Bendita sea tu belleza: la vigencia del canto a lo poeta

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Con más de cuatro siglos de historia, sus orígenes se remontan a cuando los primeros jesuitas se valían de la décima para inculcar el cristianismo entre los indígenas. Hoy, en una sociedad cada vez más laica y alejada de la tradición, ¿cómo es transmitido este legado a las nuevas generaciones? Es lo que diario El Rancagüino intentó averiguar.

Marcela Catalán

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día, alma, vida y corazón; mírame con compasión, no me dejes, Madre mía”.

Francisco Astorga dice que ésta habría sido la primera décima en llegar a Chile, plantando la semilla de lo que en la actualidad se conoce como el canto a lo poeta. Según consigna una publicación suya para la revista Scielo, con más de cuatro siglos a su haber, se trata de una de las tradiciones más antiguas del país y registraría sus raíces más hondas en el siglo XVI. Todo tendría su razón de ser en la necesidad de los jesuitas de inculcar el cristianismo entre los indígenas. Por ello es que habrían echado mano en el verso (décima), generando primero el canto a lo divino.

Conforme cita al padre Miguel Jordá, este arte tendría su fuente en la Región de O’Higgins, cuando se establecieron estos misioneros en Bucalemu y Convento en 1619. “Fueron 150 años de misiones itinerantes en que iban, de norte a sur, predicando a indígenas, españoles y mestizos, y les enseñaban a cantar y rezar la doctrina cristiana en versos, como consta en muchos documentos de la época”, agrega.

Por su parte, el origen del canto a lo humano estaría en el mundo más ‘bohemio’ de la época: en los trovadores y juglares que venían entre los españoles, quienes “suplieron textos religiosos por profanos, manteniendo el mismo estilo musical y literario”, observa Astorga. Este método, a diferencia de su antecesor, se refiere a asuntos que no son religiosos, como la literatura, historia, el amor, entre otras cosas. La paya tendría cabida aquí, entendida como “un duelo improvisado entre dos cantores a lo poeta”. Según el investigador, la palabra viene del quechua y significa “dos”.

Por supuesto, los instrumentos otorgan un componente mágico a esta tradición, atrayendo por sí solos a nuevos adeptos. El rabel es uno de estos, cuyo fin es llevar “la melodía y la expresión de ésta”. Parecido al violín, su caja es apoyada en las rodillas y posee tres cuerdas que son frotadas con un arco, para así producir sonidos. De acuerdo con el investigador codeguano, su primera referencia literaria, en Chile, data nada menos que de 1665. Ésta se encontraría en los funerales de la furiosa Quintrala.

En tanto, el nacimiento del guitarrón estaría “en la historia del canto a lo poeta”, erigiéndose en “uno de los instrumentos más representativos” de la herencia musical del país. Con 25 cuerdas, citando a Carlos Lavín, Astorga subraya que “exige virtuosidad en el ejecutante” e interpretarlo constituye una tradición que es transmitida de generación en generación.

Además está la guitarra traspuesta, una guitarra chilena que se toca con otras afinaciones para efectos de la poesía cantada. Son cuarenta, aunque “ninguno las conocería todas”, garantiza Francisco, en boca de Santos Rubio -uno de los más grandes exponentes del tema, fallecido en 2011-.

DESDE O’HIGGINS, CON AMOR
Francisco Astorga es oriundo de El Rincón. Localidad rural de Mostazal, Región de O’Higgins, allí los ruidos de la ciudad son reemplazados por el silencio, sólo interrumpido por los pájaros a lo lejos y por el ladrido de uno que otro perro.

En medio de eso, en una casa de adobe a la que se accede por un pequeño pasaje de tierra, escondida a simple vista y rodeada de verde más verde, interpreta sus versos y los de sus ancestros. El cantor los registra en múltiples cuadernos, para que el papel aguante lo que no puede el relato oral y la memoria.

