El chileno y el baile.

Debo confesar, honestamente, que carezco de autoridad para referirme al tema de la danza. No sé bailar. Si alguien hay que sea inútil y sin gracia en este arte, ése soy yo. Nace de mi esqueleto, negado para la gimnástica a la cual está muy vinculado el baile, mi ninguna habilidad para la danza y no de la ignorancia de las artes musicales. Suplicio fueron para mí, siendo escolar, las clases de gimnasia, (la Educación Física actual) sobre todo, la gimnasia en aparatos y doble suplicio cuando pasé por el Regimiento. Lo que Dios no da, Salamanca no presta. Mal gimnasta y peor bailarín; no obstante, una cosa es saber bailar este o aquel ritmo y otra apreciar el baile y valorar su evolución histórica. El baile es tan antiguo como el hombre. Nació espontáneamente, igual que el grito con el cual se expresa un regocijo. El baile del hombre primitivo no fue otra cosa que saltos y brincos pero, como toda invención y conducta humana se fue educando, perfeccionando. Hay harta diferencia entre el choike prun o baile de los avestruces de los mapuches y una pavana de Jean Baptiste Lully; y entre las piruetas de los zulúes y La Bella Durmiente de Tchaikovsky.

Mario Baeza Gajardo,(1916-1998) musicólogo, Profesor de Música, Director de Coros, en su obra “Conversemos de Música” (Ed. del Pacífico. Stgo. 1964) nos recuerda que el folclore chileno “no tiene contacto con lo araucano”. En realidad ese canto que “no tiene rima ni cadencia y es tan poco modulado que tres notas bastarían para expresarlo íntegramente” no tenía nada que aportar a la música y danzas europeas que traían los conquistadores del siglo XVI. Para entonces y luego, en el siglo XVII, Europa era una constelación de compositores e intérpretes de primera clase. Las cuerdas frotadas (violín, viola, violoncelo y contrabajo) habían alcanzado una perfección insuperable e instrumentos como el oboe y la flauta traversa se imponían relegando al olvido otros instrumentos de la familia de las maderas como los cromornos. En síntesis, en el Chile colonial se cantó y se bailó lo que venía de Europa y, a menudo, cantos y danzas originadas en los países vecinos: Virreinato del Perú o Virreinato del Río de La Plata. Los instrumentos, como veremos, eran todos de clara procedencia europea.
Muchas fueron las zozobras y quebrantos que afligieron a la colonia del Reino de Chile: pavorosos terremotos, despiadadas incursiones de piratas y corsarios y la eterna guerra de Arauco. Como el hombre es animal de costumbres y a pesar de los pregones que señalaban a Chile como “tumba de españoles”, los valientes que aquí se avecindaban se daban tiempo para que, entre tantas calamidades, no faltaran las fiestas, saraos y tertulias. Las mujeres, desde su adolescencia, aprendían a tocar algún instrumento. Arpa, vihuela o guitarra, desde el principio hasta bien terminado el siglo XVII. Vicuña Mackenna cita al canariense Antonio Boza cuyas hijas eran aventajadas ejecutantes. Para 1795, eran famosos los bailes que ofrecían “las bellas Cotapos”. (Vicuña Mackenna. La Era Colonial. Ed. Nascimento, 1974) En tiempo de Cervantes (1547-1616) se establecían diferencias entre “bailes” y “danzas”. Bailes eran los propios del pueblo e incluso aquellos de tipo truhanesco. Danzas se llamaban las de carácter serio y autorizadas. No todos convienen en esta distinción, pero sabemos, de sobra, que siempre ha habido modos discrepantes en los bailes ejecutados por los aristócratas o nobles y los de las clases populares. Canciones bailables del periodo cervantesco –cuando en Chile recién se afianzaba la Colonia- eran la pavana, la calata, la frotola, etc. Del siglo XIV seguían en boga el rondó, (rondeau) la balada. Un testigo fidedigno y autorizado, pues era músico de profesión, es D. José Zapiola (1802-1885) autor de la partitura del Himno de Yungay. Testigo fidedigno en materia de bailes que conoció Chile colonial, nos cuenta, en sus “Recuerdos de Treinta Años”, que conoció de oídas, es decir, no los presenció, bailes como el paspié y el rigodón. En su época, comienzos del siglo XIX, se bailaba el minué, la