Arenas del Cachapoal: Grafitis y Grafiteros.

¡No sabe escribir! Cuando se dicen estas palabras refiriéndonos a un prójimo que nunca se benefició con la escuela, tienen el peso de un epitafio. Se ufanan los países de los índices de alfabetización que les favorecen y cuando frente al concepto: analfabetos, aparece un cero, el orgullo se percibe en el aire. Al revés, cuando miramos, sufrimos y soportamos la insolencia, la indolencia, la estulticia y la ignorancia, atrevida y descarada ignorancia, de aquellos que todo lo rayan, denigran y ensucian, suelo exclamar: ¡Qué lástima que hayan aprendido a escribir! ¡Más les valdría que fueran analfabetos.

Rancagua está lejos de ser una ciudad que deslumbre por su hermosura. Hay muchas cosas que la afean. El desorden arquitectónico, por ejemplo. La caótica y endiablada cablería que soportan los postes a lo largo de cuadras y cuadras. La proliferación de un invasivo comercio ambulante que se instala en cualquier parte y vende cualquier cosa. El comercio establecido, salvo excepciones, no exhibe vitrinas que contribuyan a embellecer el ambiente. Prima el prurito de captar clientes, por lo mismo, las vitrinas son un conglomerado de cosas, hacinamientos de mercaderías que se van cubriendo de polvo y que rara vez se renuevan. Somos también una ciudad con contaminación acústica. Música y propaganda a todo volumen. Músicos ambulantes contribuyen con sus amplificaciones. Con un aguante estoico, los rancagüinos se han acostumbrado a la música estridente, a los gritos desaforados, a los bocinazos de los choferes descontrolados que reclaman por calles que hace harto tiempo colapsan por un parque automotriz más que excesivo. Caminar por Rancagua es también un sufrimiento para la vista. Y es que a los grafiteros las murallas limpias les molestan. ¡Guerra a la limpieza! Una muralla recién pintada despierta en ellos instintos vandálicos, con perdón de los vándalos que como no sabían escribir, nunca rayaron nada. Pero estos bárbaros grafiteros rayan. Rayan y ensucian todo: muros, monumentos, pilares, puertas y portones, cortinas metálicas, asientos, señalizaciones, placas conmemorativas, todo cae bajo las manos demenciales e incontrolables de los grafiteros, de esas “tribus urbanas” que compiten para que nada quede sin rayar. Se autodenominan artistas. En verdad, no son sino un verdadero flagelo, la personificación del mal gusto y de la charrería. Citaré otra vez al señor Vasconcelos. Es que el chileno es “huachaca”. El grafiti, del que estamos saturados lo retrata y está, desdichadamente, en todas partes.
Todos esos rayados son, qué duda cabe, la fuerza de una subcultura que se niega a redimirse. Sé es feliz en una condición que tiene mucho de patología, de resentimiento social y que se va haciendo congénita. Quienes aman el orden, la limpieza, la serena y pacífica visión de una pared, de una puerta limpia, todavía se atreven a dar la guerra. Entonces limpian, pintan y vuelven a pintar esos muros y puertas una y otra vez, tratando de borrar los rayados groseros, abominables e invasivos.
Ni los templos se han escapado a la vesania de los grafiteros. La fachada del templo de San Francisco fue profanada con pinturas procaces. Ni siquiera se respetó la escultura de Santa Clara de Asís que luce en una de las hornacinas del atrio. Se ha restaurado toda la pintura del Buen Pastor, un templo cuyas columnas exteriores sufrieron hasta más no poder la brocha de estos pintores demoniacos. La Catedral, a lo largo de su muro hacia el Paseo Estado, soportó por años todo tipo de grafitis. Se optó finalmente –en una especie de avenimiento- por un gran mural grafitero. Ninguna maravilla y de todos modos, a nuestro parecer, indigno del primer templo de la ciudad y de la Región. Se avecina el día en que, concluidos los trabajos de reparación, se abra nuevamente a los fieles el histórico templo de la Merced. Quienes tienen buena memoria, recordarán que al 27 de febrero del 2010, los muros, que dan a la calle Cuevas, de ese templo estaban llenos de grafitis, muchos de ellos verdaderas blasfemias. Escuché por ahí, que la empresa encargada