La Vida Simplemente, otra vez

De las tres novelas inéditas que dejara Oscar Castro Zúñiga: “Llampo de Sangre”, “La Vida Simplemente” y “Lina y su Sombra”, la más conocida, es la obra autobiográfica (niñez y adolescencia del autor) “La Vida Simplemente”. (Editorial Nascimento, Stgo, 1951) Críticos como Alone (Hernán Díaz Arrieta) no dudan en señalar los defectos de esta novela, cuyo mérito se sostiene en la veracidad de lo narrado y no en la crudeza de los episodios pese a la actividad emocionada y vital que presta un ropaje estético a las, a menudo, escabrosas peripecias que se nos presentan como una secuencia de lo cotidiano. Simplemente –Roberto, el protagonista- nos sitúa en esa ya remota y provinciana ciudad de Rancagua, recordándonos en la primera página, que ésta es una ciudad minera. El chiquillo vive con su madre y sus hermanas (hay un hermano y un padre cuyas ausencias se nos revelan) en uno de los arrabales de la época, en un ambiente de miseria moral y material. Conventillos, prostíbulos como “la casa del farol azul”, gente que hace de la ebriedad, el chisme, la deshonestidad, una rutina. Los amigos de infancia de Roberto son la chiquillería díscola y libre de normas, propia de esos ámbitos. Los “pelusitas” o “palomillas” de ese tiempo, que con suerte jugaban a las bolitas o al volantín. La vida, se les iba, simplemente, en camorras callejeras, en cumplir “mandados” y en vagar constantemente por el barrio, apedreando perros o dándose de cachetadas. En síntesis, lo de siempre, lo que otras plumas, más o menos avezadas nos han dejado con ligeras variantes. Solo que Roberto, llevaba escondida una musa en su alma y eso lo hacía y lo hizo diferente a las adorables bestias de su pandilla. La musa le hacía intuir que para cobrar dimensiones, para convertirse en árbol frondoso y fecundo era indispensable y primordial, saber leer y escribir. Por eso, en los capítulos de La Vida simplemente que narran, las pellejerías que han reiterado los chiquillos pobres y no tan pobres que siempre ha habido, no son esos que guardan fiel semejanza con los descritos por un Charles Dickens o un Mark Twain. Consideramos que en la infancia de Roberto (es decir Oscar Castro) hay dos episodios relevantes. El primero es aquel en que aprende a leer. Su maestra es una “mujer del ambiente”. Y luego, aquel otro en que el futuro poeta se asoma por la puerta de la Biblioteca Pública. Bellísimo ese diálogo en que ese señor tan amable le pregunta: ¿Sabes leer? Y luego, cómo consigue que le presten el primer libro. Es la musa que se abre paso. No sin dificultades. Por testimonio de quienes lo conocieron personalmente sabemos que Oscar estuvo escasos tres meses en la Escuela Nº 3. (donde funciona el Liceo Tello) La tos convulsiva interrumpió este intento de escolaridad. Después, un efímero paso por las aulas maristas que el poeta nos cuenta más con dolor que con rabia. Oscar, que conservó de esa zarandeada niñez su tendencia a la bohemia, que desempeñó una serie de heterogéneos oficios: empleado de banco, periodista, bibliotecario, librero, profesor de castellano, etc., podría decir con Mario Vargas Llosa: “Lo mejor que me ha ocurrido en la vida, fue aprender a leer”. Y en efecto. ¿Quién se acordaría hoy de este rancagüino si no se hubiera atrevido a juntar las letras y a meterse, mientras vagaba como los demás pelusas de su edad, por la puerta de esa Biblioteca Pública? ¡Quién sabe cuántos talentos tan notables o mejores que el de Oscar se han perdido o se siguen perdiendo por falta de una educación oportuna y de calidad! En este aspecto hay quienes quieren y no pueden y demasiados que pueden y no quieren.

 

