Navidad y Flores.

Como vivimos en el hemisferio meridional, nuestra Navidad ocurre a pocos días de iniciado el verano. Cuando todavía no nos afectaba la globalización, Navidad, (Pascua de Navidad, como nos enseñaron los conquistadores) transcurría sin que nos quitara el sueño la preocupación por el árbol navideño, las guirnaldas de luces intermitentes, ni la larga lista de regalos. De hecho, solo los niños recibían regalos. Nuestras galas eran, por tanto, muy folclóricas. Como era (y es) verano, las casas y los templos se adornaban con flores. Flores de la temporada, de esas que crecían en los huertos y jardines, porque ¿qué casa no tenía su jardín? Navidad, otrora, era época de gladiolos. Los primeros gladiolos abrían sus botones al acercarse la fiesta del Nacimiento de Cristo. En muchos patios crecían las hortensias que ya para esta fecha luce sus complicadas inflorescencias globulosas, con flores estériles. La hortensia (N. C. Hydrangea macrophilla) es originaria de China. Se podía (y se puede) colocar en floreros o jarrones. Solo hay que tener el cuidado de machacar el tallo a la altura en que lo cortamos, de lo contrario la flor se marchita ipso facto. Un jarrón con hortensias rosadas o azul Prusia, como esas que vemos en Valdivia y otras ciudades del sur, es la elegancia suma. Con suerte, para estas fiestas florecía –ya no se lo ve en parte alguna- el llamado “nardo japonés”, de gran belleza y penetrante perfume. En realidad se trataba de una liliácea y no era un nardo. (los nardos son amarilidáceas y las flores se presentan en un tallo sin hojas) Este “nardo japonés” era una variedad de azucena. Existen tres mil especies de azucenas y la que nos ocupa guarda gran parecido con el lilium cándidum, llamado entre nosotros “nardo de la Purísima”. El rey de los arreglos florarles fue el clavel. Actualmente, compramos en las florerías claveles muy hermosos. La variedad de colores es impresionante, poseen largos tallos, de todos modos, no es una flor que luzca sola en un jarrón. Requiere el acompañamiento de ramas verdes. (esparraguera, helecho, etc.) Hay personas que al arreglar sus flores echan al agua una aspirina. Este medicamento no va con el clavel. El clavel dura más si Ud., pone en el agua –sin revolver- una cucharada de azúcar. Los claveles que cultivábamos en casa eran blancos, rojos o rosados. No eran tan grandes ni tan erectos como los que nos ofrece el comercio, pero tenían ese perfume que le da nombre a la flor. Nuestros claveles olían a clavo de olor. (N. C. Eugenia carpophilata) Durante mucho tiempo, el clavel fue, sin duda alguna, la flor que mejor se avenía con la Navidad chilena. En otra crónica. Comentando la obra “Un Veterano de Tres Guerra” (Salesianos Impresores – 2015) recogía ya la tradición del siglo XIX, cuando, como allí se cuenta, las casas y las iglesias se engalanaban para Navidad, con ramos de claveles y albahacas. Sin mayores contratiempos, hacía su lucida presentación la dalia. Una compuesta mejicana de la cual han derivado infinitas variedades. Yo recuerdo una de largos pétalos rosados, las hay blancas, lilas, amarillas, que llamaban dalia cactus y otra, de pétalos que como ordenadas virutas formaban un copo: la dalia pompón. Es verdad que la dalia no siempre es apta para un florero, pero en el jardín es espectacular. Cambios climáticos y experimentos botánicos hacen que ahora, apenas si consigamos ver las flores de esa solanácea argentina que es la petunia. Asocio Navidad con las petunias. Esas petunias sencillas –no las híbridas que hoy nos invaden- que se multiplicaban por semillas y que justo, ahora, en diciembre florecían en blanco y azul, nada más, pero que perfumaban nuestras plazas y jardines. También, cómo olvidarlo, trepando por la tapias, llenándolo todo con sus hojas acorazonadas y sus flores azules, los suspiros, amplios embudos vegetales que daban un espectáculo asombroso. (Los norteamericanos los llaman Morning glory: gloria de la mañana)

 

Todavía, en el humilde patio agreste, en la vereda del pueblo, florece el Dondiego o dengue (mirabilis jalapa) que en su patria (México) llaman maravilla. Y ¿en qué parte no había una buganvilla (Bougeanvillea spectabilis)? Esta enredadera sudamericana da flores que se agrupan de tres en tres, cada una acompañada de una hermosa bráctea de color púrpura, roja o amarilla. La variedad más rústica de buganvilla soporta bien un tiempo en los floreros. Para la época navideña florecen también los geranios (que acá denominamos “cardenales”) las pelargonias, etc. Todo un mundo de color que embellece el ambiente local y alegra el alma que sabe apreciar la naturaleza.

 
Como hemos reducido los espacios, ya no hay casas de amplios jardines, las plazas, a lo más, ofrecen un poco de césped y unos árboles que nos vinieron de afuera. Las florerías nos entregan flores que antes tenían una estación determinada. Por ejemplo, hay crisantemos todo el año. En las tiendas, en las oficinas, en los hogares, hasta en los templos, se ubica ostentoso, emperifollado, iluminado y ampuloso un “árbol” de Navidad. Que, desdichadamente, no es un árbol de verdad. ¡Cómo nos auto engañamos! Los alcaldes inauguran en sus plazas unos mega “árboles” atiborrados de luces y adornos. Cuestión de ecología, me dirán. No podemos cortar y cortar árboles, como alguna vez se hizo. Botánicamente hablando, escasamente en Chile hubo alguna vez un auténtico árbol de Navidad. De niño, los primeros árboles navideños que vi, allá por 1945, eran cipreses, (cupressus sempervirens) árboles fúnebres. Se los iluminaba ¡con velitas! Después nos llegó el pino insigne (pinus radiata) que tampoco es el árbol de Navidad. Al azar, algunos vecinos compraban un abeto. (Abies concolor) Y el abeto sí es el árbol de Navidad, aunque será necesario advertir que este género (el de los Abies) comprende una docena de variedades, siendo, por lo general árboles de gran tamaño; son árboles forestales. Como alcanzan grandes dimensiones el efecto que producen es formidable y majestuoso. El abeto es de crecimiento lento, no como el pino o el ciprés que, en nuestro medio crecen rápido. En síntesis, pueda ser que algún día, entendamos que el verano nos regala flores y frutos para alegrar, adornar y celebrar Navidad. No es necesario ese pseudo arbolito que nos hace subir la cuenta de la luz (¡oh, la ecología!) y que aumenta el calentamiento global. Un disparate. Habiendo tantas flores que crecen solas en este suelo tan feraz.

 

 

Mario Noceti Zerega

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