Él pertenece a la tercera generación, por parte materna, dedicada a este arte. Incluso su abuela interpretaba tonadas y cuecas. A los 9 años empezó a tocar guitarra traspuesta con Luis Cantillana, mientras miraba a su maestro ejecutar algunos versos cuando visitaba su casa. Más tarde memorizó versos, refranes, brindis y décimas, iniciándose oficialmente a los 18 años en esta senda.

Sucedió en una celebración de la Cruz de Mayo, ocasión para la que procuró retener alrededor de cinco versos que quería tocar. “Pero don Lucho me dijo ‘usted no tiene autoridad para eso, yo lo acompañaré y usted cantará’. Al principio no entendía eso. Después comprendí que era importante dentro del aprendizaje: el cantor a lo poeta primero debe saber cantar, después componer, tocar e improvisar. La improvisación es el momento cúlmine de todo esto. Es un proceso largo que debe madurarse bien”, apunta.

Yo me entusiasmé, porque vi que la tradición nos unía como familia, que esto siempre era parte de la fiesta, de la alegría, de festejar la vida y la muerte”, evoca Astorga. El arte detrás de esto también fue un aliciente, debido “al atractivo especial” de la décima, y “al sonido de la guitarra traspuesta”, que el ejecutante lleva “a otra dimensión”. Similares sentimientos le despertó el guitarrón. “Hay gente que nunca lo ha escuchado, pero lo tocan y les recuerda algo. No sé sabe qué, pero es algo en nuestros genes, en nuestros ancestros”, desliza sobre este último instrumento.

Eso le sucedió a Juan Bustamante, cantor de Rancagua, quien se adentró en el tema cuando estudiaba Pedagogía en Música en la Universidad Concepción. Allí se encontró con la hermana de Francisco. Ella hablaba mucho de él y del guitarrón. “Lo considero mi maestro en ese sentido, porque él me enseñó a tocar (…) Lo escuchaba y pensaba ‘parece que son muchas guitarras’. Además, me llamó la atención lo dinámico que es”, asegura el profesor.

Astorga le prestaba el suyo cuando él todavía no tenía uno propio. Su método de instrucción era conversarle al respecto, ejecutar algunos sonidos y darle paso para que hiciera su trabajo. “Me decía ‘toma tú’, se iba y regresaba un par de semanas después”.

Ambos son compadres y amigos hasta hoy.

CANTO QUE MUDA DE PIEL: CANTO DE MUJER
La situación de Aída Correa es más parecida a la del codeguano, pues proviene de un linaje cantor. Sin embargo, a diferencia de éste, ha debido hacerse paso en un mundo de hombres y donde las mujeres poco a poco van teniendo cabida. Y es que en sus comienzos, sólo ellos podían practicar la poesía cantada y ellas debían limitarse a cultivar formas musicales como la tonada y la cueca.

De ahí que cuando se estrenó en este campo, tuviera que hacerse espacio casi a la fuerza. En la actualidad es laureada por sus pares y también por las autoridades, quienes premiaron y reconocieron su trayectoria en la pasada celebración regional del Día del Patrimonio. Su caso demuestra cómo este arte va adaptándose a los nuevos tiempos.

Yo me inicié a los 10 u 11 años. Llegué por tradición familiar, porque mis bisabuelos, abuelos, mi papá y mi tío, todos eran cantores a lo poeta y compositores de la décima espinela”, rememora Aída, original de Las Cabras. Sus ojos ven a su padre, Juan Andrés Correa Orellana, cantando a la orilla del fogón.

Empecé a grabarme todo esto y un día lo desafíe. Me presenté delante suyo, porque nunca me invitó (para enseñarme). Le dije ‘yo sé cantar’. Ahora que lo pienso, me da risa la forma en que se lo planteé. Debiera haberle comentado que quería aprender”, suelta en una carcajada sorda y corta, al recordar cómo se transformó en la primera y todavía única fémina de su familia en incursionar en la poesía cantada. De ahí en adelante, junto a su progenitor, salieron juntos a representar este género. Ya no se acompañan, debido a las enfermedades que acarrea él a sus 82 años. La artritis y artrosis le duermen los dedos.