de la restauración quitará los paneles que impiden el paso por el costado del templo, a última hora, por miedo a que los demenciales grafiteros ensucien los muros antes de la ceremonia inaugural. ¡Una vergüenza! La Administración del Cementerio nº 1 (Alameda Bdo. O’Higgins) restauró bellamente los muros del camposanto. Lucía en un estado deplorable. Allí se pegaban pasquines políticos y pintores de brocha gorda hacían su noviciado en el “arte” del grafiti. No quedó más remedio que pintar. Una pena, porque el muro es de piedra, noble elemento, que como mejor luce es en su estado natural. Recuerdo que, por largo tiempo, el transeúnte podía leer allí el “lema” de uno de estos frustrados artistas. Con grandes letras el gandul escribió: “Nunca seré soverbio”. (sic) Cuando leí ese insulto a la vista, a la gramática y a la cultura, me dije: ¡No, hijo! Realmente, con esa ortografía jamás podrás ser soberbio. ¡Qué pena que hayas aprendido a escribir” Ya no se lucha por alfabetizar, se lucha por una educación gratuita a todo nivel. Tal vez, haya personas que más valiera no tuvieran tales derechos. No hay que desoír la enseñanza del Maestro que aconseja: “No arrojéis las margaritas a los puercos”. Y, por favor, no se piense que segrego o discrimino. Era muy joven cuando uno de mis profesores me enseñó: “No se puede tener todo en la vida”. Hoy nuestros jóvenes no solo quieren tenerlo todo. También quieren hacerlo todo a su manera. En el siglo XX, y antes, los grafiteros se encerraban en los baños y allí dejaban su impronta. Material para un análisis freudiano. Cuando más, en el muro de una calle de arrabal daban rienda a sus obsesiones. Llegó la modernidad, la “cultura juvenil”, la liberación sexual y los grafiteros se apoderaron de las calles. Como irracionales marcan “su territorio” con signos cabalísticos, con letras deformadas, con leyendas absurdas o pseudo-filosóficas. Para ello se encaraman como simios a la cúspide de un edificio o al zócalo de un paso nivel. Se dieron el gusto. El gusto de ensuciar y de dejar su huella. La huella de su índole contestataria, destructiva, la huella del fracaso moral. Eso es todo cuánto saben hacer: rayar. Entre tanto, seguimos soportando su insaciable afán, sus ansias enfermizas de rayarlo todo. No importa lo que sea. “Son como las hormigas”, dice Guillermo Blanco. “Capaces de arruinar una tela preciosa, poquito a poco, poquito a poco, sin darse cuenta”. Ríos de pintura, toneladas de pintura, de plumones, de brochas para decirnos que la única estética es la que ellos reparten; que la armonía, la pulcritud, el orden, no tienen razón de ser. Cuestión de recorrer nuestro Rancagua, donde el grafiti se ensaña contra los colegios, los templos, las casas particulares, las tiendas, todo… Nos hemos resignado a que nuestra ciudad sea como esos antiguos pizarrones de aquellos colegios sin disciplina donde se hacía poca la tiza para que los “angelitos” hicieran monos, escribieran apodos o dedicaran versos irreverentes al profesor del curso. Y donde –curiosamente- nunca había un borrador para volver al pizarrón su color negro, que al fin de cuentas es ausencia de color. Será preciso consignar aquí también, que muchas de estas conductas, más que una tara personal o colectiva, son producto de la imitación. Se hace porque en tal parte se hace. ¿Dónde vas Vicente? –Donde va toda la gente. Esnobismo de la clase más vil, pues se imita lo negativo. Me viene a la memoria que, un simple vendedor de cerveza, Carl Jacobsen (1913) tuvo la brillante idea de inmortalizar el cuento “La Sirenita”, de Hans Christian Andersen. Y costeó de su bolsillo la estatua que, en Copenhague (Dinamarca) recibe un millón de visitantes al año. Ocurrió que en el año 2007, la estatua fue totalmente cubierta de pintura rosada y la roca –el monumento está junto al mar – rociada con spray. Pese a todo, es el nombre de Carl Jacobsen, el cervecero, el que subsiste. De los locos que atentaron contra el monumento que honra la memoria de Anderson y de uno de sus cuentos, nadie se acuerda.

 
Mario Noceti Zerega

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