Comida al paso

Sería bueno preguntarnos si acaso estamos comiendo de puro glotones que somos, si verdaderamente lo hacemos porque el hambre renace –como el ave fénix- de sus cenizas y no cada mil años, sino a cada rato o porque convertidos en los epicúreos del siglo XXI, no tenemos empacho en declarar: “Comamos y bebamos que mañana moriremos”. Hace cuarenta años, el transeúnte que recorría el centro de Rancagua veía muy limitadas sus opciones de comprar algo para comer. En la esquina de Independencia con Astorga, se ubicaba una señora que vendía churros. Con el colegio de las monjas argentinas a un paso y en la dirección obligada de los estudiantes que iban a los liceos, no le iba mal. De ninguna manera. En verano se iba a Pichilemu. Negocio redondo. En la Plaza de Los Héroes, siempre había, incluso los domingos, el infaltable vendedor de barquillos. Y eso era todo lo que se podía comprar “al paso”. ¡Ah! Y cómo no mencionar el infaltable maní o cacahuate. Maní tostado, con cáscara y todo. Al presente el maní es tostado, confitado, con sal, con pasas, con merquén, de cien maneras. Cuando llegaba la primavera aparecían los vendedores de algodón de azúcar y poco a poco, se introdujo la venta de palomitas de maíz, cabritas o pop-corn, que todo es lo mismo. Como vemos, golosinas para la chiquillería. Han cambiado los tiempos. Ahora, en Rancagua, sin entrar a un restaurán, a un supermercado, o al patio de comida de un Mall, se tiene acceso a una variada y extensa “carta” gastronómica. Los ciudadanos que van y vienen haciendo trámites, adquiriendo sus, cada vez más numerosos artículos para sí mismos o para el hogar, no van con las manos desocupadas. Una considerable cantidad de personas, circula comiendo. Por esta razón, otro considerable número de tiendas ostentan, en sus puertas, la consabida advertencia: “Prohibido entrar consumiendo alimentos de cualquier tipo”. Lógico. Es fatal para el dependiente que, a la posible compradora, se le caiga el helado sobre el tapiz de un sofá o que el niñito manche con el kétchup de su sopaipilla un corte de género o una prenda de vestir. Esa es la realidad. En un banco de uno de los tantos paseos peatonales, un grupo de escolares consume cucuruchos de lánguidas papas fritas embadurnadas con mostaza, kétchup o algo semejante. Más allá una pareja de enamorados se juran fidelidad mordiendo con fruición una sopaipilla del porte de un plato, embetunada también con las ídem inefables salsas. Pasan las abuelas o abuelos que fueron a retirar a sus angelicales nietecitos del jardín o del kínder y los querubines vienen con un contundente berlín que comparten con el uniforme o la corbata. Por supuesto, igual que hace cuarenta años, hay churros. El progreso se impone. Ahora son churros rellenos, como si no bastara el colesterol de los simples churros fritos. Y también las cabritas. En el pasado eran nada más que eso: maíz tostado, con sal o azúcar. La elaboración moderna es más sofisticada: cabritas confitadas, con baño de chocolate, etc. No olvidemos los cuchuflíes, folclórico canuto a medio rellenar con manjar, que no ha pasado de moda, como ocurrió con las semillas de girasol. Y los antojados y antojadas compran y matan el estrés de la vida cotidiana comiendo. Hay vendedores que recorren el centro vendiendo pan amasado, tortillas de rescoldo, queques, pasteles, té y café. Los carros que expenden comida “al paso” van y vienen por el centro de Rancagua y como de comer se trata, siempre hay para satisfacer el capricho, “engañar las tripas” o darse un gusto. Al caer la tarde, a veces antes, en el sector de Av. Brasil y al llegar al rodoviario, alguien, un fulano, llega con una asadera. A vista y paciencia del honorable público enciende el carbón y prepara sus anticuchos. El viento esparce el pesado olor cargado de gas del carbón que se enciende, a lo largo de la avenida y luego, el inconfundible olor a carne de puerco asado. Sobran clientes. Y no pregunte por higiene ni cosa que se parezca que la cultura chilensis en esto es lapidaria: “Chancho limpio nunca engorda”, o “las tripas no tienen ojos”. Cómo iban a faltar, entre tanta delicatesen, las empanadas de horno. A precios módicos. ¡Calentitas! ¿La calidad? Eso es harina de otro costal. En una esquina central, cuya dirección exacta me callo, por años, véndense aceitunas en bolsitas plásticas cuyos cuescos encontramos sembrados por todos lados a medida que avanzamos. Llega el verano. Estratégicamente instaladas, las vendedoras de humitas ofrecen su mercancía. Son las mismas que durante el invierno vendían papas rellenas. Hasta casi al llegar a la plaza principal encontramos triciclos que venden frutas y verduras; los veganos y vegetarianos compran naranjas, plátanos, mandarinas, frutillas, etc. Siguiendo la más pura tradición yanqui, el rancagüino ha aprendido que en invierno también se puede comer helado. Lo tradicional es un cono o un vaso, pero en esto los fabricantes han agotado su creatividad y el helado viene de mil maneras. Se ofrece, por supuesto, en todas partes: en la panadería, en la librería, en el quiosco de diarios, y como si fuera poco los vendedores suben a ofrecerlo a los buses o están al acecho en determinado semáforo que favorece la venta. A propósito de comer en los buses, qué desagradable es el olor a cocinería que satura el aire del vehículo cuando un prójimo se sube comiendo una de esas proletarias empanadas –pura cebolla- o esas papas fritas cuyo pringoso tufo nos revuelve el estómago.