Pese a la alegría de éste al comprobar que ella y su hermano Ramiro transmitirían la tradición a las nuevas generaciones, critica que su padre nunca mostró disposición para educarla en la guitarra traspuesta.

Siempre observé que no quiso, para que yo dependiera de él y no saliera sola. Pero me sublevé y voy igual”, manifiesta entre risas. “Fue egoísta en ese sentido. Tampoco nos dio un consejo sobre el modo de cantar. Ha sido vanidoso. Mi hermano toca; él aprendió solo, mirando. A mí, mi mamá no me dejó. Ella me quitó los deseos de aprender, solamente me tenía el título de dueña de casa. Para ella, era una tontera que estuviera interesada en la guitarra. Decía que iba a dejar de lado los quehaceres”.

Pese al machismo del pasado, Aída incluso ha cantado en velorios de angelitos, donde antes sólo se permitía la presencia de varones. Eso, hasta que féminas como ella hicieron sentir sus nombres y hoy son solicitadas tanto en ceremonias fúnebres de bebés, como de adultos -a lo que ha derivado este especial velorio de guaguas-.

Invitaban a hombres de mi familia y yo me colaba entre medio. Me iba oculta. Pero a la gente de campo le llamaba la atención. Ahora no tanto, aunque sí antiguamente. Cuando comencé, era novedoso que cantara una mujer”, rememora.

Desde la poesía popular, Rosa Araneda fue una grande que le abrió paso en el tema. De acuerdo con el portal Memoriachilena.cl, ella nació alrededor de 1850. Según otros sitios web, llegó al mundo en 1861, nada menos que en las tierras de San Vicente de Tagua Tagua. Sus versos abordaron diversos tópicos e incluso escribió unos en honor a Machalí, donde se visualiza su amplio conocimiento de la cultura campesina. Otros los dedicó a la guerra civil de 1981, resaltando su compromiso con la contingencia política. Se llamó a sí misma la “poetisa cronista”, título considerado como justo por diversos expertos, al haber descrito las circunstancias en que vivieron obreros, mujeres e indígenas.

SANGRE NUEVA
Juan Bustamante tiene cuatro hijos. Dos de ellos están imbuidos en el mundo de la música, pero ninguno en la poesía cantada que cultiva su padre desde el canto a lo divino, a lo humano y en la paya. “A lo mejor, todavía no ha llegado su tiempo”, esboza. No obstante, él ve interés en las nuevas generaciones.

“Es mucha la cantidad de poetas y de payadores jóvenes que hay, en comparación con cuando yo recién conocí el tema. Es a raíz de los talleres que se han dado, gracias a los fondos concursables. Toda una cadena, hace que este arte se desarrolle mejor. Pero es algo prácticamente escondido. Porque si le hablas al común de la gente de esto, no sabe. Sin embargo hay un público cautivo, siempre alerta respecto a qué pasa o dónde hay un encuentro”, asegura.

En sus palabras, tampoco faltan los que asisten por primera vez a un evento de esta índole, acercándosele a él o a otro exponente para saber más. Quien despierta esta atención repentina es el guitarrón, tal como le ocurrió a él. “De ahí surge lo demás, por añadidura”.

Se trata de algo que comprueba Francisco Astorga en sus clases en la Umce (Santiago) donde enseña a tocar este instrumento, aparte de guitarra traspuesta y rabel. “Muchas veces, la juventud dice ‘no me gusta la música chilena’, porque no la conoce. Pero cuando la conocen, se dan cuenta de su valor musical y cultural”, comenta. Luego los invita a las ruedas de cantores, lo que desencadena las preguntas de los que quedan prendados de esta expresión. “Muchos de ellos se están integrando a las ruedas”, garantiza.

El profesor incluso ve interés entre los más pequeños. Testimonio de ello sería su hijo Miguel (10), el mayor de los tres que tiene junto a su esposa, Myriam Arancibia, cantora a lo poeta igual que él. El niño ya compone sus propias décimas, habiendo puesto atención al tema desde sus 6 años. “En un encuentro de payadores que hacemos siempre en El Rincón, él quiso presentarse con nosotros. Le dije que preparara una décima y me respondió “no, si ya la tengo lista”, recuerda con los ojos orgullosos. “Prácticamente no le he enseñado, él escucha y va aprendiendo”. Los otros dos, Francisco (9) y María (7), lo acompañan por voluntad propia cuando otros le solicitan cantar en velorios.

