Benito Limardo ahora despacha desde la celestial ciudad

Por Cristián Barra Ibáñez

 

 

La “histórica ciudad” llora la partida de uno de sus hijos que, desde sus recordados despachos radiales para el “Diario de Cooperativa” entre los años 80 y 90, la hizo reconocida a nivel nacional con su célebre frase.
Y es que ha partido uno de los últimos gigantes del periodismo regional de la vieja guardia, esa hecha a pulso en medio de la vorágine del reporteo en la calle, que impulsó la radiotelefonía en segunda generación, que fue fundadora de medios y en donde el romanticismo, la amistad y el idealismo de la bohemia se entremezclaba con el rigor y dureza de “hacer radio” en esa pretérita época.
Benito Limardo vivió a su manera, amigo de sus amigos, gozador de la vida, de quien no se puede decir que vivió triste o amargado. Así con sus errores y virtudes el viejo “Beño” o el “Viejo ladrón de conejos” como gustaba saludar a sus compinches, además de un cariñoso apretón de manos y un “cómo está camarada”, jugó un rol fundamental desde su trinchera de comunicador social y periodista comprometido con su gente y su pueblo.
Durante la época oscura de la dictadura militar, supo ser la luz para los atormentados que necesitaban decir su verdad. Fue la voz de quienes no la tenían, supo ser refugio para los perseguidos, pudo ser el amigo, compañero, correligionario y camarada para quienes angustiosos le pedían denunciar a través de la radio lo que ocurría en nuestra querida “ciudad histórica”.
En los años 80, seguro que no hubo auditor de Cooperativa dentro de Chile que no supiera de él. A través de su relato sereno pero consciente, objetivo pero denunciante; fue la voz noticiosa en la región de la primera gran movilización de los trabajadores del cobre en contra del régimen militar; y dio espacio a los dirigentes estudiantiles, a los sindicalistas, a los profesores, a los artistas, al hombre común y oscuro, a los olvidados, para que pudieran expresarse y sentir la solidaridad al menos a través de la onda de una radio, y que le costó por cierto más de una visita en calidad de detenido a la “casa de la risa”, como él contaba, el antiguo cuartel de la Policía de Investigaciones que se ubicaba en calle Ibieta.
En nuestra ciudad, fue en Radio Rancagua donde Benito Limardo ejerció además como Jefe de Prensa y donde hizo escuela enseñando a otros, donde para él mucho más valía estar y aprender donde “las papas queman” que un título o un cartón. “Cabros – aconsejaba – si no tienen vocación y talento, están sonados”. Benito siempre nos acogió con cariño y desprendimiento; como el maestro que guiaba con firmeza pero consideración a sus “cuartos, medios o pollos enteros” como el nos decía y que habían decido abrazar la carrera del periodismo radial autodidacta, pero que él moldeaba y entregaba las armas suficientes para ejercerla.
Benito Limardo guardaba además, quizá las más sabrosas anécdotas de la radio y que compartía con todos nosotros en hilarantes jornadas post trabajo. Junto a su gigantesca radio Panasonic que no soltaba ni llorando, porque según él grababa las cuñas mejor que ningún otro “tarro” que le pudieran pasar, o cuando llegaba a Radio Rancagua en su “pájaro azul” – un Fiat del año de la pera – pero que él gozaba porque después de mucho tiempo había podido tener de nuevo un tocomocho.
Benito fue siempre un hombre sencillo y generoso, siempre con el consejo oportuno a quien se lo pedía. Gozador de la vida, gozador de sus amigos. Ahora lo más probable estará pensando en cómo armarle un programa al patrón de arriba – lo más seguro – porque desde hoy Benito Limardo Casanova comienza a despachar “desde el cielo, la celestial ciudad”.

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