El Latín y su enseñanza en Chile.

 

En medio del fragor que ha levantado la vorágine de reformas, ensayos, intentos o pretensiones para mejorar la educación chilena en sus niveles pre-básico, básico, medio y superior, hemos escuchado voces aisladas que reclaman –como en sordina- por el abandono de la enseñanza del latín en las universidades. Un fenómeno ya archiviejo. Allá por 1975, me encontré con uno de mis alumnos que estudiaba Filosofía en una de nuestras mejores universidades. (Emblemáticas dicen hoy con vana cursilería) Le pregunté cómo le iba con el latín. No se imparte, me dijo, no hay quien lo enseñe. Después compartí casos semejantes con universitarios que pretendían un título en francés, (desgraciadamente suprimido en los liceos) en inglés e incluso en Lengua Castellana. En “Cartas al Director” del Decano de la prensa nacional, D. Federico García Larraín (4 de octubre 2015) se quejaba: “el abandono por parte de la Iglesia Católica fue, posiblemente, uno de los factores que más influyeron en que el latín ya no se enseñe en nuestros colegios y universidades. El latín cayó en desuso y en muchas instituciones dejó de enseñarse, además del abandono del canto gregoriano en favor de cantos populares.

 
El Sr. García tiene razón, en parte. Poco antes de la convocatoria para el Concilio Vaticano II, el Papa Juan XXIII, enviaba una exhortación a todos los seminarios católicos, encareciendo el estudio y manejo del latín tanto en profesores como en alumnos. El documento ordenaba que, al menos las clases de filosofía y teología empezaran y terminaran en latín. Lo medular, la clase misma, podía dictarse en lengua vernácula. No era mucho lo que pedía el Santo Padre. Un Ave María o un Pater noster, al comenzar la clase no era para complicarse la existencia. Al final, un Gloria Patri o un Benedicamus Dómino y se cumplía con el requerimiento pontificio. Palabras mayores era hacer una clase expositiva de 50 minutos o más, toda ella en la lengua del Latio. O al revés, que el alumno defendiera una tesis (de filosofía o teología) expresándose “ore rotundo” (con lenguaje armónico) en un latín al menos aceptable. Había profesores que “ex profeso”, es decir de adrede, dictaban toda la clase en latín y “qui potest capere capiat”. (el que pueda entender que entienda) Resultado: un curso entero, o casi, in albis o in Adamis que es como decir: como tabla rasa. Quienes vivimos esos años precedentes al Concilio Vaticano II como estudiantes y como católicos, sabemos que ya a finales del pontificado de Pío XII (1939-1958) el latín no gozaba de ninguna simpatía ni entre los clérigos ni entre los laicos. Tampoco tenía acogida en otros países que, como Ecuador, Colombia, Venezuela, etc., incluían el latín en sus programas de enseñanza media. Es García Márquez quien se encarga de recordar que Belisario Betancourt (Presidente de Colombia 1982-1986) a sus doce años y hastiado de las conjugaciones latinas “escribió sus primeros versos de una clara inspiración quevedediana antes de leer a Quevedo y en octosílabos maestros antes de leer a González:

Señor, Señor, te rogamos
y rogaremos sin fin,
que caigan rayos de mierda
al profesor de latín”.

 
(García Márquez. Yo no vengo a decir un discurso. Sudamericana 2015. Pág.67, 68)
Uno de los principales ataques contra la Iglesia era a causa del uso del latín en la Liturgia. Roma, siempre cautelosa, no daba su brazo a torcer. Las concesiones que se hacían eran mínimas Verbi gratia, el interrogatorio antes del Bautismo. Nada más. No obstante, en los seminarios menores y mayores se exigía la clase de latín. Acá en Rancagua, el Seminario “Cristo Rey”, fundado por el primer prelado de la Diócesis, Mons. Rafael Lira Infante (1926-1938) impartía latín e inglés. (como idiomas extranjeros) Se rendía exámenes en el Liceo de Hombres, donde el examinador era el estrictísimo profesor D. Agustín Zumaeta. Esto muestra que en esa época, nuestros liceos fiscales contaban con profesionales idóneos para tomar esos exámenes. Presencié un par de veces esos exámenes. Los mercedarios, por su parte, impartían latín, inglés y francés. Pero los seminaristas rendían examen de latín en casa, dejando para el liceo, inglés y francés. No debieron ser tan porros los seminaristas rancagüinos, pues varios de ellos alcanzaron el episcopado. Están ahí de ejemplo, D. Roberto Moreira M., (obispo que fue de Linares) su sobrino, D. Alejandro Durán M., D. Francisco de Borja Valenzuela, arzobispo de Antofagasta y luego Obispo de San Felipe, D. Orozimbo Fuenzalida F., Obispo de Calama, Los Ángeles y S. Bernardo. Las órdenes religiosas familiarizaban a sus seminaristas con el latín a través del rezo del oficio Divino. Esa costumbre del rezo en coro con el cual, mal que mal, en la semana se leían los 150 salmos y por añadidura lecturas de los Padres de la Iglesia (Homilías) y textos del Antiguo y Nuevo Testamento, hacían el trabajo de la gota que cae cobre la piedra. Había que ser muy torpe para no captar siquiera un diez por ciento.

