Museo Regional reabre su instalación de cocina tradicional

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  • La propuesta debió cerrar tras el 27/F y está inspirada en el periodo de fines del siglo XIX y principios del XX. Hoy incluye una pantalla táctil, donde grandes y chicos pueden aprender sobre los elementos propios de esos años.

Marcela Catalán

 

Como bien se sabe, el terremoto del 27 de febrero de 2010 no sólo dejó a diversas familias damnificadas. También causó daños patrimoniales de diferente consideración, los que igualmente afectaron las exhibiciones permanentes del Museo Regional. En ese contexto es que resultaron perjudicados algunos salones del recinto, debiendo cerrar las instalaciones que estaban alojadas en dichas habitaciones.  La de cocina tradicional fue una de las que no recibió público desde esa fecha, eso hasta el segundo semestre de 2016, con dos aperturas excepcionales para jornadas puntuales. Sin embargo, el panorama cambió hace casi dos semanas, pues la museografía volvió a aceptar visitantes.

Así lo explica Karla Rabi, funcionaria del lugar, quien detalla que la propuesta está inspirada en el sitio de preparación de comidas de los grupos de clase alta, de fines de 1800 y principios del 1900.

“La cocina era un espacio de encuentro de mujeres y de niños, donde por supuesto se veía todo lo relacionado con los alimentos y también se realizaban otras actividades en torno al bracero o al planchado de la ropa. Para todo eso se ocupaba la misma mesa. Acá no sólo se convive con tareas propias del hogar, sino que además es un punto de reunión y de comunicación entre mujeres y niños”, comenta.

En cuanto a los objetos específicos que pueden observarse allí, hay una máquina para hacer helado. Según sostiene, dentro de éstas había un recipiente en el que se colocaba fruta o canela. “Alrededor, entre el metal y la madera, se echaba el hielo que era traído de la Cordillera”, mezclado con sal para que resistiera. “Al batirlo, la canela o la fruta se solidificaba. A los niños les llama mucho la atención, porque usualmente creen que por esos años no se tomaba helado, debido a la no existencia de la electricidad”, relata.

En la sala también cuelga una caja de manera con una especie de malla de alambre. Es una fresquera original, la que en particular podía conservar las carnes o los quesos. En palabras de Rabi, ésta era instalada en las afueras, para que los alimentos guardados allí pudieran mantenerse en buen estado. En un rincón hay un filtro del agua, líquido que en ese tiempo era sacado de las norias y ríos. El objeto es “de una piedra muy porosa”, la cual “permite que sólo pase el agua y caiga al artículo puesto abajo, dejando toda la suciedad dentro del filtro”, añade. Entre otras piezas, un utensilio de fierro fundido, el molinillo, se usaba para moler distintos comestibles como el maíz o el trigo. En algunos, incluso era posible triturar la carne.

La ambientación igualmente cuenta con una pantalla táctil, adquirida mediante un proyecto de la Universidad Central. El dispositivo posee tres categorías. En la primera se puede indagar en la historia de la cocina y del helado, en la siguiente se busca enseñar la receta de éste, de los huevos al revés -un conocido postre de la época- y del pan, mientras que en la tercera se instruye sobre el fin de los diferentes elementos del espacio.

De acuerdo con la funcionaria “la mayoría de estos objetos son de origen español, pero se relacionan muy bien con el mestizaje. La moledora se fue adaptando a los alimentos que se encontraban acá. Fueron hechos con conocimientos europeos, aunque se adaptaron a la cocina de América”, asegura. En relación  las ollas, agrega que gran parte de éstas eran de cobre. “Los platos y la lechera son de fierro enlozado, algo un poco posterior. Por ende, estamos mostrando la transición hacia el siglo XX, porque antes se ocupaba mucho el cobre martillado, que se moldeaba caliente. Entrado el siglo XX, se hizo mucho más popular y menos caro el fierro enlozado”, apunta.

Quienes quieran visitar esta ambientación u otras salas del recinto, pueden hacerlo de martes a jueves, de 10 a 18 horas, los viernes, de 10 a 17 horas, mientras que los sábados y domingos atienden de 9 a 13 horas. La entrada es liberada.

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