¿Extranjeros o migrantes? Los nuevos vecinos del barrio

P. Humberto Palma Orellana
Asesor diocesano Pastoral de Migrantes
Profesor U. Finis Terrae. Facultad de Educación

 

Desde el ojo experto hasta el ciudadano común, de una u otra forma todos en Chile hemos comenzado a constar un cambio en la configuración de nuestros barrios. Y ese cambio tiene que ver con el explosivo y reciente aumento de personas venidas de otros lugares, ya sea del mismo continente, ya sea de zonas geográficas más distantes y culturalmente diversas. Esas personas no son turistas. En general, llegan en busca de nuevas oportunidades, otros con la esperanza de mejores horizontes de trabajo, y algunos esperando encontrar refugio ante las dramáticas situaciones vividas en su país de origen. Sin embargo, ese proceso de migración que de suyo es complejo, puede verse frustrado en sus expectativas a causa de una forma de reacción equivocada frente a este fenómeno que nos desafía en todos los ámbitos de la vida social, política y cultural. Esa forma equivocada se nota, inicialmente, en el modo en que nos referimos a quienes llegan hoy hasta nuestros pueblos y ciudades, dispuestos a compartir el mismo espacio y a interactuar con nosotros en todos los campos del ser y del quehacer cotidiano. Y esto a pesar de nuestras resistencias que, como digo, parten por el lenguaje.

Que a los nuevos vecinos del barrio los denominemos migrantes o extranjeros, eso depende en realidad del color de su piel. Si se trata de tonos claros, cercano al prototipo caucásico, entonces es un extranjero. Pero si, por el contrario, notamos la inconfundible pigmentación morena, mestiza o mulata, inmediatamente lo clasificamos como migrante. Esto que parece tan arraigado en nuestra habitual tendencia a estereotipar personas, desencadena de inmediato una serie de reacciones aprendidas, casi inconscientes. Frente al extranjero, tendemos naturalmente a aproximarnos, porque los prejuicios y paradigmas que deambulan por la mente y el cuerpo así nos lo exigen. El extranjero, pensamos de inmediato, es un sujeto que nos aporta sabiduría y cultura, desarrollo y prestigio, alguien que “se ha dignado” venir hasta nosotros, y esa dignación cuasi divina también nos salpica. Es decir, es bien visto tener de vecino un europeo, y mejor aún si es amigo y lo metemos a casa, es snob. Pero no nos pasa lo mismo con la persona a la que catalogamos como migrante. Los mecanismos atávicos que nos llevan a acercarnos al tipo de tonos claros, son los mismos que ahora nos impulsan a sospechar, a “andarnos con cuidado”, a pasar rápidamente a otra catalogación tan propia de nuestra “idiosincracia puertas adentro”: el migrante es un tipo raro. Los vemos transitando temprano hacia sus trabajos y oficios, nos los encontramos en los restaurantes y estaciones de servicios, en los puestos callejeros. Nos hemos hecho la idea de que a algunos les ha ido bien, tipos con suerte y emprendedores, pero la mayoría sigue por allí, apiñados en plazas, en poblaciones marginales, buscando pega. Son raros, su piel es rara, sus sonsonetes y costumbres son raros. Hemos venido construyendo una caricatura que nos lleva a suponer que el migrante es como una deformación del extranjero, al que estábamos habituados a querer y “lamer las botas”. Nadie quiere lamer las botas a un migrante, ¿o sí?

El paso siguiente a estas percepciones colectivas y prejuicios gratuitos, son los mitos sociales que construimos en torno a los migrantes. El mito, en el sentido moderno del término, nace como explicación burda de una realidad o fenómeno social desconocido, ante el cual la inteligencia, ya sea por interés, pereza o comodidad, se niega a indagar en sus capas más profundas. De este modo, se perpetúa el desconocimiento y, por lo mismo, el fenómeno social seguirá experimentándose como amenaza. A su manera, el mito pretende ordenar el caos que percibe en la realidad, aquello distinto e inasible, a través de una explicación que no exige mayor análisis ni fundamentación. Simplemente es así, es verdad porque cuenta con el consenso y asentimiento común. El mito ordena en la medida que explica algo, pero al mismo tiempo achata la realidad, la jibariza dentro de sus propios límites, y de este modo provoca un grave daño cultural y social, tanto para que quienes crean y difunden los mitos como para quienes son objeto de su explicación burda y miope.

