Santa Cecilia y algunas reflexiones sobre la música.

El calendario dedica el día 22 de noviembre a la memoria de Santa Cecilia, virgen cristiana, perteneciente a una familia de patricios romanos, gentiles, que sufrió el martirio el año 232 de nuestra era. Hay en Roma una catacumba que lleva su nombre. Se asegura que allí fue hallado su cuerpo. Lorenzo Bernini esculpió en mármol una bella estatua yacente de Cecilia que muestra con vívidos detalles la herida que cercenó el cuello de la mártir. Confusas son las interpretaciones de la razón que hicieron de Cecilia la Patrona de la Música. Algunos hablan de la música celestial que se dejó oír mientras la virgen era sometida a los tormentos. Otros aseguran que Cecilia era una experta artista de la música y que la ejecutaba con singular maestría. Sin descartar la intervención de los coros celestiales que fortalecieron a Cecilia en su confesión o testimonio, hay que admitir que ya en esa época, los cristianos eran conocidos por su liturgia en la cual el canto tenía gran importancia. En el año 109, Plinio Cayo Cecilio Segundo, el Joven, escribía al emperador Trajano: “Y estos hombre (los cristianos) tienen por costumbre reunirse en un día determinado, al amanecer, para alabar a Cristo como a un Dios, con un canto alterno…” Se trata de una información proporcionada por un funcionario romano, no cristiano. Plinio había sido magistrado bajo Domiciano y Nerva (81 al 98 d. C) y cuando escribe a Trajano era Gobernador de Bitinia. (Asia Menor) Esto, 123 años antes del martirio de Cecilia. La importancia del canto en la Iglesia seguía vigente 150 años después de la pasión de esta virgen romana, como puede comprobarse en las “Confesiones”, de Aurelio Agustín, San Agustín, (386) en el Libro IX, capítulos VI y VII. La Iglesia pone el nombre de Cecilia junto al de otras mártires de los primeros siglos: Felicidad, Perpetua, Ágata, Lucía, Inés y Anastasia. Son las únicas santas que se mencionan en el Canon de la Misa (siglo IV ca.) o Canon Romano. En las Letanías de Todos los Santos, las santas cuyo patrocinio se invoca son: María Magdalena, Ágata, Lucía, Inés, Cecilia, Catalina y Anastasia. Estamos pues, ante una mártir cuya veneración es antiquísima.

Aparte de la memoria religiosa, sabemos que desde antiguos tiempos los músicos celebraron a Santa Cecilia como su singular Patrona. Existen numerosas pinturas que representan a Cecilia tocando el órgano, cantando, rodeada de ángeles que sostienen las partituras, pero también hay obras musicales en su honor. Mencionemos la Oda a Santa Cecilia de Henry Purcell (1659-1695) máximo crédito del barroco inglés. Murió prematuramente a los 36 años. Su Oda a Santa Cecilia serviría de modelo casi cuatro décadas después a Jorge Federico Haendel para componer una obra homónima. En verdad, Haendel compuso dos Odas a Santa Cecilia. La primera, en 1736, se la conoce con el nombre de Alexander Feast y por sus dimensiones es más un oratorio que una oda. En 1739, compone su segunda oda, cuyo texto es del poeta John Dryden. La oda consta de una Obertura, un interludio (ambos tomados del Concerto Grosso Nº 5 del op. 6) diez estrofas para solistas y coro y una marcha (Nº 7) que divide la Oda en dos secciones. Esta obra tuvo un éxito inmenso y los elogios fueron superlativos. Tales composiciones y su estreno el 22 de noviembre, se explican porque los Caballeros de la Sociedad Musical Inglesa organizaban un festival anual en honor de Santa Cecilia. Se tomaban todas las providencias del caso y “por la mañana se celebraba un Oficio sacro en la Iglesia de San Bride, al cual asistía el rey, la corte y los miembros de las distintas sociedades musicales de Londres”. (Mario Calderón V. Comentarios a la Oda a Sta. Cecilia, 1973) Parte del servicio era el sermón “en defensa de la música religiosa inglesa”. Por la tarde se tenía el concierto en alguno de los teatros de Londres. (debidamente calefaccionados pues para esa fecha hasta el Támesis estaba congelado)

