Siendo honestos con nosotros mismos

“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.” Salmos 139:23-24
Dios aborrece la oscuridad el engaño. La oscuridad es dominio de su enemigo. Por tanto, es esencial aprender a ser honestos acerca de lo que hay en nuestros corazones. Dios puede manejar nuestras quejas, nuestra necedad, nuestros temores y nuestros fracasos, no se va a sorprender ni a sentir amenazado por nuestra ira y confusión. Lo que no agrada a Dios son las mentiras baratas del halago, la alabanza ritual, las palabras hipócritas que se repiten una y otra vez sin tener conciencia de lo que verdaderamente está pasando en nuestra propia alma, en nuestro corazón.
Las oraciones llenas de mentiras civilizadas son tanto inaceptables para Dios como incapaces de reflejar lo que hay en nuestros corazones. Es por eso que, para poder entrar en la sala del trono y comenzar a orar con confianza, hemos de aprender a decir la verdad cuando oramos. Para hacerlo, tenemos que pasar tiempo auto examinándonos y confesando nuestros pecados. Es preciso que le digamos a Dios lo que sentimos realmente acerca de Él, de nosotros mismos, de nuestros problemas con la gente, de nuestras frustraciones, deseos, recuerdos dolorosos y que nos ayude a superar nuestra rebeldía y necedad.
Cuando deseamos saber la verdad acerca de nosotros mismos, el Señor que conoce nuestros corazones nos ayudará a ver lo que sucede en nuestro interior. El salmista escribió: “Oh, Jehová, tú me has examinado y conocido” (Salmo 139:1). David le dijo a Salomón: “…porque Jehová escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos…” (1 Crónicas 28:9). La oración de autoexamen, cuando se combina con las Escrituras, nos permite ver lo que realmente sucede en nuestro interior. La Biblia nos muestra nuestros más profundos sentimientos y verdaderas motivaciones. Nos lleva por rincones y recovecos en donde ocultamos viejos rencores, odios secretos y amargos resentimientos.
Por medio de la oración honesta, podemos sacar estas cosas a la superficie, verlas como son realmente, y pedir a Dios ayuda para lidiar con ellas. De una cosa podemos estar seguros: si pedimos a Dios que nos muestre nuestro corazón, lo hará. Podría traernos a la memoria una vieja herida para que lidiemos con ella y la olvidemos. – Podría recordarnos una promesa que no hemos cumplido o una deuda que no hemos pagado. – Podría permitir que sintiésemos el dolor que causamos a otra persona, – Podría dirigirnos a aclarar algún malentendido o a perdonar a alguien.
Tenemos que darnos cuenta de que Dios conoce todos nuestros “caminos de perversidad. La palabra de Dios en el evangelio según San Marcos dice: “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre”. ¿No le importa a usted que su corazón sea así?
Dios conoce como está nuestro corazón, además El es el único que puede hacernos consciente de la verdadera condición de nuestro corazón. Hemos de apropiarnos de las palabras del salmista y expresar nuestro más ardiente deseo a Dios y decirle: “Crea en mi oh Dios un limpio corazón y renuévame cada día”
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
1 Juan 1:8-9

 
Pastor: Alejandro H. Cabrera C.

Deja un comentario