 
MITOS Y DATOS

Los extranjeros son gente linda, que aportan a nuestra raza. El migrante, en cambio, es un extraño en el vecindario, más que extraño: raro. Además de estas particulares cargas de valor que contaminan uno y otro concepto, notamos que su diferenciación fonética también conlleva semejantes deformaciones. Para nosotros, en Chile, decir “extranjero” suena bien. Decir “migrante”, suena feo. Para el caso da lo mismo, pero para el oído no son conceptos homologables de buenas a primeras, lo sabemos. Una vez más, pesan los mitos sociales. El migrante nos viene a quitar el trabajo; están llegando en masa, y pronto estaremos “llenos de negros”; llegados a una ciudad, de forma automática aumenta la delincuencia; los colombianos traen su droga y el comercio sexual; las colombianas viene a quitar maridos; los negros son buenos para el trabajo, pero los mexicanos no: a ellos tequila no más; es gente que no tiene mucha educación, y en ese sentido pueden ser obra de mano barata; ellos tienen otra fe, son de un catolicismo más primitivo, “más afro”; si los dejamos entrar, terminarán quitándonos la soberanía. Los mitos suman y siguen, aunque la evidencia dice otra cosa y los datos muestran una realidad totalmente distinta.
Derribar mitos no es nada sencillo, pero la información y el conocimiento más acabado y profundo, aunque sea una senda más larga y trabajosa, contribuye eficazmente a ello. Lo primero que dejaremos en claro es que la migración no es un fenómeno nuevo, ni en Chile ni en el mundo. Ha existido y existirá siempre. Según datos de INCAMI hay aproximadamente 232 millones de migrantes desplazándose por todos los continentes. De ellos, 30 millones configuran las sociedades de América Latina y El Caribe, y no como hito esporádico sino como una verdadera constante de su historia (Bárcena, A., 2016). Entonces, si hay algo nuevo en las migraciones ello tiene que ver más con la forma que con el fondo. Hoy no solo están llegando personas venidas de zonas geográficas atípicas hasta hace algunas décadas, sino que lo están haciendo en mayor número (Pizarro, 1997). Así lo que hasta ayer fue una excepción, hoy se está volviendo habitual y cotidiano. En el pasado, sobre todo a partir del siglo XIX, fuimos testigos de la llegada de varias colonias de extranjeros. Intencionadamente cito otra vez esa categoría: extranjeros. Familias italianas, alemanas (sobre todo en Valdivia y Llanquihue), árabes (de Palestina, Siria y el Líbano) y españolas cruzaron sus fronteras para instalarse entre nosotros (Stefoni, C. y Núñez, L., 2005). Y no olvidemos a los británicos en la zona de Valparaíso y el norte salitrero; tampoco a franceses, yugoslavos o argentinos, entre otros.

Nos acostumbramos a que estas familias fuesen parte del paisaje social. Los aplaudimos como a extranjeros de “raza linda”. Levantamos un mito positivo: ¡vinieron a mejorar la raza! Por su parte, la clase acomodada criolla consagró y reconoció a los nuevos vecinos entre sus hijos ilustres, lo hizo al elegir colegios fundados por ellos para educar allí a sus propios hijos. Para el imaginario social de la época, estudiar, por ejemplo, en los Padres franceses o alemanes ¡era otra cosa! Las monjas inglesas aportaron también lo suyo en la formación de señoritas. De esta manera, la sociedad chilena abrió sus puertas a estos bienaventurados extranjeros, que fácilmente encontraron lugar en los principales ámbitos e instituciones de la vida republicana de aquella época: en la industria y el comercio, en la educación y en la política. Nunca pusimos en mayor cuestionamiento su instalación entre nosotros. ¿Acaso los sentimos padres fundadores? Ahora llegan, en cambio, migrantes, una rareza. Y lo hacen de forma explosiva, que espanta a uno que otro conspicuo compatriota. Deambulan por doquier, hasta en los pueblos más recónditos del país.

Es verdad que el fenómeno de la migración hacia Chile ha incrementado con fuerza desde el año ’82 en adelante. Ese año la población migrante era de 83.805, y el año 2014, llega a 410.988 extranjeros (Departamento de Extranjería y Migración, 2016) . Si bien es cierto, este incremento representa una fuerte crecida en los últimos 13 años, equivalente al 123%, pero no por eso se puede hablar de una suerte de invasión de extranjeros en el país. Según datos del Departamento de Extranjería y Migración (2016), la cifra actual de migrantes no supera el 2,7% en relación al total de la población país. Lo que más ha despertado nuestra atención es que el 75% de los extranjeros residentes proviene de países del continente (Adriasola, 2016), y eso va alimentando el mito de la invasión latino-caribeña, generando obviamente diversas reacciones: desde indiferencia hasta ataques xenófobos.