 

¿Eso es todo? No. En nuestras veredas se puede comprar cuanto hay de comestible. Sushi, ensaladas. ¡Oh las ensaladas! De apio, de betarraga, de lechuga, de repollo, de penca, de porotos cocidos, de berros, etc. Todas envasadas en unas bolsas infladas y transparentes que el sol se encarga de calentar a medida que pasa la mañana. Están muy agradecidos los chicos con esos carros que, justo allí, donde ellos los necesitan y para completar la panzada, venden chocolates, galletas, en una variedad infinita, dulces, masticables, turrones, en fin, de esto quiero, de esto no quiero. ¡Qué manera de comer! Y de beber. La lista de jugos y bebidas a que tiene acceso la gente es como una letanía interminable. Intente hacer un listado, se sorprenderá. Solo en marcas de aguas minerales –con gas o sin gas- superamos las diez y eso sin hablar de los envases y sus cantidades. A esto del beber, hemos de sumar el mate. Siguiendo la vieja costumbre de los argentinos, hay muchísimos chilenos que van a todos lados con su mate. Es verdad que no vamos a encontrar peatones dándole a la bombilla, pero no es despreciable el número de personas que, sin pudor, apuran en plena vía pública, una cerveza, una botella de vino o, a falta de medios, un vino envasado en cartón, de dudosa calidad.

 
Nuestra literatura e historia nos muestran que el chileno ha sido amante de la buena mesa desde antiguo. Ha habido banquetes rimbombantes y pantagruélicos en el acontecer social de la república. En 1923, por primera vez, vino a Chile un cardenal. Era el arzobispo de Burgos Mons. Juan Benlloch y Vivó. Venía a consagrar la Basílica de la Merced, (Stgo.) primer templo que gozaría de este título en nuestro país. A poco de regresar a España, falleció Mons. Benlloch y fue voz común que los banquetes chilenos eran la causa de su deceso. Queremos decir que, a la hora de la mesa, se ha comido o se comió bien y en abundancia. En la mesa. Esto es, almuerzo o cena. En lo cotidiano, hoy, el chileno come a toda hora. De todo. Y Rancagua no es la excepción. Niños, jóvenes y adultos comen sin control. Como dice el refrán: comer y rascar todo es empezar. Como no se respetan los horarios de desayuno, almuerzo y cena, los cuales se omiten, se saltan o se desplazan, se tiende a suplir las comidas normales por golosinas, tente en pie, o lo que sea. Hipócritamente, se recurre a las dietas, a los regímenes de “prestigiados” centros o al gimnasio. Están aún, esas víctimas de su gula que dan por no comido ni bebido aquello que compraron “al paso”, y que de paso sí altera la buena salud. El mejor régimen es comer solo a las horas y cerrar la boca el resto del día. Hace cuatrocientos años que Cervantes ponía en boca de D. Quijote este consejo:

 

 

“Come poco y cena más poco: que la salud
del cuerpo se fragua en la oficina del estómago.
Sé templado en el beber. Considerando que el vino
demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”.
(D. Quijote de la Mancha II Parte Cap. LXIII)

 

 

Se nos informaba recientemente, que el 41% de los niños que cursan Octavo Básico acusan obesidad o sobrepeso. (Simce de Ed. Física) Es cierto que los niños de hoy son reticentes a los ejercicios físicos. Pasan horas y horas sentados ante una pantalla o frente a su fono inteligente. No es menos cierto que un alto porcentaje son adictos a la comida chatarra. Son esos mismos que vemos comiendo papas fritas, sopaipillas, o cualquiera de esas golosinas que venden “al paso”. Ellos no beben agua. Solo bebidas alcohólicas cuando la ocasión es propicia. Siempre he pensado en la cantidad increíble de cesantes que se produciría entre nosotros, el día en que cada ciudadano no abriera la boca para comer nada más, ni nada menos que tres veces al día: desayuno, almuerzo y cena. Pero eso es pedirle peras al olmo, porque: “Dijo el asno a las coles: Pax vobis”. Así el chileno ante la comida. Ni que tuviéramos la lombriz solitaria.

 

 

Mario Noceti Zerega

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