D. José María Caro Rodríguez: A 70 años de su creación como cardenal de la Iglesia.

 

Desde que el Papa Pío IV creó la diócesis de Santiago de Chile, el 27 de junio de 1561 (Bula “Super Specula”) nombrando como primer obispo a D. Rodrigo González Marmolejo, (1490-1564) la primera sede episcopal del país ha tenido 22 obispos y 13 arzobispos. De los 13 metropolitanos, seis han recibido el capelo cardenalicio y de estos seis purpurados, solo dos pertenecieron al clero secular: D. José María Caro y D. Juan Francisco Fresno. En total, Chile ha dado a la Iglesia siete cardenales, pues a los seis últimos arzobispos de Santiago (Caro, Fresno, Oviedo, Errázuriz y Ezatti) hay que agregar a D. Jorge Medina Estévez, que se desempeñó como cardenal de la Curia Romana, donde fue Prefecto de la Congregación para los Sacramentos y Cardenal Protodiácono. Por lo menos de un par de nuestros antiguos obispos se asegura que o estuvieron a punto de ser cardenales o ellos rechazaron tal dignidad, como se cuenta de D. José Hipólito Salas Toro (1812-1883) nacido en El Olivar, (VI Región) fue el vigésimo cuarto obispo de Concepción, (1852-1883) participó activamente en el Concilio Vaticano I (1868-1870) y es una de las figuras más relevantes de la oratoria sagrada en Chile.
El 23 de diciembre de 1945, el Papa Pío XII, convocó a Consistorio en el cual se creaba cardenal al arzobispo de Santiago D. José María Caro Rodríguez. La delicada salud del prelado no le permitió, a pesar de hallarse en Roma, participar en la ceremonia en la cual el Papa invistió a los nuevos cardenales. Recién el 18 de mayo de 1946, en una ceremonia excepcional, en la Sala del Tronetto, (Palacios Vaticanos) Pío XII impuso la birreta a nuestro primer cardenal.

 
José María Caro Rodríguez, nació en la Hacienda de San Antonio de Petrel, (a pocos kilómetros de Pichilemu) el 23 de junio de 1866. Sus padres fueron D. José María Caro Martínez (primer alcalde de Pichilemu, 1894) y la señora Rita Rodríguez Cornejo. El pequeño fue bautizado por su abuelo, D. Pedro Pascual Caro Gaete, debido a la delicada salud de su nieto. En noviembre de 1866, como consta en los libros parroquiales de Ciruelo, el cura, D. Pedro Aguilera le puso óleo y crisma. Suele mostrarse a los visitantes de la Parroquia de Ciruelos la Pila Bautismal diciendo que en ella fue bautizado el futuro cardenal. Lo cual no es cierto. Hasta la década de los ’70 era posible ver todavía, próximos a la iglesia parroquial, los muros de la vieja escuela, de Ciruelos, donde José María aprendió leer y escribir. Siempre se ha especulado del origen humilde de nuestro primer cardenal. Y se ha exagerado. José Arraño Acevedo, sobrino nieto del prelado, a quien conocí y traté al igual que sus hermanos Alberto, Miguel, Cristina, en su obra “Hombres y cosas de Pichilemu” (2003. Pág. 36) cita a Virgilio Figueroa, quien al describir al padre del cardenal dice que “posee espíritu público y dotes de mandatario, cualidades que le sirvieron para desempeñar la primera alcaldía de Pichilemu “desde su fundación hasta once años más tarde”. (1905) No eran los Caro-Rodríguez una familia pobre. Tampoco eran ricos. La prueba es que su hermano Pedro Pablo Caro logró titularse de abogado. Imagino que las dramatizaciones que se hacen sobre los humildes (léase pobres) orígenes del Sr. Caro, pueden fundarse en el hecho de que, cuando en 1881 ingresó al Seminario Conciliar de Santiago, fue matriculado en la sección de San Pedro Damiano, que era la sección de los seminaristas de escasos recursos. Monseñor Rafael Valentín Valdivieso y Zañartu, tercer arzobispo de Santiago, (1848-1878) había organizado definitiva y estupendamente el Seminario Conciliar. (Hoy Seminario Pontificio) Influenciado por el Rector, D. José Larraín Gandarillas, el arzobispo accedió a crear la sección de San Pedro Damiano. (“Uno de los grandes errores de Valdivieso”, acota el Académico e historiador Mons. Fidel Araneda Bravo) Sea como sea, José María Caro sobresalió como excelente alumno, lo que le valió ser enviado al Pío Latino Americano, en Roma. En Roma fue ordenado sacerdote el 20 de diciembre de 1890. Regresó a Chile en agosto de 1891 luego de alcanzar el grado de Doctor en Teología en la Universidad Gregoriana. Ejerció la docencia en el Seminario Conciliar de Santiago, por casi 18 años, con un breve intervalo (1899) cuando por razón de salud se trasladó a Mamiña donde ejerció como párroco.

 
Entre 1912 y 1926 se desempeña como Vicario Apostólico de Tarapacá. El 28 de abril de 1912, el Sr. Caro recibió la ordenación episcopal de manos del Internuncio Enrique Sibilia, en la catedral de Santiago. Don José María fue el penúltimo de los ocho Vicarios Apostólicos de Tarapacá, antes de que esa sede se convirtiera en lo que hoy es el obispado de Iquique. (1929) Como obispo, Caro realizó una extraordinaria labor misionera, atacó a la masonería y a la vez fue atacado duramente por los masones.