En lo que respecta a la región de O’Higgins (tomada como ejemplo, por tratarse del lugar de residencia del autor de este ensayo), también ha habido un incremento importante. El año 2008 había 822 extranjeros; el 2015 esa cifra aumentó a 5.162. Esto significa que el 1,3% del total de inmigrantes que llegan al país, lo hace a esta región, lo que equivale al 0,6% del total regional de población (Abarca, 2016). Y es la Provincia de Cachapoal la que concentra el mayor número de residentes, con 4.614 con visas temporarias o sujetas a contrato; y 2.214 con permanencia definitiva (Yáñez, 2016). En ella, la comuna que congrega el mayor número de extranjeros es obviamente Rancagua, capital regional, con 1.287 residencias permanentes, y 2.902 visas temporarias y sujetas a contrato (Yáñez, 2016). De ellos, las comunidades de cien o más individuos con residencia permanente, proceden de Colombia (469), Ecuador (363), Perú (348) y Argentina (221). Pero también hay comunidades que destacan en nuestra Provincia, tanto por su cantidad como por su organización: España (96), Bolivia (84), Brasil (64), México (40), Venezuela (33); mientras que otros sobresalen por su distancia cultural y geográfica: por ejemplo, 11 indios y 11 noruegos con residencia permanente.

Y respecto de su formación, la realidad no dista mucho de lo que sucede con nuestra propia población. Tomando en consideración la investigación de Yáñez (2016), podemos concluir que en la Provincia de Cachapoal la mayoría de los inmigrantes tiene nivel de estudios medio (el 50% de residentes temporarios; y el 29% de los residentes definitivos). Y si sumamos la formación técnica y universitaria, el 22% de los residentes temporarios o sujeto a contrato, la tiene; lo mismo ocurre con el 23% de quienes cuentan con residencia definitiva. Invito, entonces, a comparar estos datos con nuestro país (según Encuesta Casen 2013). Un mito más cae al suelo. Las personas que “llegan al barrio” cuentan, en su mayoría, con la formación necesaria y suficiente para desempeñarse satisfactoriamente en cualquier campo laboral, o bien, tienen la disposición para seguir aprendiendo y estudiando. ¿Podemos decir nosotros lo mismo? ¿A qué viene entonces la desconfianza respecto de sus saberes, competencias y habilidades?

Los datos muestran, además, que esa formación va de la mano con buenos hábitos de convivencia ciudadana. Pero igualmente en este punto aflora nuestra tendencia a prejuiciar y levantar mitos. Se dice que la llegada de inmigrantes ha incidido en aumento de la tasas de criminalidad y violencia. No obstante, la evidencia dice otra cosa.

Y es que de un total de 9.023 causas vigentes atendidas en la región por la Defensoría Penal Pública al mes de junio de 2016, sólo un 0,6% han sido atribuidas a extranjeros que se ven involucrados en estos hechos, vale decir 57 causas. No obstante, a menos la mitad de estos casos aún están en proceso de investigación, por tanto, no se puede identificar como culpable al sujeto migrante. (Adriasola, L., 2016, p.8)

Lamentablemente aunque la información y verdad contenida en los datos estadísticos contradiga todos los mitos que nos hemos venido levantando en torno al nuevo fenómeno de la migración en Chile, no es fácil derribarlos. Cuando un mito se extiende, surte en la población un efecto semejante al de un “meme”. Un meme es una unidad de información cultural que se propaga de modo similar a un gen a través del patrimonio genético, un verdadero y potente replicador (Dawkins, 1993). Se entiende, por lo tanto, lo complejo que puede ser abrir mentes y fronteras. Pero, a Dios gracias, y al esfuerzo continuo de recientes publicaciones y reportajes periodísticos, la mirada hacia el extranjero-migrante comienza a tener un contrapeso positivo. De hecho, es grato constatar que empresas como El Mercurio, desde un tiempo a esta parte, estén dando amplia cobertura al tema. Y lo mismo, que en nuestra región El Rancagüino haya dedicado varias páginas de su Revista Aniversario 101 a informar sobre el particular, habla muy bien de estos medios y de nosotros. Gracias a esfuerzos de esta naturaleza, esperamos que más pronto que tarde la ciudadanía comience a ver las oportunidades y desafíos que llegan con los migrantes. Esto en una dinámica poblacional y cultural que, mientras más el planeta se convierte en la “tierra plana” de Thomas Friedmann, tiende a agudizarse y consolidarse.

