Un poema chileno a la Pasión de Cristo

 

Estudios realizados por críticos literarios y estudiosos de la literatura chilena, concuerdan en que nuestros poetas, los buenos poetas, eluden el tópico religioso. Gabriela Mistral es, sin duda, la que más aporta en este sentido. Su poesía contempla alusiones bíblicas que dan cuenta del conocimiento que tenía de las Escrituras. Podemos considerar poemas religiosos su “Al Pueblo Hebreo” o su “Nocturno” que empieza parafraseando la oración dominical: “Padre Nuestro que estás en los cielos, ¡por qué te has olvidado de mí!” Antes que Gabriela, Pedro Prado (1886-1962) el autor de “Alsino”, nos deja un largo poema titulado “Lázaro”. Más que una alabanza al portentoso milagro de Jesús es un diálogo entre el alma del hablante lírico y Lázaro, que versa sobre la muerte. En otra veta surge la poesía religiosa del gran Daniel de la Vega. (1892-1971) En “Ofrenda a Jesús”, se aproxima mucho a la consagración de los místicos. Adivinamos aquí que el poeta encomienda su hija a la protección del Maestro que dijo: “Dejad que los niños vengan a Mí”. Están, lógicamente, poetas de antología, normalmente clérigos que vale la pena recordar: Luis Felipe Contardo, Pbro. (1880-1921) un maestro en el arte del soneto (al itálico modo) no obstante, sus sonetos están lejos de ese misticismo que ha logrado una comunión íntima con la divinidad. Todavía es poesía descriptiva y cuando más, reflexiva. En similares condiciones florece la poesía del gran orador Mons. Eduardo Lecourt y lo poco que conocemos de Ignacio Valente. (Miguel Ibáñez Langlois) Pero si la poesía culta chilena no toca ni las faldas del Sinaí ni sube al Tabor y menos es arrebatada al tercer cielo como San Pablo, la poesía popular religiosa es abundante, pedagógicamente, fácil de memorizar y no se enreda en problemas teológicos, por lo mismo está desprovista hasta de la sombra de la heterodoxia. Donde mejor se aprecia esta forma de hacer poesía es en los llamados “Gozos”. Eran parte central de los novenarios dedicados a Cristo, la Virgen y los Santos. Se iniciaban con un invitatorio o introducción que resulta difícil de clasificar métricamente hablando, pues constaba (o consta) de dos estrofas que no podemos llamar “pareado”, pues, en rigor, la rima es consonante y ambos versos son de la misma medida. En cambio, el estribillo, estrofa que repite el pueblo, canta o reza, puede clasificarse como dístico porque siendo de dos versos contiene un pensamiento completo. Las estrofas de los “gozos” suelen ser de seis a ocho versos que riman entre sí con rima consonante, quedando libre el último para que rime con el estribillo. El “Devocionario Parroquial”, impreso en 1934, presentado por el Censor D. Roberto Moreira M., y aprobado por el Obispo de Rancagua, Mons. Rafael Lira Infante, trae nueve de estos Gozos. Sabemos que muchas veces eran compuestas por algún párroco aficionado a la poesía, otras por algún piadoso laico. Totalmente dejados de lado, rara vez llegamos a una parroquia o santuario –casi siempre de zonas rurales- donde todavía la gente reza a Dios y a sus santos con estos versos que alguien dio en llamar “gozos” tal vez porque entre tantas y largas oraciones, aportaban un recreo al alma y animaba la participación de la asamblea.