 
LA MÚSICA COMO ARTE: Aunque se suele definir la palabra ARTE como la capacidad para crear cosas bellas, estos dos conceptos: arte y belleza, en la práctica resultan tremendamente subjetivos. Los conceptos de arte y belleza “modernos” se alejan cada vez más de los modelos clásicos. Es más, se ha trivializado de tal manera lo clásico que ya no es tal. Cuando en los colegios se enseñaba música, (Educación Musical se llamó en las Humanidades y en la Básica: Música y Canto) se nos decía que había una música selecta o clásica. La de los grandes maestros: Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, etc. También estaba y está la música folclórica y popular. Hoy las clasificaciones se han tornado complejas. Se habla de jazz y existen muchas clases o tipos de jazz. Otro tanto ocurre con el rock. Las quisquillosas controversias que se suscitan entre los que se dicen expertos en folclore no son para contarlas. La cueca, sin ir más lejos, es objeto de una cadena interminable de teorías, suposiciones, metamorfosis en su coreografía, orígenes, instrumentaciones, etc. Como el pueblo chileno se abre fácilmente a la inculturación, danzas como la cumbia, los corridos, rancheras, etc., han desplazado lo que ahora cantan los coros polifónicos como “danzas clásicas chilenas: el aire, la sajuriana, etc. Desapareció para siempre la wachambe, danza popular campesina del siglo XIX propia de las trillas. (Eugenio Pereira Salas. Los Orígenes del Arte Musical en Chile. Ed. U. de Chile 1941) La wachambe, según narra un viajero francés en 1825, “es un paso, una ejecución lasciva, poco graciosa y que parece tener relación con la chika de los negros”. (Edmond Touanne) La wachambe exigía el traje de huaso completo, incluidas las espuelas. Pedro Ruiz Aldea alude a este baile en su “Tipos y Costumbres de Chile”. (Una zurra de baile. Págs. 29 – 37. Ed. Zig-Zag, 1947)
Comprobamos, no sin pena, que la música, un arte al parecer tan espiritual y etéreo, se ha convertido en un artículo de consumo. Hay quienes se enriquecen con sus producciones musicales y miles que pagan precios increíbles para asistir a “Conciertos” donde lo que predomina es el ritmo. Se prescinde de los otros dos elementos que constituyen la música: la melodía (agradable sucesión de sonidos) y la armonía. (simultánea emisión de varias voces en movimiento) En cuanto al canto, hoy cualquiera canta, el hombre moderno ha perdido el oído. Como ha perdido la fineza de la percepción acústica no exige voces afiatadas, ni belleza, riqueza y fortaleza en los timbres de las interpretaciones. Tal vez, la prueba más notable de la debilidad acústica del hombre de nuestra época es el volumen que imprime a sus equipos de música. La supremacía o tiranía del ritmo en la “música” actual es francamente alienante. Paradojalmente, cuando la humanidad se vanagloria de su progreso, musicalmente ha retrocedido a la Prehistoria. El hombre de la Edad de Piedra, de la música no conocía otro elemento que el ritmo. Como su inopia era tan extrema, ese ritmo lo producía percutiendo con su propio cuerpo: mano contra mano, golpes de pies contra el duro suelo. En canto no nacía todavía. Esas percusiones corporales eran acompañadas de gritos guturales. Todavía había que recorrer un largo y milenario camino antes de llegar a un producto tan refinado como el aria de la Reina de la noche (Mozart, La Flauta Mágica) o a una marcha tan pomposa y solemne para coros y orquesta como la de “Aída”. (Giuseppe Verdi)
LA MÚSICA EN CHILE ACTUAL: ¿Qué trasmiten las incontables radioemisoras que se entrecruzan en el éter de la “dulce Patria? Mucho deporte; (específicamente fútbol, partidos y “cahuines”) algo de noticias; muchas cumbias, harto rock, música anglo y –de milagro- algo de folclore. (del verdadero y del pseudo-folclore) Desconozco en qué terminaron esas discusiones bizantinas sobre una ley que obligaría a trasmitir música de nuestro folclore. ¡A la fuerza no es cariño! Falta cultura musical. Nuestros estudiantes ya no conocen ni la clave de sol. Menos saben de Historia de la Música. La música clásica sigue siendo música de elites. (y de esnobs) Quizás nunca se escuchó tanta música en Chile como ahora. Pero es esa “música”, que al decir de Alexander Solzhenitsyn idiotiza colectivamente a la juventud como una droga. En su obra “Rusia en ruinas” el escritor (Nobel de Literatura 1979) llama a la música actual “estiércol líquido”. Ensordecidos por los altos decibeles de la “música” que nos llega del Imperio de la Coca Cola, no queda espacio para los acordes de una tonada folclórica, menos aún para una sonata de Beethoven o una cantata de Bach. En cambio los productores del “estiércol líquido” se han apropiado de la terminología clásica. Raperos, rockeros, y otros de la misma casta ofrecen: conciertos, recitales y cantatas. (Y cobran por aquello precios siderales) No hablemos de la música en nuestros templos. ¡Deplorable! Carecemos aquí de los Caballeros de la Sociedad Musical y como no celebramos el Día de Santa Cecilia, Patrona de la Música, no habrá nadie, nunca, que predique un sermón en defensa de la auténtica música religiosa. Santa Cecilia nos alcance la gracia de mantener atento el oído para no confundir el “estiércol líquido” con el sonido de la trompeta llamando al Juicio Final porque John Dryden nos recuerda:
“Así cuando la hora espantosa y postrimera
haya este frágil escenario consumido,
en lo excelso se dejará oír la trompeta;
lo inerte vivirá, fenecerá lo viviente
y la Música desconcertará la bóveda celeste”.
Nadie escuchó a Solzhenityn en Rusia. Es que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Los seguidores de Marcias, el torpe sátiro que desafió a Apolo, dios de la música, son multitud.

 
Mario Noceti Zerega

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