alemanda, la contradanza, el rin, el churre, (especie de gavota) el valo, la gavota y la cuadrilla, introducidas en Chile en 1819. En 1817, el Ejército Libertador de los Andes, trajo el cielito, la pericona, la sajuriana y el cuando. Este es el testimonio de Zapiola y es él quien nos cuenta que en 1823, procedentes del Perú llegan “las innumerables zamacuecas, notables o ingeniosas por su música, que inútilmente tratan de instalarse entre nosotros”. (Cf. José Zapiola. Recuerdos de Treinta Años. Cap. V y VI “Música, Teatro y Baile) El mismo Zapiola nos informa que a comienzos del siglo XIX “la música en Santiago consistía en cincuenta o sesenta claves repartidos entre las casas pudientes de esta ciudad y veinte o treinta arpas…” (op. cit.) No específica Zapiola si esos claves eran clavicordios o clavecines, que la diferencia es grande, pero nos asegura que había “una innumerable cantidad de guitarras”. Advierte también que se contaba con algunas espinetas (similares al clavecín) y que conoció un solo salterio. (instrumento de cuerdas de forma trapezoidal que se pulsa con un plectro o uñeta.)
La Cueca.- Si hemos de creer a Zapiola, nuestra cueca actual (con todas sus variantes) llegó a Chile desde el Perú como zamacueca. Desde 1823 a 1828 ó 30, el baile de moda en Chile era la gavota, de origen francés: “principiaba con una especie de minué y en seguida pasaba a un aire vivo de dos tiempos, en que los bailarines ejecutaban movimientos vistosos y difíciles con los pies.”. (Zapiola, op. cit.)
Casi a finales del siglo XX, oficialmente se decretó que la cueca era o es nuestra danza nacional. Una de las definiciones más descarnadas de este baile es la que hace Joaquín Edwards Bello en su obra “Valparaíso”: “La cueca es la borrachera de la música y ningún criollo puede oírla sin sentirse ebrio de algo indefinido. Es un baile de historia o alegoría de conquista y sumisión. En otros bailes la mujer puede hacer el papel de hombre, en la cueca nunca. Los sexos quedan bárbaramente definidos”. (J. Edward Bello. Valparaíso. El Bufón. Ed. Universitaria 1ª Edición 1996. Pág. 165) Quizás desconociendo esta cita, el 19 de septiembre de 2014, D. Juan Pablo González, en Cartas al Director (El Mercurio) escribía: La cueca es un baile de cortejo amoroso, donde la coquetería y galanura de la mujer y del hombre, manifiestan la atracción entre ambos sexos”. La carta del Sr. González es digna de destacar pues añadía que “se instala el equívoco cuando la cueca la baila la madre con el hijo”. (A propósito de la cueca que la Presidenta bailó con su hijo esas Fiestas Patrias)
Imaginamos que ninguna persona con algún conocimiento de folclore, desconoce que la cueca es una danza de carácter erótico. Lo hemos leído y escuchado mil veces y las citas arriba consignadas, confirman nuestra aseveración. La cueca tiene una coreografía original y peculiar que subsiste a pesar de las modificaciones, transformaciones y adaptaciones a que los expertos en ballet o supuestos folcloristas la han ido sometiendo. Esa coreografía –no sistematizada por escuelas de danzas que eso ya deja de ser folclore o sabiduría popular- es la que Zapiola, reconociendo que era notable o ingeniosa por su música, tenía dificultades para instalarse entre nosotros. De hecho, el científico alemán Eduard Poeppig, en 1828, observa en sus crónicas que, en San Felipe “todavía se representan los bailes nacionales, reemplazados en la capital por otros (bailes) locos que han introducido los extranjeros”. Y añade que de los bailes nacionales “el cuando es quizás el más famoso”. Describe su coreografía y la expresividad de su letra. Poeppig que incluyó en su obra la partitura de esta danza (no solo la melodía sino también el acompañamiento y la letra en castellano) apostrofó al cuando como Baile nacional de Chile. (Cf. Un Testigo de la Alborada de Chile. 1826-1828. Eduard Poeppig. Traducción de Carlos Keller. Cap. IV Págs. 271 a 274. Ed. Zig-Zag. 1960) Por lo visto, si creemos a los testimonios de Zapiola y Poeppig, a comienzos del siglo XIX los bailes o danzas más en boga en Chile eran la gavota y el cuando.
