos y prostíbulos que están detrás, a dos pasos… En ese barrio de la Estación Central no hay más que dos fondas de aspecto decente, pero abundan las casas de huéspedes…” (Edwards Bello. El Roto. Ed. Universitaria, 7ª Edición, 1987) Advierta el lector que la novela citada se editó en París en 1918. Debió ser, suponemos, en alguna de esas “casas de huéspedes” donde buscaron albergue Nicolás Anich y sus paisanos. A su alrededor tenían los ejemplos de las conductas que debían evitar si querían surgir. Tuvieron ellos, estos que erradamente el vulgo llamaba turcos, la mirada moral, usando la expresión de Alfonso Calderón, para comprender que a pesar de ser “el roto fuerte, inteligente, audaz, temerario, sucumbía irremediablemente por las condiciones en que vivía y la falta de educación”. (Op. cit.) Nicolás se convirtió en un vendedor ambulante. Uno más, de los tantos que circulaban por el barrio anejo a la Estación Central. Se colgaba un tablón al cuello en el que exhibía los productos que iba ofreciendo, en un castellano incipiente, a los transeúntes y hasta a quienes se asomaban a la puerta de su casa o estaban en una mesa del bar. Compraba y re-vendía los artículos que se llamaban de “mercería” (del catalán: merceria y a su vez del latín merx- mercis = mercadería o mercancía): elásticos, hilos de bordar y coser, agujas, palillos para tejer, broches, imperdibles, (o alfileres de gancho) botones, polvos faciales, jabones, hojas de afeitar, etc. Entre sus proveedores estaba un comerciante judío y Nicolás se ganó el cariño del hebreo. Lo llamaremos Samuel, pues mi fuente de información omite nombre y apellido. Samuel, además de su tienda en la capital, mantenía una suerte de sucursal en Rancagua. Sospechaba Samuel que su socio de provincia le estaba robando. Para verificar sus aprensiones, pidió a Nicolás que viajara a Rancagua y luego de averiguar cautelosamente, le llevara la información. Era el año 1915 y Nicolás tenía ya 17 ó 18 años. Se vino a Rancagua en tren. No había otro medio. Se quedó por dos semanas en esta ciudad y no solo cumplió con el encargo, objetivo de su viaje, sino que visitó y tomó contacto con la colonia siria residente. Efectivamente, declaró a su amigo Samuel, el socio de Rancagua le estaba robando. Entonces, Samuel le propuso a Nicolás que se hiciera cargo de la administración de esa tienda rancagüina. En un golpe de audacia, Nicolás ofrece al judío comprarle el negocio. Así, el joven Nicolás Anich se transformó en el dueño de la Tienda La Sultana. (Av. Brasil 842) Actualmente Casa Alberto Anich. (Véase El Rancagüino, lunes 7 de septiembre 2015. Pág. 18 y 19) Nicolás, en su condición de hijo mayor, gestionó la venida a Chile (y a Rancagua) de su hermano Abdón, que llega en 1923 con su esposa Lidia Lues y una hija: Yamili. En Chile nacerían Emilio, Fernando, Mario Bady, Miguel, Nelly y Jorge. Yamili contrajo matrimonio con David Llabur y de este enlace nacieron Nidy, Gualdy y Eduardo. Abdón trabajó junto a Nicolás por seis años y luego se independizó.
El primero de nuestros Anich, casó con Mariana, chilena de ascendencia siria y de esta unión nacieron Isaac, Enrique, Hilda y Eduardo. (El Yoyo) De ellos, los que han dejado más huella entre los rancagüinos han sido Enrique, (que tuvo una próspera fábrica de camisas y supermercado en Bueras con Independencia) Alberto dueño de la ex tienda La Sultana e Isaac, todos ellos comprometidos con la abnegada labor bomberil. Diez años más tarde de su arribo a Rancagua (1933) Abdón trae a su madre y a su hermano Antonio, padre de Alex (médico) que reside en Rancagua y cuatro hermanos más. Antonio se radicó en Santiago.
