“AQUÍ NO HA PASADO NADA”, EN RANCAGUA TAMPOCO

 

Alejandro Fernández Almendras, AFA, debe ser de los mejores directores del joven y prometedor cine chileno. Este que poco a poco se va sacudiendo de la historia triste y negra de la dictadura para retratar la realidad cotidiana de este Chile que a ratos se ahoga o, como dijo Parra, y que hace una semana atrás ocurrió literalmente, eso sí encima de una camioneta en plena calle Moneda; “se está cayendo a pedazos”.
La semana pasada en un cine de Santiago (como no) asistí a una sala media llena (dato curioso), con mi hija Octavia, a ver la última cinta de AFA: “Aquí no ha pasado nada”; basado en el bullado caso de Martín Larraín. Cinta por la cual AFA recibió el Premio al Mejor Director del reciente Sanfic 2016 y el Premio Fipresci, del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias, Colombia.
No entraré a un análisis estético del film y menos en las repercusiones políticas, judiciales y morales del caso Larraín, sino, a la dependencia a las que nos tienen sometidas las grandes cadenas de cines que existen en Chile y especialmente en Rancagua “Ciudad Capital” (qué menos), en donde la cadena Cinemark, decidió –por el momento- no exhibir la película en cuestión. Por lo tanto, deciden por nosotros, seguramente basados en criterios más comerciales que estéticos; qué ver y qué no ver. En otras palabras, vemos lo que nos quieren o dejan ver, no lo que quisiéramos.
Si consideramos que hacer cine en Chile no es tarea fácil, que la mayoría de las películas chilenas que se estrenan cuentan con el apoyo del Estado a través de fondos específicos, no debiera ser posible que a lo menos quienes queramos ver lo que se realiza con nuestros impuestos, pudiésemos hacerlo. Cómo, me pregunto, no es posible que a lo menos las películas nacionales cuenten con una sala, sólo una de cada cine, por un determinado número de días, para exhibir cine chileno. Tanto sería la pérdida económica si una sala por una semana exhibiera cada película chilena que se estrena, que por cierto no son muchas.
Probablemente Cinemark diga que lo intenta pero que nadie va a ver cine chileno. De hecho sí estuvo en nuestra Ciudad Capital, la peli Neruda de los hermanos Larraín (otros, los buenos), pero claro, si no se exhibe cine chileno, la conclusión obvia es que no se vea cine chileno y si no se ve cine chileno, probablemente tampoco se demande o haya interés por verlo y por lo mismo, es lo dura una película chilena en cartelera, cuando se llega a exhibir: poco o nada. Vale decir; un círculo vicioso para con nuestro arte y nuestra cultura.
El arte en general y el cine en particular, sirven a las sociedades para mirarse, detenerse en el ajetreo del día a día y reflexionar sobre sí misma; sobre lo que somos, lo que queremos y lo mucho o poco que nos acercamos o alejamos de ese “ideario”. Sí claro, entretiene, pero lo hace formando, desarrollando “músculo” de sentido colectivo en donde reconocernos. “Aquí no ha pasado nada”, nos muestra cómo se entretiene y divierte una parte (minoritaria) de los jóvenes chilenos, esos de la clase pudiente; los “zorrones”, las “pelolais”. También cómo, frente a un problema cualquiera, tienen padres a los cuales acudir y éstos, los recursos e influencias suficientes, para que sus hijos salgan lo menos lastimado posible de cualquier situación.
“Aquí no ha pasado nada” pone el lente en un tema latente y de plena actualidad en la sociedad chilena; la impunidad a la que nos estamos acostumbrando, con la excusa de que al final del día “todos lo hacen” o “era una práctica habitual”.
“Aquí no ha pasado nada”, está para ser vista por el ojo más exigente pues cumple con todos los requisitos que uno le asignaría a una buena película, independiente de su origen, pero desgraciadamente, “aquí –en Rancagua- no ha pasado nada”.

 

 

Pepe Acosta
Universidad de Chile

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