Curiosamente, cuando de bailes folclóricos se trata, todo el énfasis se pone en la cueca. Se le da un carácter privilegiado y único, las demás manifestaciones de danza (resfalosa, cuando, el aire, etc.) son como piezas de museo que solo ejecutan determinados conjuntos folclóricos.
El Baile.- A la hora de bailar es cuando aparecen las contradicciones. Reconociendo que la coreografía de la cueca es difícil, las personas con sentido de la estética rehúsan bailarla. En el otro polo están los osados que salen a la pista y ¡Que sea lo que Dios quiera! Total, en algún momento el, la o los cantores gritarán: ¡Aro! ¡Aro! (Expresión quechua que significa: descanso) Osvaldo Cádiz (coautor con Margot Loyola de “Cincuenta Danzas tradicionales y populares de Chile”) afirma: “La persona que dice que el chileno no baila bien, se nota que desconoce Sucede que por una época estuvimos muy apagados y de repente descubrimos que somos latinos. La cueca urbana que hoy tiene gran auge se levantó como reacción a esa otra cueca impuesta con esquemas rígidos para competir. La danza tradicional nace en el momento de su ejecución y es personal. Ahí está su riqueza”. (De “El Mercurio” 20-IX-2014. Cuerpo A-11) Sin ser experto, el análisis lógico de lo expuesto por el Sr. Cádiz, nos dice que la cueca sería algo subjetivo. (nace en el momento de su ejecución… es personal) ¿Influencias de la cumbia, de los corridos mexicanos o guarachas? Porque, sin duda, a través de estos bailes el chileno descubrió que era latino y prefiere –digan lo que digan- una cumbia a un pie de cueca y ¿Por qué no? Uno de esos ritmos afro, bailes locos, donde cada cual inventa su coreografía. Los grados etílicos –entre gitanos no nos vemos la suerte- hacen el resto. Isabel Allende (Premio Nacional de Literatura) dice en “Mi País inventado”: “Esto de bailar es poco usual entre los chilenos, que en general carecen del sentido del ritmo”. (op. cit. Ed. Planeta 2004. Pág. 45) En otro aparte dice: “por lo general mis compatriotas bailan pésimo”. Pág. 144) Quizás los chilenos del 2016 bailen más que los de finales del siglo XX. Algo es indubitable. Una cosa es gustar del baile y otra es bailar bien. Aludíamos a que, en toda época, han coexistido los bailes honestos y los que no lo son. Hemos citado a Poeppig. El sabio alemán observó que el cuando, “bailado por la buena sociedad se manifiesta de una manera muy distinta al representarlo las clases que admiten la licencia de exteriorizar la más burda sensualidad. Queda degradado entonces a un espectáculo de repugnante crudeza y ocupa el mismo nivel que la difamada baduca del Brasil o la sajuriana del Perú”. (Poeppig op. cit.) Bailó el hombre de las cavernas, el troglodita, y su danza más que divertimento era un rito mágico mediante el cual imploraba por la fecundidad no solo de la tierra y de los animales sino por la de su propia especie. Baila el hombre actual para sacudirse el estrés y alejar los fantasmas que le crean las complejas relaciones del mundo moderno. Convengo con Isabel Allende. El chileno no es un bailarín nato. Bailar es un imperativo de la sociedad, como saber leer, manejarse con el computador, conducir un vehículo, tener correo electrónico o tarjetas de crédito. Todo eso se hace. Todos o casi todos lo hacen bien. Pero, así como no se entiende lo que se lee, no se es experto en cibernética, tenemos altos índices de accidentes de tránsito y caemos en deudas impagables, también, difícilmente bailamos una cueca como es debido y peor si vamos tras esos ritmos que rebajan nuestra condición de seres racionales. Bailar es un arte y los artistas, dicen, nacen, no se hacen.

 
Mario Noceti Zerega

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