En todas partes se cuecen habas…

También en otras ciudades hay quienes   no saben comportarse en un concierto…

 

 

Después de leer un humilde y arrinconado artículo en “El Mercurio” del sábado 27 de febrero próximo pasado, (Sección “Vida Actual”, Pág. 11) me vino a la memoria esa época en que los días domingos, la Orquesta Sinfónica de Chile ofrecía los conciertos de repetición en el Teatro Astor. Como no podía asistir al concierto del día viernes, esa función del día domingo a las 11 hrs., (a.m.) era la oportunidad perfecta. Salvo escasas ocasiones. Solía comprar una localidad en la Platea Alta. De esas mis peregrinaciones de melómano, recuerdo dos incidentes desagradables. Un domingo llegó al Teatro Astor, un curso completo de la Escuela Militar. Uniformados. Se portaron tan mal, que al intermedio, vino el Administrador del Teatro y les pidió que abandonaran la sala. Era evidente que a ninguno de esos cadetes les apasionaba la música clásica, de modo que sin protestar –tal vez muy felices- se retiraron y nos dejaron en paz. Parece increíble, pero de los indisciplinados soldaditos, solo me separaba el pasillo. Los tenía a escasos dos metros de mi butaca. Otro domingo, llegó una buena mamá con su hijo. El crío tendría unos catorce años. En lo más importante de la “Ifigenia in aulis”, de Gluck, la señora, como si estuviera en un parque, sacó, ruidosamente de su cartera un bolso de chocolate y empezaron a desenvolver los bombones y a comer como si el ámbito fuera de ellos dos solos. Esta vez, un señor con más agallas que el resto, se acercó y exigió respeto y silencio. No han cambiado las cosas porque como ya las normas de urbanidad no se consideran y el Manual de Carreño yace bajo un kilo de polvo, cada cual hace lo que le viene en gana sin preocuparse de aquello que dice: Todo tiene su tiempo y su lugar. El día antes de leer el artículo de “Vida Actual”, asistí al Concierto de fagot y piano que ofrecieron en el Teatro Regional los hermanos Diego y Alonso Llanos. Una velada muy grata si exceptuamos que, para no perder la condición de chilenos, hubo personas que llegaron después de las 20 hrs., en circunstancias que el concierto estaba fijado para las 19,30 hrs., y entraron sin inhibirse, ajenos a que su atraso y abrupta búsqueda de butacas en primera fila, distraían a los artistas y molestaba a los que escuchaban. No es eso todo. Hay personas que tienen el prurito por el aplauso. Aplauden todo, en cualquier momento y lo peor… ¡largos aplausos! Así, interrumpieron torpemente al menos dos veces a los intérpretes.
Los aplausos deben ser breves cuando el concierto se inicia. (Ingreso del Director o de los solistas) Es un saludo. Cuando la ejecución lo amerita –eso implica conocer las obras y apreciar la ejecución virtuosa- entonces se prolonga el aplauso. Como cada vez se sabe menos de música culta, he visto que con suma facilidad y desmedida generosidad, se tributa la ovación de pie. La “standing ovation”, como dicen los gringos, es para una interpretación fuera de lo común. Y eso no se da todos los días. Para seguir con el tema de los aplausos, el público de nuestra ciudad piensa, lisa y llanamente, que cuando el artista o el director abandona el escenario, está todo terminado. Entonces, se para y se va. Nuestra cultura todavía no capta que cuando el artista, los artistas en el caso de los hermanos Llanos –que hicieron una excelente presentación- abandonan el escenario después del último número, no es porque quieran irse, sino porque el público, con sus aplausos los obliga a volver al escenario. (Hacer cortinas, se llamaba antes a este protocolo) Si el concierto, la ópera o el ballet han sido exitosos, “las cortinas” se tornan interminables. Es parte del espectáculo.