 
En 1926, Caro fue trasladado al Obispado de La Serena. Creo seis parroquias, construyó el bello edificio de la Curia Episcopal, promovió el IV Congreso Eucarístico Nacional (1928) y celebró con éxito el Congreso Eucarístico Diocesano. (1927) El Papa Pío XI le nombra Asistente al Solio Pontificio. El 20 de mayo de 1938, La Serena alcanza el rango de Arzobispado y Monseñor Caro es su primer arzobispo. Tomó canónica posesión de la arquidiócesis pero, el 30 de agosto, es nombrado Arzobispo de Santiago. Tenía 73 años, no obstante, trabajó sin descanso. Construyó el nuevo Seminario Pontificio, inició las obras del Templo Votivo de Maipú, (1943) creó numerosas parroquias; en 1946, convocó el I Concilio Plenario de Chile, del cual fue Legado del Sumo Pontífice. (Las Actas del Concilio fueron aprobadas por Pío XII en 1953) En 1950, el Papa le confiere el título de Primado. (Prelado con jurisdicción o precedencia especial sobre los arzobispos u obispos de una nación) Es el único que ha sido favorecido con tal dignidad en Chile. En octubre de 1958, fallecía Pío XII. A pesar de su avanzada edad, 92 años, el cardenal Caro viajó a Roma. Era el más anciano del Sagrado Colegio que reunido en cónclave eligió como Sumo Pontífice al Cardenal Ángelo Guiseppe Roncalli, Juan XXIII, en la tarde otoñal del 28 de octubre de 1958. Fue el cardenal Caro, el primer cardenal chileno que participara en un Cónclave. (Después le correspondería a Silva Henríquez participar en dos elecciones, la de Juan Pablo I y Juan Pablo II; a Francisco Errázuriz y Jorge Medina en la de Benedicto XVI) Regresó a Chile a principios de noviembre. Agotado, después de múltiples actividades, enfermó repentinamente, falleciendo en Santiago el 4 de diciembre de 1958. Sus funerales, en la sede catedralicia, fueron oficiados por Mons. Sebastián Baggio. Nuncio Apostólico, (después cardenal) con la asistencia del Presidente de la República y sus ministros. La oración fúnebre fue encargada al célebre orador Monseñor Eduardo Lecourt. Por algún tiempo se habló de la introducción de la causa de canonización de Monseñor Caro. Quienes tuvimos la oportunidad de conocerlo, sabemos que fue un hombre santo. Fue, sobre todo, un hombre recto, fiel a sus convicciones e indoblegable en sus responsabilidades de Pastor. La primera vez que lo vi, fue aquí, en Rancagua, la tarde en que solemnemente se iniciaba el I Congreso Eucarístico de la diócesis. (1951) Después lo veía con frecuencia en la Basílica de la Merced, Santiago. El cardenal vivía al frente de la basílica y se confesaba con el P. Miguel Ríos. Serví de acólito en la capilla de su casa en ocasión de ordenaciones de subdiáconos o diáconos, le ayudé la Misa cuando la bendición de la Parroquia de la Merced de Puente Alto, asistí a las bendiciones de nuevas parroquias a las que invitaban a nuestro coro, etc. ¡Ah! También le vi cuando íbamos a Pichilemu y nos cruzamos con el tren en el cual él regresaba a Santiago. Físicamente era un hombre delgadito, de cabellera escasa, amplia y serena frente, espesas cejas, ojos hundidos pero mirada penetrante, firme, labios delgados y expresivos, sonreía con naturalidad, pero sus facciones acusaban seriedad, digno, sin afectación, humilde en el sentido auténtico de la palabra. Extremadamente franco, intransigente en materia de liturgia, de moral, de ortodoxia. Sobre todo, hombre de oración. Me acuerdo que a sus noventa oraba de rodillas ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor. El Cardenal Caro fue un regalo de Dios para los católicos que lo tuvieron como Pastor en Iquique, en La Serena, en Santiago. Una personalidad tan rica, ascética y de alta intelectualidad como la de Pío XII, supo valorar los talentos y carismas que Dios y San Andrés, el apóstol a quien lo pidió su madre doña Rita, pusieron en este hombre, que sirvió a Dios haciendo suyas cada una de las Bienaventuranzas, amando a la Iglesia no solo con el cumplimiento de lo esencial, sino dando lo mejor de sí hasta el último momento. Si Dios nos regalara apóstoles como el cardenal Caro, cuya vida era una catequesis dinámica y convincente, veríamos que el renacimiento de nuestra fe brotaría con la fuerza incontenible de una primavera cuyas flores se convertirían en frutos de auténtica conversión. Qué bien comprendía nuestro primer cardenal, ese humilde hijo de las tierras pichileminas, aquellas palabras de un ya olvidado concilio de Aquisgrán: “Todo sacerdote debe distinguirse por la piedad y la ciencia; porque la ciencia sin piedad hará de él un hombre arrogante y la piedad sin ciencia hará de él un hombre inútil. “Palabras que pueden parecer duras, pero Jesús lo había dicho de otra manera: “Uds. son la sal de la tierra. Si la sal se desvanece, ¿con qué se la salará? Ya no sirve sino para ser arrojada fuera y pisoteada por los hombres”. (Mateo 5, 13) Más que por ser cardenal, recordamos a Mons. Caro, porque fue sal, fue luz y así glorificó al Padre de los Cielos.

 

 
Mario Noceti Zerega

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