Emilio, el hijo mayor de Abdón casó con Amira, padres de Abdón (o Tito) abogado, Mario Bady (Bioquímico y Farmacéutico) y Lidia. (Ingeniero Civil).
Es importante destacar que los troncos de esta familia que no solo se ha proyectado en el comercio, Nicolás y Abdón, además de la fidelidad a las tradiciones y cultura de su lejana patria, supieron inculcar a sus hijos la importancia de la educación y se esforzaron para que la tuvieran en forma eficiente y competente. D. Mario, el farmacéutico (que se graduó con honores) me confidencia que su padre estudió odontología y en general, todos los hijos de la primera generación fueron profesionales y los nietos, sin excepción, también lo son.
De cara a los cien años que significó el trasplante de Siria a Chile, la familia Anich mira con serena satisfacción lo realizado en el transcurso de un siglo. Hubo que aprender un nuevo idioma, aceptar nuevas costumbres, adaptarse al modo de vivir del chileno y del rancagüino. Trabajar sin descanso, compartir responsabilidades. Para aquellos que se orientaron hacia el comercio, significó poner en juego sus aptitudes, visión para proyectarse y psicología para ganarse a la clientela. Triunfaron, porque supieron colocarse en el lugar de los demás. Se hicieron preguntas que escasas personas se hacen hoy: ¿Qué esperas tú de mí? ¿Cómo te gustaría que fuera mi atención? ¿Te agrada lo que ofrezco? Es verdad que ya pasó la época del regateo, cuando vendedor y cliente jugaban con el precio de un artículo. Y eso tenía su atractivo. Era un modo muy oriental de establecer vínculos. Si hasta nuestro Padre Abraham se dio el lujo de regatear con Dios la suerte de Sodoma, proponiéndole, en principio que si hallaba 50 justos perdonaría la ciudad. En un coloquio admirable, bellísimo, Abraham va bajando la cuota hasta llegar a diez. (Génesis 18, 22 al 33) El regateo era fascinante tanto para el vendedor que cuando cedía se lamentaba con eso de “Pierde plata el pobre turco”, como para el comprador, que hacía ademán de marcharse porque sabía que lo atraparían de una manga para darle en el gusto.
Volvamos a la familia Anich. Se insertaron a las mil maravillas en la comunidad rancagüina. Aparte de sus deberes como jefes de familia, profesionales o comerciantes, apoyaron –igual que otros sirios- todo lo que de útil y progresista podía hacer crecer la ciudad. Su afición y mecenazgo con los Bomberos es algo que todos apreciamos. También están presentes en organizaciones religiosas, humanitarias, culturales. Crearon fuentes de trabajo (recordemos la Fábrica de camisas de Enrique Anich, los tejidos de Yoyo y su fábrica de chalecos y las tiendas que requieren dependientes, cajeros, contadores, etc. Bendito sea Dios que trajo a Rancagua a estas personas que no solo buscaron su propio bienestar, sino que llevan en el alma el deseo de ser útiles. Habría que mencionar, una vez más, el caso de la Farmacia “Botica Anich”. ¿Cuántos somos los cientos de rancagüinos que necesitamos esa farmacia y que deseamos que nunca se cierre? Y cada vez que buscamos una solución que tiene relación con géneros, vestuario, ropa de cama, vajilla y hasta el infaltable paraguas, no falta el que apunta: Donde Nicolás Anich, donde Miguel Anich o simplemente, donde los Anich. Felicitaciones por estos cien años. Paz y una plegaria para los que partieron, gratitud y buenos augurios para los que todavía siguen dándonos un ejemplo de laboriosidad perseverante. Y es que, como decía S. Juan Pablo II, “el único animal que trabaja es el hombre”. El trabajo es el que nos da dimensión de personas.

 
Mario Noceti Zerega

 

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