Arenas del Cachapoal: Pasajes

 

No. No nos referimos al precio que se paga por el billete o boleto de barco, bus o avión. Tampoco a unos determinados trozos de un libro, de un discurso o de una obra musical. Hablaremos de los Pasajes, esos pasos públicos (a veces cubiertos o techados) entre dos calles. Los Pasajes rancagüinos están lejos de parecerse a los existentes en la capital o en otras ciudades de nuestro Chile. Se requería un pasaje, se trazó, se abrió y ya. Nada de buscar bellezas, nada de pretensiones ni de proyecciones, Un pasaje para ir a pie, de esta calle a esa otra. Ahí están pues, esos pasajes inmutables, inhóspitos, incoherentes, inalterables, impávidos, acongojados, no solo por su aspecto triste y desaliñado, sino también por su estrechez de desfiladero, su angostura; que de ahí deriva angustia.
El pasaje más famoso que tuvo Rancagua fue el Pasaje Rex. Por ahí quedarán algunas fotos… ¡Y el recuerdo! Vinieron los tiempos modernos y en un abrir y cerrar de ojos se terminó el Pasaje Rex, acceso ineludible para entrar al Cine homónimo. Ya fuera por Independencia, ya por Astorga. El pasaje tenía forma de L. Pasaje cubierto, que a ambos lados contaba con una serie de locales comerciales de grandes vitrinas con marcos de bronce y muros de mármol reconstituido. El Pasaje Rex fue en su época y por al menos medio siglo, todo un símbolo del centro de Rancagua. Todavía ni soñábamos con esas grandes tiendas que lo han invadido todo, incluso el amplio espacio que ocupaba el Pasaje y el Cine Rex. Allí, en el Pasaje Rex se compraban los jeans de marca, los perfumes de calidad, las joyas y alhajas, la lencería de damas, las prendas más diversas para los bebés, las valijas y artículos de cuero y funcionaba la única librería que vendía exclusivamente libros en nuestra ciudad: La Librería Alonso de Ercilla. Ya saliendo a la calle Astorga, estaba la Zapatería “Tatito”. Exclusiva para niños y cabe las mamparas del Cine, una fuente de soda cuyo dueño era un riojano con un acento castizo muy marcado al hablar. Ir al centro de Rancagua y no darse una vueltita por el Pasaje Rex era un pecado. Allí convergían los “pololos” que venían al cine, la gente de las comunas y de las poblaciones aledañas cuando se exhibían películas de artes marciales o los insuperables spaghetti-western, esas películas de vaqueros que hicieron noticia: “La muerte viaja a caballo”; “Por unos dólares más”; “El Bueno, el malo y el feo”. Si la cinta era de las que atraían público, el Pasaje Rex mostraba las largas filas de pacientes espectadores esperando el turno para llegar ante la ventanilla donde, por medio siglo, la señorita que vendía los boletos fue siempre la misma. Igual que el decorado del Foyer del cine, en cuyos muros, sospecho que desde su inauguración, vimos y requetevimos los impertérritos e inalterables retratos de los mismos artistas de Hollywood que se deslucían en sus marcos pero jamás envejecieron. Digamos que, muchos adultos de la vecindad rancagüina, alguna vez siquiera, de jóvenes, transitaron por el Pasaje Rex así fuera para ver una película en ese cine, que tiene a su haber más historias que una novela de caballería. Caminamos por el Paseo Independencia y entre Bueras y San Martín, por el solar que da al sur, está el Pasaje Cillero. Todavía las cortinas metálicas llevan el nombre de la Casa Cillero, renombrada tienda de géneros, tapices y alfombras que murió junto con el siglo XX. Si se desea salir a la calle O’Carrol, para eso está el Pasaje Cillero, al menos en horas de Comercio, porque los vecinos se vieron en la necesidad de instalar puertas de hierro en ambas boca-calles y librarse así de los maleantes. No ha mucho que se cambiaron las baldosas de este céntrico pasaje. Lo demás sigue inmutable, inalterable, indescifrable, pues como el Pasaje está formado por dos corridas de departamentos de dos pisos, el piso de abajo, suele ser una tienda: botonerías, sastrerías, relojerías, una antigua casa de artículos para regalos, bufetes de abogados, consultas médicas, atención de podología, un heterogéneo y pequeño mundo que ofrece una seria de servicios y de artículos domésticos, sin que falte la puerta que invita a los golosos a comprar helados, bebidas o un café. Suponemos que en los pisos de arriba viven otros vecinos o los mismos que abajo tienen los botones, la cremallera o la cinta que buscábamos, la pila para el reloj, que cortan telas y tomas medidas o nos alivian de los problemas de los pies. Cada vez que paso por esta colmena humana que es el Pasaje Cillero, me ataca la nostalgia. No me habitúo a esa enorme tienda de zapatos que ocupa el espacio donde funcionó una de las tiendas más exclusivas del Rancagua del siglo pasado. Es cierto que tuvimos, allí, a un paso, a los Mundiales y La Batalla. Excelentes. Pero la Casa Cillero, que dio nombre al Pasaje, tenía ese sello de indisimulada aristocracia que empezaba en las vitrinas y terminaba en la gentileza con que se atendía al comprador. Era, como habría dicho una de nuestras viejas tías, una tienda chic, es decir, elegante.