Cada 25 de marzo, solemos acordarnos del natalicio de Oscar Castro. Con José Victorino Lastarria, constituyen nuestras glorias literarias más notables. Puede que el lector se quede esperando que continuemos comentando el contenido o argumento de La Vida Simplemente. Intencionalmente me aventuré en ese boceto, pues será bueno saber, divulgarlo y alegrarnos: en la Biblioteca Pública Digital de la Dibam, (Dirección de Bibliotecas y Museos) “entre los diez ejemplares más pedidos hasta el momento (28 de febrero 2016) el primer lugar lo tiene “La Vida Simplemente”. Apuntamos también el dato siguiente: hasta diciembre de 2015 los inscritos en la Biblioteca Pública de la Dibam eran 10.368. En febrero del 2016 esa cifra se elevó a 22.663. Ud. me dirá que es como para alegrarse. Al principio, pensé eso mismo. Pero… ¡siempre hay un pero! Después de este primer lugar, lo más solicitado son seis ediciones del comic Condorito y después: libros de cocina. Muy a la zaga, una antología de poesía chilena. Surge la gran inquietud frente a esta predilección por Condorito. ¿Ha bajado tanto el nivel de calidad lectora del chileno que se estanca en los cómics? ¿Sufre el lector chileno del síndrome de Peter Pan, es decir, se niega a crecer?
El día anterior a la aparición de esta noticia acerca de la preferencia que tiene Oscar Casto entre los lectores de una Biblioteca digital, Pedro Gandolfo aseguraba que “la mayor enfermedad de Chile es su creciente ignorancia”. Como para alegrarnos es saber que Oscar Castro encabeza las preferencias de un sector de lectores. No obstante, no hay que olvidarse de lo que anotábamos al comienzo. “La Vida Simplemente”, no es la mejor novela de nuestro escritor (sino Llampo de Sangre) y el género novela no es lo mejor de Oscar Castro. Los méritos literarios del autor de La Vida Simplemente están en la poesía (Camino en el Alba, Rocío en el Trébol, Las Alas del Félix) y en sus cuentos. (Huellas en la Tierra, La Sombre de las Cumbres) Quizás, sea “la creciente ignorancia” de los chilenos la que se aferra a una literatura escabrosa. En el prólogo a la Nueva Antología Poética de Oscar Castro, (Ed. del Pacífico, 1972) el escritor y profesor Agustín Zumaeta, acusa que “hay en la obra de Oscar Castro una implacable crudeza” y renglones más adelante confiesa que el poeta “no era un moralista, menos uno de esos individuos asustados que le tienen miedo a la vida… y cada vez que necesitó echar mano a la crudeza no le tuvo miedo”. Es esta crudeza la que irritó a Alone cuando dijo que el realismo sin ambages de esa novela solo se salvaba por la sinceridad de su condición autobiográfica. Es la cuota de morbosidad la que incita a la lectura al chileno. El Niño que enloqueció de amor, (de Eduardo Barrios) fue un “clásico” hasta los ’80. Gran señor y rajadiablos (del mismo autor) todavía se re-lee con fruición. La misma razón hizo de “Palomita Blanca”, de Enrique Lafourcade, un éxito de librería increíble. Eso, más la cuota de política. Los espíritus más románticos todavía leen Martín Rivas, de Alberto Blest Gana (no siendo ésta su mejor novela) y esas que arrancaban lágrimas a las liceanas: María, de Jorge Isaac y Golondrina de Invierno, de Víctor Domingo Silva. Poesía nadie lee. Ni siquiera poesía épica, como La Araucana, que es ulpo espeso para cualquiera que no está familiarizado con la literatura clásica española. En cambio, en la Penitenciaría, Stgo., los reos piden libros de Neruda o Gabriela Mistral cuyos poemas inspiran sus cartas amorosas y hasta los plagian. (Lectura tras las rejas. El Mercurio, 12 – octubre de 2014) Otro tanto, parcelando el tema, ocurre acá en Rancagua. Queda flotando en el aire la sensación de que Oscar Castro escribió un solo poema: “Oración para que no me olvides”. De yapa, solo hay espacio para una de sus novelas. Después de todo, gran mérito de Oscar, que pudo ser un resentido social, es el de convertirse en uno de los grandes de la poesía chilena sin dejar la región. Que todos los que medran peregrinan a la capital para quedarse en ella. Dios está en todas partes, pero vive en Santiago, se suele decir. Y lo peor. ¡Es cierto! Oscar Castro, fue un lector compulsivo. Imposible negar la influencia que ejercieron en su arte, el gran barroco cordobés D. Luis de Góngora y Argote (1561-1627) y el granadino Federico García Lorca. (1898-1936) Del primero aprendió el arte difícil y conciso del soneto. Del segundo, la musicalización, el ritmo, que requiere el romance. Todo en forma autodidacta. ¿Léxico? Asaz, rico. Así y todo pienso que en Rancagua pasa con Oscar Castro lo mismo que sucede a nivel general con D. Quijote y con la Biblia. Todos hablan “de oídas” del Quijote. Todos citan “al voleo” la Biblia. ¿Leyeron? En absoluto. Al momento de las confidencias sinceras, puesto que en la Biblioteca Pública Digital de Dibam, Oscar Castro es favorito, ¿cuántos rancagüinos han leído siquiera La vida simplemente? Febrero se llevó al gran filósofo y novelista italiano Umberto Eco (1932-2016) que dijo dos grandes verdades, entre otras muchas:
“El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee”.
“Los libros se respetan usándolos, no dejándolos en paz”.
Por la pereza para leer estamos enfermos de una contagiosa ignorancia. Es la hora de tomar la medicina. Empecemos por leer lo nuestro: Oscar Castro… Así sea La Vida Simplemente. ¡Por algo se empieza!

 
Mario Noceti Zerega

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