 
Para antes del Concilio del Papa Juan XXIII, (1962-1965) no solo había excelentes latinistas entre las filas del clero secular y regular de Chile, también había laicos que se manejaban con total desenvoltura con el idioma de Ovidio y Virgilio. Entre los latinistas clérigos, conocí al P. José León Pérez Castro, oriundo de Peor es Nada, por ende, hijo de nuestra VI Región. Durante dos años fui su alumno de latín. Usábamos los textos del Seminario Conciliar (después Pontificio) de Stgo. Una de las frecuentes amonestaciones del P. José León, cuando traducíamos las Cartas de Cicerón, era: “Traduciendo a Cicerón y no se manejan con las declinaciones”. En buen chileno era como: “a pata pelá y con leva”. Este ilustre mercedario, hablaba el latín con soltura y redactaba largos textos que se le solicitaban porque así lo exigía el protocolo de la Santa Sede. Entre los laicos, además de D. Agustín Zumaeta ya mencionado, tuve de maestro a un Sr. Anabalón, profesor de la Universidad de Chile. No solo era un gran latinista, dominaba otras lenguas muertas como el hebreo, arameo, griego, etc. Asistí a sus clases durante un año y mi calificación final fue un cinco. No eran tiempos en que los alumnos reclamaran. Debió advertir la disconformidad en mi cara pues, sin que yo dijera palabra, sentenció: “No más de un cinco. Su latín sigue siendo latín eclesiástico. Mucha Vulgata, San Agustín, etc. Pero nada más”. Hube de conformarme. Todavía, acá en Rancagua, pero como docente del recién creado Liceo de Graneros, conocí y traté a D. Félix Bobadilla, pedagogo de inglés pero que tenía amplios conocimientos de latín.

 
Vicuña Mackenna, señala que en la Colonia “el latín era rey”. Añade: “Un buen latinista era un semidiós”. Y nombra cinco de ellos que “eran la envidia y la lumbrera de la Colonia”. (Vicuña Mackenna: “La Era Colonial XI, Ed. Nascimento, 1974, Pág. 38 y sgts.) Intencionalmente cito a este autor, pues cuando sostengo que el Sr. García, en su carta a “El Mercurio”, en parte tiene la razón, y es porque el gran enemigo que tuvo el Latín en Chile fue, nada menos que D. Benjamín Vicuña Mackenna. Se refiere a esta lengua clásica como una majadería y declara que “el latín está intelectualmente muerto”. (Op. cit. Pág. 41) Cuando Barros Arana, como Rector del Instituto Nacional, saca adelante el nuevo plan de estudios de seis años y que significó la estructuración definitiva de la Enseñanza Secundaria, Vicuña Mackenna pidió la supresión del latín como asignatura lisa y llanamente. El primer golpe en contra de la enseñanza del latín la dio, como vemos, el propio gobierno de Chile. (1863) Pero como resulta imposible comprender la morfosintaxis del castellano sin tener nociones de latín, el idioma “intelectualmente muerto” se siguió enseñando en las universidades como requisito para la pedagogía del idioma patrio. Quienes optaban por estudios superiores en filosofía, francés e inglés, también tuvieron que estudiar latín. (No olvidemos que un 50% de las palabras en inglés son del origen latino) Pero el latín está, además, relacionado con la botánica, la zoología y la biología, asignaturas que se comenzaron a enseñar en Chile en 1863, cuando Vicuña Mackenna pedía exequias solemnes para este idioma. Está relacionado con el Derecho, si es que todavía se estudia Derecho Romano y con otras ramas del saber y las artes. No es el caso averiguar las razones de la fobia que el latín despertaba en un hombre tan ilustrado y brillante como D. Benjamín. A lo mejor no era sino una arista del anticlericalismo de esa época. Lamentable, porque el latín no es una invención de la Iglesia Católica. La cultura latina, de que somos herederos, es mucho más antigua y más amplia. La cultura latina no solo comprende al Latín, lengua madre del castellano, del catalán, del portugués, del francés, del italiano, el sardo, el provenzal, el retorromano, el dalmático, el rumano, sino también a la Retórica, (Cicerón, Plinio el Joven, Quintiliano) la Historia, (Tito Libio, Virgilio, Nevio) la Poesía, (Ovidio, Virgilio, Horacio) la Filosofía, (Seneca, Marco Aurelio) otras artes y, por supuesto, el Derecho Romano, esa gran obra compendiada por Justiniano en el 527 d. C. en el “Digesto”, compendio en que están comprendidos mil años de sabiduría política, sabiduría de las mentes romanas.