En el concierto del viernes 26 y en otros más –desgraciadamente- no falta entre el honorable público el dúo, trío o cuarteto de catarrientos que tosen a destajo sin siquiera taparse la boca, como si estuvieran en un pabellón de tuberculosos. Le confieso que escribo con rabia, porque en las partes más maravillosas de la Pasión según San Juan (Teatro Regional, 2013) en primera fila tosía un señor como compitiendo con la orquesta, coro y solistas. Hay más todavía. Yo aplaudo, incluso a aquellos que son autoridad pública, que no asistan a conciertos, óperas, ballet, etc., porque no les gusta. Más feo, de pésimo gusto, es cuando se retiran a mitad del espectáculo. Grande fue mi sorpresa en la gala de El barbero de Sevilla, (marzo del 2015) cuando al finalizar el primer acto, hubo filas completas de butacas que quedaron vacías. ¡Sus ocupantes se marcharon! Sin embargo –antes del inicio hubo ciertas pugnas por las preferencias en la ubicación. El espectador debe informarse y no deslumbrarse por el título de la obra o la propaganda. Ya mencioné una vez la zalagarda que se armó en el desaparecido Cine Rex cuando se exhibió la versión cinematográfica de La Flauta Mágica, de Mozart. Un enjambre de chiquillos corría por todos lados, entraban y salían, aburridos, con unas mamás o abuelas tan aburridas como los críos. La ópera de Mozart no era –evidentemente- lo que ellos esperaban. La cinta era magnifica. ¡Para un amante de la lírica y de la música clásica!
Como decía al comienzo, en todas partes se cuecen habas. Así es. Porque el arrinconado artículo de la Vida Actual, que mencioné, informa que en ese elegante y exclusivo Teatro del Lago, (no tengo la suerte de conocerlo) en la bella y sureña Frutillar, se ha visto en la necesidad de imprimir un volante “con una suerte de instructivos”, “para muchos que van por primera vez a un teatro… y a muchos otros, que aunque hayan ido muchas veces no saben cómo comportarse”. El volante del Teatro del Lago, diplomáticamente pregunta si ¿Ud., sabía que…?
El número uno, advierte que tomar fotografías del espectáculo durante su desarrollo puede causar accidentes. (En nuestro T. Regional se pide no sacar fotografías con flash, pero, no se oye, Padre)
En segundo lugar se advierte: “Es mejor comer antes o después del espectáculo. No durante”. Este aviso también se trasmite, oralmente, para los que llegaron a tiempo en nuestro teatro. Desdichadamente hay gente que cree no incurrir en falta si mascan chicles, rumiando como ovejas.
En el tercer aviso, se recuerda que dejar objetos sobre las barandas puede causar accidentes. Puro sentido común, el menos común de los sentidos.
El punto cuarto se refiere a la conducta del público durante el espectáculo: “la calidad del espectáculo también implica un buen comportamiento”. Aquí caben mis quejas contra los que vienen al teatro y sufren de tos convulsiva, influenza o neumonía y no pueden dejar de toser. Contra quienes son almas gemelas de su teléfono portátil, tableta o similares y se concentran no en el escenario sino en su pantalla. Es preciso saber que sí, imperiosamente, se necesita salir, no se haga en momentos álgidos o cumbres (en medio de un aria, por ejemplo) y se espere el momento oportuno. En el Teatro del Lago, según la monición número cinco, hay una guardería para niños desde los dos años. Me parece que nosotros no contamos con eso. Por tanto, sería mejor que los padres, inteligentemente, decidan no llevar los angelitos a un espectáculo que no soportarán. En nuestro T. Regional, los pequeños torturados se entretienen jugando con las butacas vacías, aportando una percusión no deseada ni acorde con la obra. Peor. Hay niños que rezan una vieja letanía: ¡Mamá, vámonos!
En el número seis del instructivo, se pide ¡Oh qué crueldad! llegar puntualmente pues “favorece una experiencia emocional positiva”. Por último, se pide cuidar este recinto cultural. Algo que también es de Perogrullo. Cuando no teníamos teatro, el oleaje de las quejas era permanente. Allá, en Frutillar y acá. Ahora hay teatros. Funcionan. Los teatros aportan cultura. Ofrecen espectáculos culturales. ¿Qué falta? Algo muy importante: Que el público sea permanentemente culto. Es cierto que echando a perder se aprende y que, en todas partes se cuecen habas. Hasta en el elegante Teatro del Lago, de Frutillar. Y si en nuestra ciudad, se cuecen habas, por favor, que no sea ¡a canastadas!

 
Mario Noceti Zerega

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