Dos de los hijos de Aída Correa, representan a esta sangre nueva que hace perdurar la tradición. Y aunque no canta a lo poeta ni toca ninguno de los instrumentos ligados a esta herencia, explica que Francisca (17) escribe décimas con naturalidad. Le dedicó una a la niña, cuando ésta tenía dos años. La entonces infanta memorizó e interpretó las líneas “con melodía a lo poeta”, declara la madre.

Francisca del alma mía, mi corazón mi Panchita. Eres tú mi palomita, eres mi hija querida. Me salí con mi porfía de tenerte mi lucero, eres lo que más yo quiero, eres hija de mi amor, para que calme un dolor, tu cariño yo lo espero”.

Quizá la adolescente siga su camino. Ella canta, aunque en inglés.

En opinión de Aída, a Juan Pablo (27) le cuesta más crear sus versos. Pese a ello es que aprende a tocar guitarra traspuesta con su abuelo, quien le heredó el instrumento obsequiado por el municipio local un 18 de septiembre.

No quise imponerles el tema. Dejé que siguieran esto por intuición suya. Él siempre cantó, desde niño. Lo hacía en festivales escolares y le iba súper bien. Pero después, como es futbolista, empezó a gritar mucho en los estadios y se dañó las cuerdas vocales. Encontraba que no era capaz. En cambio, ahora quiere cantar”, sostiene la madre.

Todo comenzó cuando él era pequeño y la escuchaba a ella y al abuelo. Más adelante, aún pequeño, le enseñó brindis para que los dijera en el negocio de la familia de su padre. Allí vendían vino y le pedían versos, pagándole después por estos.

Juan Pablo ya asistió a un taller sobre el tema, dirigido por Aída en Las Cabras. Gracias al financiamiento del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, en agosto, él y otros vecinos del lugar podrán continuar aprendiendo.

Dedicarse a esto igual es difícil. Lograr escribir con la estructura de un verso o tocar una melodía en guitarra traspuesta, es más complejo de lo normal. Requiere de tiempo. Para hacer una décima o cuarteta, de cierta manera hay que estar inspirado. Y para tocar, se debe tener un buen profesor. Yo tengo a mi abuelo. Gracias a él estoy aprendiendo. Él me enseña todos los días, porque lo tengo cerca”, subraya Juan Pablo, quien hoy incursiona escribiendo a lo humano. Para cantar, practica con las décimas de su abuelo.

Él tiene versos por todo: a lo divino, humano, por el amor, por un ave o un animal, por el campo, por todo”, resalta con orgullo, aunque advierte que “hay muy pocas cosas” en papel. “Muchas se le han olvidado. Yo estoy ahí, tratando de aprender de él”.

Para Juan Pablo, es menester que el Estado se preocupe de que el canto a lo poeta perdure en el tiempo. A su juicio, los talleres son fundamentales en esto. “Falta que haya más recursos. La gente de campo no tiene el dinero para pagar un profesor, porque el canto es una cosa, la guitarra otra y hacer versos otra cosa. Entonces, le van a cobrar caro y nadie cancelará por eso. Además es algo tan antiguo, que se está perdiendo. La juventud actual está interesada en otros temas. Va lenta la renovación, es necesario que se divulgue más”.

De hecho, él cree ser uno de los pocos que, a su edad, está empeñado en dedicarse a este arte. “Hay mucha gente a la que le gusta esto, pero es menos la juventud. Quizá pasa porque en cada localidad no reconocen a las personas que lo ejercen en su momento y que ya no se presentan, como mi abuelo. Él y mi tío cantaban en muchos lugares, toda su vida. Ya no lo hacen, por la edad y las enfermedades. Ellos mismos, diez años atrás, podrían haber dictado un taller para dejar un legado. Pero nadie (se acerca), sólo gente a la que le nace. Yo tengo la suerte de que mi abuelo me enseñe”, remata.

