Elecciones municipales: terreno, derrota gubernamental y abstención

 

Las elecciones del domingo pasado permiten sacar algunas conclusiones relevantes de cara al futuro de la política nacional.
Primero, los triunfos de Alessandri en Santiago, de Sharp en Valparaíso e incluso el de Soto en Rancagua y el de Codina en Puente Alto responden a un patrón común: los ciudadanos valoran y premian a aquellos que –más allá de sus colores políticos– se comprometen con un trabajo cercano, presente y conectado con las necesidades de los vecinos. Así, la conclusión es clara: la mejor manera de derrotar el muro que separa la política de la realidad social es el trabajo dedicado y cotidiano, cuyo sello sea ir al encuentro de las personas y ocuparse en primera persona de sus necesidades.
Segundo, el proyecto político del Gobierno ha sido derrotado en las urnas (tal como venía siendo rechazado sistemáticamente en las encuestas). El equipo de la Presidenta intentó convencernos que las “reformas estructurales” eran el camino que Chile necesitaba para enfrentar la desigualdad. Así, empujó modificaciones sin considerar a los detractores, pasando la “retroexcavadora” como consignó un Senador. Sin embargo, ese modo de enfrentar las discusiones políticas, de forma soberbia, avasalladora y carente de diálogo, fue rechazado por los votantes, quiénes a su vez prefirieron el trabajo de personas que estuvieran en terreno, escuchando efectivamente sus problemas y aportando soluciones reales a ellos.
¿Significa eso que Chile no necesita cambios en el ámbito de las pensiones, la salud o la centralización? Por supuesto que no. El tema de fondo es que la manera en cómo Bachelet ha conducido dichos cambios no ha encontrado respaldo en la ciudadanía. En ese sentido, además de la desprolijidad de los equipos técnicos del Gobierno y la excesiva prisa en la aprobación de las reformas, da la impresión que los ciudadanos no comparten el diagnóstico de Bachelet. Quieren más justicia, pero no a costa de la libertad. Quieren mejor educación, pero no eliminando el derecho de los padres a elegir. Y quieren que sus prioridades –seguridad, previsión social y salud– sean más relevantes que las agendas del Gobierno (tales como el costoso proceso constituyente).
Y tercero, la abstención electoral será el título con que la historia recordará estas elecciones. ¿Es preocupante que siete de 10 chilenos aptos para votar no se sientan motivados a hacerlo? Sin duda que sí. Podrían sugerirse distintas razones para este fenómeno: el individualismo cultural cada vez más instalado; la falta de proyectos políticos motivantes; el desprestigio de los políticos; la sensación de que el voto no redunda en cambios reales; entre otros. Ahora, más allá de los diagnósticos, la pregunta es qué se hace al respecto. ¿Estamos dispuestos a modificar la ley electoral, para que además de limitar el gasto, permitamos niveles adecuados de información y competencia? ¿Podremos limitar la reelección de las autoridades, para propiciar la renovación? ¿Estamos disponibles para que la educación cívica deje de ser un saludo a la bandera? ¿Daremos facilidades en los días de elecciones para los votantes con dificultades, como transporte público gratuito y buses de acercamiento neutrales?
Hitos como las elecciones deben ser espacios de reflexión proactiva. Así, es de esperar que los futuros candidatos mantengan el sello de calle, que el Gobierno corrija el rumbo y que implementemos una agenda seria en pos de mejorar la participación.

 

 

Presidente ONG Me Comprometo
Diego Schalper

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