Apuntes al margen de un artículo titulado: “Tratando de entender a los yihadistas del Islam”.

Yo esperaba que una pluma más avezada que la mía hiciera alcances al artículo de D. Esteban Montenegro, aparecido en “El Rancagüino” el pasado 23 de marzo. En el primer párrafo, tomando pie en los atentados ocurridos en Bélgica, el autor sostiene que “Occidente aún no entiende el riesgo que presenta la presencia de musulmanes fundamentalistas en nuestra cultura”. En mi humilde opinión y con los textos de historia en la mano, me atrevo a sostener que los musulmanes han sido, desde los comienzos, con la Hégira, 16 de julio del año 622, fundamentalistas; término de nuevo cuño, cuando se quiere hablar del espíritu primitivo de una institución. Cincuenta y un años tenía Mahoma entonces (el 622) y cambió de táctica: “A la finalidad puramente espiritual de conversión de los árabes añadía el recurso bélico”. No se lanzó contra los judíos, como afirma más adelante en su exposición el Sr. Montenegro, sino contra los de su propia raza. “La guerra santa contra los mequeses (habitantes de La Meca) infieles estuvo declarada cuando Mahoma hubo hecho sus primeros prosélitos entre los medineses (de Medina) y obtenido la jefatura de la ciudad”. (Manuel Riu y otros autores. Historia de las Religiones. Cap. XVII, Págs: 475 a la 523) Para el 650, el Imperio Persa de los Sasánida era conquistado por los musulmanes. Llegarían hasta Samarkanda, a las puertas de China. Diez años más tarde (660) Omeya de Muhawiya toma Damasco y el 664 incursiona al Indo. En el 670 los musulmanes árabes invaden el Magreb. Entre el 672 y el 677 fracasan los intentos islámicos por apoderarse de Constantinopla. En el 698, los árabes ocupan la antigua Cartago. En el 704 incursionan por Sicilia. Por demás conocida la batalla de Janda (Guadalete, España) cuando Tarik derrotó al último rey visigodo, D. Rodrigo, y quedó en poder del Islam casi toda la península ibérica. (1711) Providencial, batalla decisiva para el cristianismo, la derrota infligida a los árabes por Carlos Martel en Poitiers. (732) En el 820, ocupan Creta y el 827 invaden la Sicilia bizantina. ¿Para qué seguir? Es fácil conjugar los verbos ocupar, invadir, conquistar. Los detalles de esas ocupaciones, invasiones, conquistas lo sabemos, no son acciones “de amor y de paz” de las que hablan –según el Sr. Montenegro- las suras del Corán. La expulsión de los árabes de España en 1492 y de los moros más tarde bajo Felipe III (1609) fue la solución más sana para que España recobrara su unidad política y religiosa, salvara su identidad y no se convirtiera en un país sin futuro como otros del Levante. (Füller) Otras naciones de Europa tuvieron que hacer frente al poderío musulmán que cobró bríos con los turcos. Recuérdese la derrota de los turcos ante los muros de Viena en 1683 y antes, todo lo que significaron las Cruzadas, en las que, de ocho solo la primera tuvo éxito y no contemos la IV (1202-1204) que no mereció llamarse tal cosa. Es verdad que las cruzadas fueron acciones bélicas cristianas contra los turcos selyúcidas que adoptaron el Islam (1055) y que cerraron el paso a los peregrinos cristianos (1084, Fin del Patriarcado ortodoxo de Antioquía) pero a la vez, hasta bien entrado el siglo XVII y más, fueron el terror del Mediterráneo y no por razones de fe precisamente.