 
Comparto con el Sr. García ese voluntario y cómodo olvido de la Iglesia con respecto al latín a partir del Concilio Vaticano II. La culpa no la tuvo el concilio, sino las caprichosas interpretaciones y, repito lo dicho por un alto dignatario de la Santa Sede, la ignorancia de las instituciones y decretos de ese sínodo. V. gr.: Constitución sobre la Liturgia, Cap. I, Nº 36: “Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular”. Y en el número 54: “Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde”. (Partes del Ordinario: Kyries, Gloria, Credo, Sanctus, Agnus Dei) De cómo se cantan estas partes –y en lengua vernácula- mejor no hablar. Eso a pesar de que en el capítulo VI del documento citado (Nº 116) dice: “La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana: en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas”. Y añade: “Los demás géneros de música sacra y en particular la polifonía, de ninguna manera han de excluirse en la celebración de los oficios divinos, con tal que respondan al espíritu de la acción litúrgica a tenor del art. 30”. Como voz que clama en el desierto, en el Nº 117, el Concilio pide que se complete la edición típica de los libros de Canto Gregoriano, otra edición crítica y una edición más simple para las iglesias menores. En el Decreto “Optatam totius”, (sobre la formación sacerdotal) en el capítulo V, Nº 13, leemos: “Pero, además, han de adquirir (los seminaristas) el conocimiento de la lengua latina, que les capacite para entender y utilizar las fuentes de no pocas ciencias y los documentos de la Iglesia”. Aquí el decreto se remite a la Carta Apostólica. Summi Dei Verbi del Papa Pablo VI.

 
No hemos de pedir a la Iglesia que retorne ni al latín ni al canto gregoriano. No a la nuestra de Chile, por una razón muy simple: Nemo dat quod non habet. (Nadie da lo que no tiene) Y como el latín no es privativo de nuestra Santa Madre la Iglesia, “nihil obstat”, nada impide que los estudiosos laicos se den a aprender latín. Parece difícil, pero no. El Padre León Pérez (ya citado) nos decía: “Quien bien conjuga y declina, sabe la lengua latina”. Todo el misterio está en la gramática. Creo que alguna vez cité el caso de doña Dolores Varas de la Barra, hermana de D. Antonio Varas, apodada la Loca Varas. Ella sabía latín. D. Francisco Encina solía llevarle libros de la Biblioteca de D. José Francisco Vergara, (Plinio, Plutarco, Heródoto) en latín. Doña Dolores los leía a su sobrino (Fco. Encina) y le traducía de inmediato. Quizás por sus latines llamaban loca a doña Dolores. Fijémonos en un detalle. Si el Sr. Vergara tenía libros en latín en su biblioteca era porque los entendía. El sobrino que traía los libros a la tía loca, debió tener nociones de latín y por eso iba y venía con los textos. Entonces, tenemos aquí a tres laicos que estaban interesados en ese idioma y a dos de ellos que lo manejaban sin problemas. No era chilena sino mexicana Sor Juana Inés de la Cruz (Juana Inés de Asbajo, México 1652-1695) figura cumbre de las letras barrocas hispanoamericanas. De ella se cuenta que aprendió sola el latín valiéndose para ello solo de los “Adagia” de Erasmo de Rotterdam. Si es verdad, la capacidad de análisis de esta mujer era simplemente extraordinaria y sus habilidades lectoras para inferir local y globalmente sobrepasaban los límites normales. Lo sorprendente es que ella necesitaba el latín no tanto para descifrar lo que cantaba en el coro, sino para leer a los clásicos en sus fuentes y en el idioma pertinente. R. H. Barrow, en su interesante obra “Los Romanos” (Ed. Fondo de Cultura Económica, 3ª Ed. 1960, V. Sobre qué escribían los romanos. Pág. 123) nos da tres buenas razones para estudiar latín: “Puede (el latín) revestir lo trivial y lo vulgar con una sonoridad digna de mejor tema; puede condensar una verdad con una brevedad impresionante y muchas veces, cuando se ha dicho una cosa en latín, no hay manera de decirla mejor”. Obviamente, quienes nos decimos hispanoparlantes tenemos una razón más fuerte para apreciar el latín y mantener un vínculo perenne con este idioma: Un 75% del vocabulario del castellano, proviene del latín.

 

 

Mario Noceti Zerega

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