 

 
DESAFÍOS Y OPORTUNIDADES DE LA TIERRA PLANA

La tierra plana de Friedman (2006) no solo supone la caída de barreras que favorecen y aceleran el intercambio comercial y cultural. La tierra plana implica, también, reestructuración y re-significación de las fronteras geográficas en un mundo globalizado. En ese mundo, los desplazamientos humanos, por la razones que sean, son parte del paisaje permanente, y en tal sentido constituyen para todos la oportunidad de aprender a vivir y convivir en una tierra nueva, donde las fronteras militarmente custodiadas ya no son suficientes para sostener la soberanía de una nación, pues esa soberanía viene re-interpretada por los mismos ciudadanos más que por la autoridades. En la tierra plana, las fronteras no tienen mucho sentido, lo que realmente vale es la forma en que se re-configura un país a partir de la diversidad, el modo en que mantiene identidad en diálogo constructivo con las culturas que acompañan a los nuevos vecinos del barrio. Y este es el mayor desafío. Un Chile en la tierra plana no puede defenderse cerrando fronteras culturales. Ya hemos visto lo peligroso que eso es: Europa lo ha pagado muy caro. El desafío de una nación en la tierra plana es el de incluir, y no solamente integrar. Incluyendo crecemos todos, pero si solo integramos al migrante, entonces él se vuelve una amenaza. La integración engendra ghettos, la inclusión en cambio construye las nuevas sociedades del mundo global.

En su mayoría, los expertos dedicados al tema concluyen que la migración no es en ningún caso un problema ni amenaza, “sino que se trata de un bien común, que podría colaborar a la disminución de la desigualdad y a la reducción de las asimetrías en un mundo globalizado” (Bárcena, 2016, p.6). Obviamente ello implica el desafío de concretar acuerdos, propiciar consensos y revisar las políticas migratorias. Pero los beneficios implicados hacen valer el esfuerzo, especialmente para un país como el nuestro que está enfrentado el nuevo fenómeno migratorio con una legislación que está al debe, lo que genera grandes y graves injusticias hacia quienes llegan al vecindario. Según Almagro (en Maturana, 2016), Secretario General de la OEA, si tomásemos más conciencia de los aportes significativos al desarrollo, es probable que la migración fuese considerada como una elección más que necesidad. De hecho, tales beneficios “se reflejan no solamente en el plan económico, sino también en el ámbito social, generando sociedades más pacíficas, tolerantes e inclusivas”.

Que dejemos atrás esa odiosa distinción entre extranjeros y migrantes, tanto en el lenguaje como en el modo de aproximarnos hacia quienes cruzan nuestras fronteras, es un desafío cultural de gran envergadura, que no solo implica al ámbito legislativo y al aparato público, sino a todos los ciudadanos e instituciones. Derribar mitos, reconocer y proteger los derechos de los migrantes es, sin dudas, tarea, desafío y oportunidad que hoy tiene nuestro país. Y en este caminar, la Iglesia Católica, a través de la Pastoral de migrantes, espera y anhela continuar siendo testimonio señero de una nación que abre sus fronteras y se reconoce parte de una nueva cultura, donde levantar muros suena más bien a debilidad que a fortaleza. Al contrario, en “la tierra plana” el barrio que tiene posibilidad de futuro es aquel que se fortalece y enriquece a partir de un nuevo concepto de mundo y de hombre, en el cual no existen más límites que el mutuo reconocimiento y resguardo de los derechos, y el individuo se construye a partir del dialogo intercultural y de la toma de conciencia de que, en definitiva, en el barrio no hay migrantes ni extranjeros, pues hoy más que ayer la movilidad, en todo sentido, es el ADN de las nuevas generaciones.

 

 

REFERENCIAS

Abarca, G. (2016). Extranjeros en busca de nuevas oportunidades. Revista Aniversario 101 años. El Rancagüino, pp.3-12.

Adriasola, L. (18 de enero de 2016). El asentamiento de extranjeros en Chile crece en 123% en 13 años. El Mercurio, cuerpo C, p.5.

Bárcena, A. (14 de agosto de 2016). La migración al servicio del desarrollo y los derechos humanos. El Mercurio, cuerpo A, p.6.

Dawkins, R. (1993). Memes: los nuevos replicadores. El gen egoísta.

Departamento de Extranjería y Migración (2016). Migración en Chile 2005-2014. Ministerio del Interior y Seguridad Pública.

Friedman, T. L. (2006). La Tierra es plana: breve historia del mundo globalizado del siglo XXI. Madrid, España: MR Ahora Ediciones.

Maturana, F. (14 de agosto de 2016). Entrevista al Secretario General de la OEA: “El desafío es proteger los derechos de los migrantes sin desconocer la soberanía y la seguridad”. El Mercurio, cuerpo A, p.7.

Stefoni, C., Núñez, L. (2005). Migración en Chile. Revista Colección Ideas, 6 (59).

Yáñez, H. (2016). Informe Visita Ad Limina Apostolorum. Obispado de Rancagua.

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