El artículo de marras dice que el Islam “es la última de las religiones abrahámicas”. Estudiosos del tema, convienen en que Mahoma se inspiró en las tradiciones judaicas y cristianas. Había una importante colonia judía en Medina y en La Meca. Los cristianos habían formado comunidades numerosas en la península arábiga. Se habla mucho de los viajes que Mahoma, de joven, realizó a Siria donde trabó amistad con un sacerdote ortodoxo y monjes cristianos, esto como parte de los negocios caravaneros de su tío Abu Talib. En realidad, el contenido del Corán es una amalgama de Dogmas (verdades reveladas por Dios) leyendas, historia y fábulas. Mezcla de supersticiones, preceptos, máximas de economía política y doméstica, descripciones imaginarias del cielo y del infierno. Además de los temas tomados de la Biblia (Antiguo y Nuevo Testamento) y de leyendas árabes, el Corán saca inspiración de otras fuentes:
• De los libros judaicos: textos del judaísmo, (Mischna, El Talmud, etc.) y de las escuelas rabínicas. (Dijimos que los judíos eran numerosos en Arabia.)
• Del Sabeismo: mezcla de maniqueísmo y de supersticiones babilónicas.
• Del Zoroastrismo y Ciencias de la antigua Persia.
• Del Hafinismo: los primeros secuaces de Mahoma pertenecían a la secta de los hafinitas. De aquí, la tradición oral y leyendas. (Cf. Riu, op, cit. Enciclopedia Espasa.)
Por lo expuesto, el Islam es más que nada un verdadero cóctel de religiones que al final decanta en un solo principio de fe: Alá es Dios, Mahoma su Profeta.
Dice el Sr. Montenegro: “Siendo el Corán su texto sagrado el que fue escrito por Mahoma, y quien recibió las revelaciones directas de Alá”. (Segundo párrafo) Sabemos que Mahoma no escribió nada. Por una razón muy simple: no sabía escribir. El primer ejemplar del Corán fue redactado por el Califa Abubéquer (o Abu-Bakr) y otros “compañeros” que recordaban lo que el “Profeta” había dicho y le dieron forma definitiva en un manuscrito el año 651. Mahoma había muerto el 8 de junio del 632. Otros historiadores, el ya citado Manuel Riu entre ellos, atribuyen el texto al secretario medinés de Mahoma, Zaid ibb-Tabit. Simplificando, el Corán consta de cuatro secciones: Lo que se debe creer. Solo hay un Dios: Alá. Entre 124 mil profetas, Mahoma distingue a seis eminencias: Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús y él. Lo que se debe hacer. Prácticas religiosas: la oración, por ejemplo, con las 17 posturas que debe adoptar durante ella el creyente. La peregrinación a La Meca, los ayunos, abluciones, etc. (Cf. Historia de las Ciencias. Nicolay. Tomo I. Libro I. Cap. IV.) Sin duda que lo sobresaliente del Corán es su aspecto de Código de Derecho Civil de los musulmanes. Ni la más oscura de las teocracias cristianas (la de Calvino en Ginebra, por mencionar una) se puede asemejar a la tiranía que el Corán impone al individuo y a la sociedad. Por ende, al Estado. Como queriendo justificar el rigor musulmán, el Sr. Montenegro dice que “El Nuevo Testamento no fue escrito por Jesús”. Cierto. El Nuevo Testamento consta de 27 libros. De ellos, cuatro nos narran la Vida, Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. (Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. De estos solo Mateo y Juan son apóstoles.) A esos cuatro textos históricos hay que sumar otro, el autor es Lucas: los Hechos de los Apóstoles. Trece cartas del apóstol Pablo: (ya nadie atribuye a Pablo la Carta a los Hebreos.) Una carta del apóstol Santiago, dos de San Pedro, tres de San Juan, una de San Judas y el Apocalipsis. Ninguna persona medianamente culta pone en duda la historicidad y autenticidad de estos textos. Jesús no escribió el Nuevo Testamento, pero, a diferencia de Mahoma, sabía leer y escribir: “Vino a Nazaret… entró en la sinagoga el día de sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del Profeta Isaías y desenrollando el volumen halló el pasaje donde estaba escrito… etc.” (Lucas 4, 16 s.) Le llevan a la mujer adúltera el evangelista dice que: “Jesús inclinándose se puso a ESCRIBIR con el dedo en la tierra”. (Juan, 8, 3-6) Otro ejemplo: “le enviaron unos espías” que le preguntaron: “¿Nos es lícito pagar el tributo al César o no? Jesús dice: “Mostradme un denario”. ¿De quién lleva la imagen y la inscripción? Ellos dijeron: “Del César”. La respuesta de Jesús la sabe aún hoy hasta el más ateo. “Dad al César lo que es del César…” (Lucas 20, 20-25) Lo admirable de este pasaje es que la contestación de Jesús no pudo ser pronunciada sino en griego ya que la moneda que le mostraban debió tener la inscripción en griego o en latín y solo así se entiende el juego de palabras. Cristo sabía griego, además de su arameo, de eso no cabe duda, pues de otro modo no se podría entender su diálogo con la mujer sirio-fenicia, (Mateo 15, 22-28; Marcos 7, 26 s.) el diálogo con el centurión de Cafarnaum (Mateo 8, 5-9) y el diálogo con Pilato. (Juan 18, 35-38 y 19, 9-11)
El artículo a que nos referimos dice que “es muy difícil ver a un musulmán criticando el Corán”. Es lógico. Los musulmanes han deificado al Corán. Lo identifican con Dios. Ellos adoran “el Libro”. Los cristianos reconocemos en la Biblia la revelación de Dios al hombre. La Biblia es para nosotros Palabra de Dios. Nos merece el mayor respeto y reverencia. El culto de latría o adoración solo lo damos a Dios.
Discrepo también del Sr. Montenegro cuando sostiene que “nuestra cultura Occidental ha pasado por un sinfín de episodios trágicos y siniestros… y por lo mismo nos hemos nutrido de valores y respeto hacia los demás seres humanos…” No han sido los episodios los que han creado nuestros valores de sociedad humanista y cristiana. Al revés. Son los valores cristianos y esos que heredamos de la cultura greco-romana, los que nos han dado fuerza ante las hecatombes de la Historia. Y, definitivamente “estos mismos valores también los dicta el Corán” me parece un desatino. Por siglos, el Islam ha amparado la poligamia, la piratería y la esclavitud. Ahora, el terrorismo. No es lo que suelo leer en el Evangelio:
• Bienaventurados los misericordiosos”.
• Bienaventurados los limpios de corazón”.
• Bienaventurados los que trabajan por la paz”.
• “…Yo os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan”.
• “Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacedlo también vosotros a ellos, porque esta es la Ley y los Profetas”.

 

Solo he espigado, casi al azar, porque si los valores del Evangelio fueran idénticos a los del Corán, entonces sería verdad ese sofisma tantas veces repetido: Todas las religiones son buenas. O peor: Las religiones son engendros del demonio. Hay un triunfo aparente. ¿Qué es el “Pequeño Rebaño” del Cristianismo frente a la cifra sideral de los seguidores del “Profeta”? Los historiadores dan sus razones: Mahoma, este hombre alucinado, nervioso y apasionado, poseía una energía extraordinaria para sacar adelante su voluntad. Aprovecha las ideas de la religión natural tomadas del judaísmo y del catolicismo. Otorga amplia libertad a las pasiones de los creyentes, pues Dios es “exclusivamente misericordioso con ellos”. De los musulmanes nos separa algo más que la fe. No basta creer en Dios. “También los demonios creen” nos dice el apóstol Santiago. (Stgo. 2, 19) La mentalidad, la cultura, el fanatismo son vallas insalvables. Ellos son más. No obstante, como dice Aristóteles, “la cantidad no es criterio de verdad”.
Mario Noceti Zerega

 

Deja un comentario