La cárcel como hotel gratuito

Alberto Ortega Jirón

Defensor Regional de O’Higgins

 

 

El populismo penal se manifiesta desde hace mucho con frases para el bronce como: “Que los presos trabajen y dejen de vacacionar en las cárceles” o “Se les debería obligar a trabajar a esos zánganos”; “¿Por qué tenemos que pagar con nuestros impuestos la vida dulce de los delincuentes?”.

Sepa usted que el máximo beneficio que un interno en las cárceles de la región de O’Higgins puede lograr es acceder a un trabajo. Cada vez que los organismos públicos nos coordinamos para llevar deporte, cultura o educación a los penales, la gran mayoría nos dice “Gracias, pero por favor consíganos trabajo”.

Una cárcel es un espacio de pérdida de derechos, de libertad y a veces hasta de la dignidad, lo que es un suplicio en sí mismo, pero si le sumamos la imposibilidad de poder hacer “algo” con el tiempo de encierro se transforma en un infierno.
No crea que los internos pueden levantarse tarde y dedicarse a la lectura o a escribir sus memorias. Eso es falso y parte de la imaginería ignorante del que nunca ha conocido la realidad de una cárcel. Ellos deben estar listos a las ocho y media para la cuenta, después el que tiene actividades las hace y el resto se queda en ese caminar frenético de muro a muro en el patio de la cárcel hasta que a las 17:30 recién los dejen volver a sus celdas.

El tiempo sin uso, el ocio sin sentido, termina enfermando y empeorando la situación de fractura mental y enajenación del que delinque. Un experimento norteamericano demostraba que aun personas cultas y con estudios universitarios terminaban después de un tiempo alienándose y transformándose en personas violentas y disruptivas a causa del ocioso encierro.

Gendarmería lo sabe y por eso trata de usar el tiempo de los internos con la escuela y actividades deportivas o laborales que les permitan – a través de trabajos en carpintería, talabartería, muebles, estampados o cerámicas – ayudar con el sustento de sus familias. Por lo mismo, toda inversión del Estado en capacitar y mejorar esos talleres es rehabilitación pura y permanente.

De modo que cuando las autoridades van a la cárcel los internos les dirán de consumo; “por favor queremos trabajar, necesitamos trabajar”. Incluso en algunas ocasiones en la cárcel de Rancagua han sobrado los voluntarios para la confección de mediaguas de emergencia y otras labores sin remuneración porque la premisa es la misma, hacer cualquier cosa antes que caminar sin sentido y enloqueciendo en un patio claustrofóbico.

No crea por lo mismo esa frasecita populista de los zánganos holgazanes.

Lo triste es que muchos de los personeros que difunden este mito son los mismos que están obligados socialmente a presentar proyectos para modificar la legislación y el uso de los recursos públicos en esta materia de manera que se creen cárceles – talleres o centros de trabajo que cambien el actual modelo que no ofrece ninguna posibilidad laboral a sus internos

Top