Fervor religioso en Santa Rosa de Pelequén

Cada 30 de agosto, el tranquilo pueblo de Pelequén, en la comuna de Malloa, se transforma en un gran lugar de devoción, donde miles de fieles provenientes de todas partes de Chile llegan a agradecer a Santa Rosa de Lima por los favores concedidos.

La santa nacida en 1584 bajo el nombre de Isabel Flores de Oliva, murió en 1617 a los 31 años de edad. En 1671 fue canonizada por el papa Clemente X, en sus años de vida atendió necesidades espirituales de los indígenas, negros y enfermos.

Según la leyenda, después de la guerra con la Confederación Perú Boliviana, un oficial chileno viajaba a su hogar, cerca de Nancagua, junto a un “Cholito” de Perú, para el servicio doméstico. En el camino quedaron empantanados en el caserío llamado Pelequén.
Recibieron el auxilio de una lugareña, doña María Terán, quien albergó al peruano que tenía fiebre tifoidea. Ante los requerimientos de la dueña de casa, el peruano descubrió el tesoro que guardaba en un arcón de madera: la milagrosa imagen de Santa Rosa de Lima, su coterránea. A ella pidieron ambos por la salud del enfermo, quien al día siguiente amaneció totalmente recuperado.

La noticia corrió entre los vecinos, que de inmediato vinieron a conocer la imagen, a quien imploraron diversos favores. Recuperado, el peruano dejó su imagen querida, a la que le hicieron una gruta donde acudieron más personas a pedir favores y a pagar mandas.
Las autoridades eclesiásticas decidieron que la imagen se instalara en la sede parroquial de Malloa. Sin embargo, según cuenta la tradición, más se demoraban en trasladar la imagen en que apareciera de vuelta en Pelequén, lo que llevó a las autoridades de la época a establecer esta localidad como lugar de veneración a Santa Rosa de Lima.

El primer templo en su honor fue una capilla de tipo rural que fue creciendo hasta convertirse en el actual santuario. Además se fueron construyendo casas, trazando calles, surgiendo así el nuevo pueblo de Pelequén en torno al santuario. El antiguo caserío quedó con el nombre de Pelequén Viejo.

El santuario, como tal, existe en el lugar hace más de cien años, espacio religioso que  cada 30 de agosto abre sus puertas de madrugada para recibir a los más de 300 mil peregrinos que llegan con toda la fe descalzos, llevando unas velas o una ofrenda floral de distintos puntos del país a agradecer a la santa patrona.

 

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