De tanto escucharlos, aprendí de memoria, cuando era un estudiante de doce años, unos “gozos” que se rezaban en los templos mercedarios los días viernes. No los olvidé más. Tuve la oportunidad, no hace mucho, de cotejar los versos que recordaba con los que aparecían en el devocionario mercedario y, para mi sorpresa, solo me había olvidado de una estrofa. El autor de estos versos es un sacerdote de la Merced. Vivió a comienzos del siglo XX. El P. Miguel L. Ríos, los incluyó en ese manual de oraciones de uso general en todos los colegios y conventos de la Orden. El P. José León Pérez C., que ocupó altos cargos en Roma y en Chile, gran latinista, publicó un estudio sobre el autor y sus versos en una publicación interna ya desaparecida. Literariamente, como todos estos poemas, los versos que nos preocupan son de escaso valor. El mayor mérito en la forma está en el respeto a los versos octosílabos que forman una estrofa de seis, a la que necesariamente hemos de sumar dos versos que se repiten en cada estancia para dar paso al estribillo. En el fondo, el mérito está en el espíritu de síntesis del poeta, que en seis estrofas resumió la Pasión del Señor. El invitatorio es una indicación, un imperativo:
“A este Corazón llagado
le dirás con gran dolor:
¡Ay Corazón de mi amado
cuánto te cuesta mi amor!
¿Pietismo? ¿Cursilería? ¿Sentimentalismo? ¡No! El hablante lírico muestra el corazón traspasado de Cristo, invita a orar con verdadero arrepentimiento: “con gran dolor” y ayuda a valorar el sacrificio de Cristo. El creyente dirá ¡Ay! Una exclamación repetida hasta la saciedad en nuestra poesía culta y folclórica. Pocas interjecciones, de las tantas que ofrece nuestro idioma, están más reiteradas que esta: ¡Ay! Lo que sigue es síntesis de la fe: “Corazón de mi amado”. Se ama con el corazón y con el corazón se sufre. Está aquí implícita la queja del apóstol Pedro: “Señor, Tú sabes que te amo. Tú lo sabes todo, Tú bien sabes que te amo”. El estribillo se aleja de esta consideración. Pone ahora la Pasión de Jesús como una prenda o garantía que dé a quienes se conduelen de los sufrimientos del Señor, la gracia de una buena muerte.
“Oh Divino Corazón,
danos una buena muerte,
por tu sagrada Pasión”.
Si la Pasión de Cristo es fuente de gracias y consumación de la obra redentora, ¿por qué no atreverse como Dimas y pedir que el Maestro nos acepte en su Reino? Detrás de este estribillo está latente esa estrofa del Dies irae –otro bello poema litúrgico olvidado- donde el alma recuerda a Cristo cuánto le costó redimirla y “tantus labor non sit cassus” que no se pierda, que no sea inútil tanto trabajo.
La primera estrofa alude a la agonía de Jesús en el Huerto de Getsemaní y a su prisión por los judíos:
Sangre Jesús ha sudado allí le verás pisado
afligido en la oración con ira, rabia y furor
y después en la prisión ¡Ay, Corazón de mi amado
por tierra le han arrastrado, cuanto te cuesta mi amor!
Para el hablante lírico es importante el dato que nos da el evangelista Lucas cuando nos narra que en su aflicción, Jesús sumido en agonía sudó como gotas espesa de sangre que caían en tierra. (Lucas 22, 44) En la prisión, en casa de Caifás, Jesús recibe todo tipo de injurias, como narran Mateo, Marcos y Lucas. Nuestro poeta describe estos agravios con tres léxicos que pueden parecernos sinónimos: ira, rabia, furor. Indica así una conducta ascendente y lo que podríamos tomar como un pleonasmo no es sino una asíndeton, una disposición de las ideas en forma ascendente.
La flagelación es la segunda estrofa:
“A la columna está atado el suelo mira regado
y con garfios y cordeles con la sangre del Señor.
dándole azotes crueles ¡Ay Corazón de mi amado,
la carne le han arrancado cuánto te cuesta mi amor!”
Fue común en nuestros templos la imagen de Cristo atado a la Columna de la flagelación. El poeta da detalles horrendos: “con garfios y cordeles” le azotan. Clara alusión a los distintos tipos de azotes que usaban los romanos: cuerdas anudadas, cuerdas con bolitas de hierro, cueros con agujeros que actuaban como ventosas y sacaban la carne a pedazos. (Los judíos azotaban con varillas) La consecuencia es lógica: el empedrado, ha quedado rojo de sangre.
