Las cosas del fútbol

 
Alexis Apablaza Campos
Periodista y académico UNAB
Ex editor de Deportes de El Rancagüino

 

 

Las cosas del fútbol transformaron la jornada del sábado por completo a Rancagua. Desde temprano las principales arterias de la capital regional estaban colapsadas, y pasado el mediodía tanto el estadio El Teniente como la pantalla gigante de Plaza de Los Héroes se preparaban para una gesta deportiva histórica.

 
Las cosas del fútbol hicieron que más de 13 mil personas –casi en su totalidad vestidas de celeste– ingresaran al recinto casi sin mayores contratiempos, con la suficiente antelación a la hora del partido, y con la ilusión de estar presentes para lo que podía convertirse en la segunda ocasión en que el Capo de Provincia se erigiese hacia los laureles de la gloria.

 
Las cosas del fútbol retrataban por qué O’Higgins es una hinchada distinta en el fútbol chileno. Tanto la galería Angostura como la galería Rengo demostraban un claro ambiente familiar, con muchos niños, hermanos, amigos, padres e incluso abuelos. Un lugar donde se caracterizaba el respeto: hacer espacio para que otros se sienten, cuidar el puesto al vecino que va al baño o comprar sin siquiera conocerlo, o compartir entre todos los clásicos rollos de papel para lanzar cuando el equipo saliese al campo.

 
Las cosas del fútbol permitían que hubiese un cúmulo de emociones al arrancar el pitazo final. Ilusión con las primeras (y tibias) aproximaciones celestes, nerviosismo con cada contra (muy bien urdida) de la Universidad de Concepción, y preocupación por el exceso de pelotazos de los locales: “¡Bajen la pelota!”, “hay que tocarla”, “¡vamos O’Higgins!”.

 
Las cosas del fútbol daban la primera alegría al público cuando en otro estadio Audax Italiano derrotaba a Universidad Católica, el primer susto con el gol de Colo Colo ante Santiago Wanderers, y el primer sufrimiento (ahora sí en el partido que estaban mirando) cuando Renato González enterró la primera estocada directa al centro de los sueños celestes.
Las cosas del fútbol invitaron a que la fe no se perdiera en el entretiempo. Los hinchas del Capo sabían que este equipo lo había malacostumbrado a remontadas no aptas para cardiacos, una de ellas ocurrida solo 10 días antes y vista desde esas mismas gradas. La ilusión estaba puesta en aquel “cafecito cargado” del entretiempo.

 
Las cosas del fútbol llevaron al silencio mortuorio tras el zapatazo de Fernando Manríquez. La segunda estocada tumbó gran parte de los sueños de la copa, solo “los cabros de la barra” se motivaron a gritar con más fuerza y no dejar de alentar. No lo hicieron tras los ocho goles de Universidad de Chile en el Nacional, y menos cesarían ahora.

 
Las cosas del fútbol impulsaron a que se tomara un segundo aire. Tal como ese enfermo terminal que tiene una leve recuperación previa a su muerte. Leal, el capitán postergado que ingresó al segundo tiempo a recuperar la ilusión, logró el descuento, mientras Wanderers igualaba con Colo Colo en Macul. “¡Somos campeones otra vez!”, se alcanzó a escuchar desde la tribuna al mismo tiempo que se buscaba una paridad que jamás llegó, mientras Católica revertía la historia a solo 7 minutos del final.
Las cosas del fútbol produjeron que nadie se moviera del estadio hasta el último segundo, hasta que el forense –vestido completamente de negro acompañado de un silbato de igual color– determinara la hora exacta de la muerte, de la sentencia fatal, de toda ilusión rancagüina. La gloria se había esfumado, yéndose hacia los contrafuertes cordilleranos de la capital, tiñéndose de franjeado. No hubo reproches, no hubo insultos, ni nada similar; sí mucho llanto de esos niños, jóvenes, hermanos, amigos, padres y abuelos. Los más fieles no pusieron un pie fuera de su asiento hasta dejar una gigante ovación a un plantel que solo alcanzó a mirar la copa.
Las cosas del fútbol convirtieron la salida del estadio en la más fácil posible para las fuerzas policiales. Tranquila, silenciosa, lúgubre. El silencio acompañaba a una multitud cabizbaja por avenida Millán. Autos, furgonetas y camiones atiborrados de lágrimas, de sollozos y de frustración. Solo uno de esos vehículos llevaba la radio a todo volumen, escuchándose por el alto parlante las declaraciones de Cristián Arán con la resignación tras la partida de una ilusión querida.

 
Las cosas del fútbol recordaron a la tarde rancagüina que era otoño. Se escondió el sol de la mañana, las nubes acompañaban a una brisa que resonaba en los árboles y en sus hojas caídas, eran el único sonido que se escuchaba en gran parte de la capital regional. La ciudad volvió rápidamente a su calma habitual, con la tristeza y el dolor de que el sábado 30 de abril de 2016 el soñador acarició el sueño, pero no fue capaz de sostenerlo con suficiente fuerza.

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