San Martín es la Avenida que corta Rancagua Centro en dos. Los rancagüinos nos movemos indistintamente por cualquier lado. Vamos según la necesidad y el interés. La gente que viene de las comunas vecinas, no siempre pasan de Brasil a Independencia. Para la gente de los alrededores que viene de compras a Rancagua, la ciudad termina ahí: Brasil con San Martín. De ahí al poniente tienen de todo: farmacias, supermercados, tiendas de ropa, (amén de los incontables kioscos de Brasil y Santa María) restaurantes, librerías, mueblerías, negocios de línea blanca, joyerías y bisuterías, etc, etc. Como somos rancagüinos esperamos que el semáforo nos permita atravesar y ya endilgarnos por Av. Brasil. En un inmenso restaurante quedó convertido el último bastión de la tienda La Batalla. Brasil es territorio de la antigua familia Anich y es aquí, en el costado sur, que el Edificio Anich, abre la entrada del Pasaje Bomberos, llamado así porque, calle por medio con el Edificio Anich, está el Cuartel General de Bomberos, Mártir Edmundo Calvo Gómez. Hay poco que ver en este Pasaje. El Edificio Anich aloja una serie de oficinas, clínicas dentales, corredores de propiedades hasta una óptica. Ya, al interior del Pasaje fotocopiadoras, una peluquería para varones, cuya antigüedad no se puede ocultar. Por el frente, lado poniente, en lo que arriendan los Bomberos (eso supongo) la clínica de un prestigioso practicante, D. Julio Palma, de proverbial sabiduría y buena voluntad. La atención es por orden de llegada y es tan solicitado que a menudo hay personas esperándolo en plena calle. Después, una sastrería –oficio muy venido a menos en esta ciudad- una librería y nada más hasta salir a O’Carrol. Once ventanas, ningún balcón, ni una sola flor. Estuvieron, no hace mucho, abriendo el piso de este pasaje y me imaginé que lo iban a dotar de un nuevo pavimento. (Le erré el palo al gato) Es lamentable, para qué hacernos los ciegos; este Pasaje, tan céntrico y que por años estuvo convertido en un vulgar y fétido baño público, ahora debe soportar en sus muros las garras de los grafiteros. El Pasaje Bomberos merece mejorar sus perspectivas. Ni baño público, ni pizarra de los ociosos que pretenden ganar la inmortalidad ensuciando murallas.
Si nos atrevemos a caminar entre la turba multa que circula por la vereda poniente de la Av. Santa María (llamada así por el Presidente Santa María, 1825-1889) iremos a dar con el más pintoresco de los Pasajes del centro de Rancagua. El Pasaje Rochet. Aquí todo es ajetreo, movimiento, voces de mando, silbidos, llamados, preguntas y respuestas. El centro del pasaje está ocupado (de oriente a poniente) por vendedores de plantas, vendedores de afiches, calendarios, puzles, etc., y vendedores de hierbas medicinales y remedios caseros. La nota de colorido, animación y atracción la ponen esos puestos de plantas. Un jardín multicolor donde se puede comprar desde una humilde mata de geranio o pelargonio, hasta una maceta con camelias dobles ya floridas, un Dafne o un jazmín de Jujuy, unas preciosas matas de crisantemos, ciclámenes, (violetas de Persia, así las mal llamamos, pues no son violetas ni son de Persia) helechos, gomeros, filodendros, etc. Sin duda, que después de las plantas, insistiremos en que se trata de flores en maceteros y no de flores cortadas, son los yerbateros y vendedores de remedios (pomadas, ungüentos, semillas, tés, etc.) los que alcanzan el otro extremo del Pasaje. Aquí hay remedios para todos los males. Todo etiquetado, a veces con nombres que mueven a risa otras con apelativos que hacen alusión o a la planta que cura o al mal que ataca. El Pasaje Rochet no es un pasaje cubierto, pero si miramos al cielo, veremos que grandes piezas de polietileno, mal tendidas y que muestran acumulación de hojas y polvo, pretenden proteger a los vendedores de este caótico y angustioso pasaje por el cual, los transeúntes, deben abrirse paso a ambos costados de los puestos a que hemos aludido. A los costados del Pasaje hay negocios que ofrecen artículos de talabartería, cueros, sombreros, mantas, hasta frutas secas y alimentos para animales. Y como si fuera poco dos carnicerías y el infaltable restaurán al más típico estilo chileno. El Pasaje Rochet es algo muy especial. Difícilmente encontraremos en otro lugar de Chile, un rincón con tanta diversidad. Allí todos se conocen, que entre gitanos no se ven la suerte, todos respetan su espacio y todos compiten en forma más o menos honesta. Si alguna vez necesita una mata de menta, de orégano, de tomillo, de ruda, de romero o cedrón. Vaya al Pasaje Rochet. Allí hay un verdadero jardín botánico. Eso sí, no funciona los domingos.
Las cosas por su nombre, lo que no es grato es la desembocadura de ese pasaje. Ya, casi a las puertas del Mercado Municipal (lo mencionamos en otras Arenas del Cachapoal) la falta de higiene es increíble. Quizás en la Edad Media, o en esas villas castellanas del siglo XV se veían cuadros semejantes. Es verdad que al Pasaje Rochet le falta, a menudo, un poco más de aseo y prestancia. (Allí crece uno de los más lindos ejemplares de jacarandá de cuantos hay en Rancagua) Con un poco de esfuerzo, se puede lograr que la salida de este pasaje no sea una especie de resumidero, donde todo lo que sobra esté derramado por la vereda y las aceras y donde las tazas de los árboles se han transformado en basurales. Es tiempo que descubramos que el primer síntoma de la cultura es la limpieza y la limpieza es sinónimo de hermosura.

 
Mario Noceti Zerega

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