No menos expresiva es la tercera estrofa que nos muestra al “Ecce Homo”: He aquí al Hombre, presentado por Pilatos a la muchedumbre y la pregunta casi irónica: “¿A vuestro rey he de crucificar?”:
“Míralo todo llagado míralo abofeteado
en lo alto de un balcón por amor al pecador.
con vestido de irrisión ¡Ay corazón de mi amado,
y de espinas coronado cuánto te cuesta mi amor!”
La estrofa siguiente resume el Camino de la Cruz. El poeta nos muestra a Jesús que va descalzo. Queremos pensar que llevaba puestas sus sandalias. Debieron estar en los cuatro lotes que se repartieron entre si los soldados (más el sorteo de la túnica) como nos narra Juan en el cap. 19. No nos hablan los evangelios de las caídas de Jesús. La tradición las fija en tres. Y de seguro que cayó. El travesaño de la cruz debió chocar contra los estrechos muros de la vía dolorosa y Jesús debilitado por los azotes no era capaz de avanzar. Debió caer, por eso obligaron a Simón de Cirene para que ayudara. No iría apresurado. Pero le apresuraban.
“Descalzo y apresurado De puntillones le han dado
va caminando Jesús llenos de infernal furor.
y cayendo con la cruz ¡Ay Corazón de mi amado,
de nuevo se ha lastimado. Cuánto te cuesta mi amor!”
Ignoramos la razón por la cual el hablante lírico usa el término “puntillones”. Puntillas eran antaño los puñales para sacrificar ganado. ¿Alude acaso a que Jesús es el Cordero, el verdadero Cordero Pascual que va al sacrificio?
Muy nuestra es la expresión que inicia la estrofa siguiente: “medio arrastrando”, “A la rastra” y la otra “sin aliento”, acezando. En cuatro escuetos versos cierra, con la misma exigua y parsimoniosa brevedad de los evangelistas todo el sacro drama de la cruz:
“Medio arrastrando ha llegado Todo herido y destrozado
al Calvario sin aliento muere por ti el Redentor.
Y allí desnudo y sangriento ¡Ay Corazón de mi amado
pies y manos le han clavado. Cuánto te cuesta mi amor!”
El poema, que se iniciaba con la instrucción de aquello que el alma debía decir al Corazón de Cristo, concluye con la advertencia de cómo ese corazón, por entre el costado abierto, se muestra atravesado por la lanza de Longinos.
Gran acierto del hablante lírico que no olvida el agua y la sangre que brotaron del Corazón y cómo los Padres de la Iglesia y los Concilios vieron es esta signo el Nacimiento de la Iglesia y de los Sacramentos. San Ignacio de Loyola nos enseñó a decir: “Sangre de Cristo, embriágame. Agua del Costado de Cristo, lávame”. El poeta dice que esa agua y esa sangre nos abrasarán con su ardor. Son fuego. El fuego de Dios, su Espíritu Santo. El mismo que sacó a Cristo del sepulcro y que se esparció sobre los apóstoles en el día de Pentecostés:
“Clavado en la cruz advierte El agua y sangre que vierte
que abierto tiene el costado te abrazarán con su ardor
mostrándote alanceado ¡Ay corazón de mi amado,
el corazón por quererte. cuánto te cuesta mi amor!”
Lejos estamos del lujo y refinado arte de los sonetos religiosos de Lope de Vega, Góngora o de aquel, que por lo hermoso y profundo cualquiera lo quisiera con su firma: “No me mueve, mí Dios para quererte…” Sin embargo, hemos de reconocer que en estos versos hechos a la manera criolla, hay tanta belleza, fuerza, fe y convicción, como en los poemas de aquellos que nos legaron el enjundioso idioma, no siempre bien aprovechado, y la excelencia de la Religión. “Mediante la Buena Noticia, el bien es más grande que todo lo que en el mundo hay de mal”. A esa conclusión nos conduce el Amor que Cristo derrochó en cada paso de su Pasión y Muerte. El poema que hemos traído a colación nos habla de ese Bien capaz de vencer las catástrofes del mal.

 

 
Mario Noceti Zerega

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