DE UN SISTEMA MUSICAL DIFERENTE, A LOS PAYADORES DESIGNADOS
Hace más de cuatro siglos habría surgido el canto a lo divino, en un mundo distante al que impera en el occidente de estos días. Ahora, cuando hay una crisis de confianza hacia la Iglesia, ¿cómo sobrevive? Juan Bustamante separa aguas: “es que son dos cosas diferentes”, arguye.

La Iglesia, como institución macro, es una. Pero la iglesia popular, es otra. En muchos casos, el cantor a lo divino tiene más credibilidad que el cura, entonces, a veces santigua o es ministro de comunión. Hay sacerdotes que apoyan esto y le abren las puertas de la capilla, para que hagan sus vigilias. A otros no les interesa”, comenta.

Hace años que vendría esta relación ambivalente con el catolicismo oficial. Si se es más exacto, desde las décadas del 30, 40 y 50, según el artículo de Francisco Astorga para la revista Scielo, cuando por aquellos días “no se aceptaba esta manifestación de religiosidad en los templos”. Junto con la rivalidad existente entre los cantores a lo divino de ese tiempo, se delinearon los momentos más complejos para la poesía popular. Eso hasta 1973, cuando fueron reemplazados “por pseudo exponentes que tergiversaron los verdaderos valores de nuestra cultura”. Se refiere a los “payadores designados”.

Bustamante concuerda con su compadre. “Todos estos pseudo payadores que aparecieron durante el Gobierno Militar, como Lalo Vilches o Pancho del Sur, le hicieron un daño tremendo a la poesía popular. Mucha gente se quedó con esa idea de la paya”, asegura.

Más allá de esta expresión puntual, el investigador sostiene que el folclore chileno es el principal menoscabado. “Las personas que no saben, escuchan cantar y dicen ‘esa pila de gallos, de señoras, cantan desafinado’… Nosotros lo hacemos en otro sistema”, esgrime.

En su opinión, “muchos están acostumbrados a lo que se oye en la radio o en la televisión”. El problema es que “ése es otro sistema musical”, subraya. “Además, muchos folcloristas no tienen el conocimiento nuestro: cantan nuestra música, pero bajo el sistema de la radio. Y eso desvirtúa, porque después uno escucha una tonada o una cueca grabada, distorsionada en lo musical y poético, que no se toca en guitarra traspuesta y que se interpreta a otra altura. Eso hace que suene totalmente distinto. Los conjuntos folclóricos, en general, le han hecho un daño tremendo a nuestra tradición. A lo mejor sin querer, pero lo han hecho”, advierte.

PARA ENTENDER: DÉCIMA ESPINELA

La poesía de nuestros poetas populares es descendiente directa de la poesía de “arte mayor”, practicada en la sociedad cortesana de la España del siglo XVI. Fue introducida en el país por los guerreros, empleados y clérigos que llegaron a partir del siglo XVI.

En la métrica popular chilena, la forma normal de una poesía es la siguiente: se comienza por una cuarteta, es decir, cuatro versos que contienen el tema a desarrollar. Esta cuarteta es seguida por cuatro “pies” o estrofas que contienen el desarrollo del tema planteado y terminan con una última estrofa de despedida.

Cada “pie” o estrofa consta de diez “palabras” o versos. De hecho, cuando una poesía es interpretada, el cantor debe agregar seis versos a la cuarteta del tema, en una especie de exordio improvisado que no se agrega cuando la poesía se imprime.

Los versos de cada uno de los “pies” o estrofas donde se desarrolla el tema, terminan con uno de los versos de la cuarteta original, en su orden primitivo”. Fuente: Memoriachilena.cl

  • Raimundo

    FRANCISCO ASTORGA, JUNTO A SU SEÑORA, SON DOS GRACIAS VENIDAS DEL CIELO, A AMBOS LES DIGO QUE LOS QUIERO POR LO QUE SIEMBRAN EN LA TIERRA CON SU CANTO Y SU SILENCIO.

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