EDITORIAL: La vorágine de fin de año

Despedidas, graduaciones, ceremonias de clausura, paseos de curso, convivencias de fin de año, cenas de empresa, fiestas navideñas, entregas de notas, compras de regalos, decoración del arbolito, ventas nocturnas, conciertos de navidad…¡Stop! Todos queremos que llegue fin de año, ¿pero a qué costo?

Y es que la llegada de diciembre, significa la llegada de una serie de situaciones que van de la mano con el último mes del año que si nos pilla mal parados emocional y económicamente pueden provocar ansiedad que se puede traducir en un stress con repercusiones anímicas y físicas.
A esto, si le agregamos el cansancio de un año laboral y la merma nuestras energías, peores podrían ser los resultados. Es por ello que frente a esta sobrecarga social y económica que son sólo un cúmulo de presiones extras, es posible caer en una actitud reactiva de exigirse, organizar reuniones y ‘estar feliz’. No se exija más de lo que puede hacer y dar.
No es coincidencia que las frases que más se escuchan por estos días son “estoy colapsado”, “esta época es terrible”, “estoy agotado”, “corro todo el día”, y un interminable etcétera. Es aquí donde hay que preguntarse ¿Tiene algún sentido que sea así?, ¿Quién es el responsable?…
Es verdad, el entorno tiende a enloquecer bastante en estas fechas. La gente anda un poco más nerviosa, ansiosa y apurada; hay más tacos, más gastos, más sobreexcitación, pero ¿qué importa? El año se acaba, el verano está ad-portas y las vacaciones ya se vienen.
Vivimos bajo un maravilloso cielo azul, donde el sol nos alumbra intensamente y los pajaritos nos acompañan con su canto; sin embargo, son muy pocos los que hacen una pausa para alzar su cabeza y ver las maravillas que la naturaleza nos tiene preparadas, porque el sistema nos consume; pero es opción de cada uno decidir si nos sumamos a esta vorágine de fin de año o tomamos un respiro y optamos por lo importante de la vida.

 
Gisella Abarca
Editora

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