Sueños

“Que el vivir solo es soñar:

y la experiencia me enseña
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar”.
(Calderón de la Barca. La Vida es Sueño,
Jornada II, escena XIX)

 

 

Todos soñamos. Ocurre con frecuencia, dice la psicología, que al despertar no recordamos los sueños o estamos seguros de no haber soñado. Otras veces decimos: Soñé toda la noche, lo cual es tan falso como lo soñado. Los sueños, por largos que nos parezcan, son brevísimos, solo duran fracciones de segundo, a lo sumo un par de minutos. La literatura, en la poesía lírica y también en la épica, en la novela y en el cuento, en todos los géneros literarios incluido el dramático (La Vida es sueño, cuya cita encabeza estas líneas es un maravilloso ejemplo y también “Sueño de una noche de Verano de Shakespeare) han usado y abusado del tema del sueño y de los sueños. La primera página de “Crónica de una muerte anunciada” (García Márquez) nos narra el sueño del protagonista y la habilidad de su madre como agorera. Uno de los cuentos más conmovedores y de los menos amargos de Oscar Wilde, “El joven rey”, está construido sobre tres sueños, “tres desgarradoras descripciones” que tienen como tema el egoísmo y maldad de los hombres. Más que sueños equivalen a una suerte de enypnión o insommium, que no es otra cosa que una pesadilla.
En la antigüedad, las distintas culturas dieron gran importancia a los sueños. En la Biblia es común la Horama visio, es decir la visión. Jacob “tuvo un sueño en el que veía una escala que apoyándose sobre la tierra tocaba con la cabeza en los cielos, y que por ella subían y bajaban los ángeles de Dios”. (Génesis 28, 12) Enseguida es Yahvé quien habla a Jacob y le confirma las promesas que su padre Isaac le había hecho al bendecirle. Cuando Jacob, luego de haber servido a Labán, retorna a Canaán, Dios le ordena que vaya a Betel, el lugar donde se le apareció Dios cuando huía de su hermano. (Génesis 35, 1-3; 65-7) Doce hijos tuvo Jacob (Israel): seis de Lía, dos de Bilhá, (esclava) dos de Zilpa (esclava) y dos de Raquel. Sabemos la historia. Raquel era le esposa predilecta y los hijos que ella engendró: José y Benjamín, eran los preferidos de Jacob. Diecisiete años tiene José cuando sueña la grandeza de su futuro. (Génesis 37, 5-11) Odiado por sus hermanos, (“Ahí viene el soñador, matémosle”) termina vendido a una caravana de mercaderes y va a dar a Egipto. En el país del Nilo, José descifrará el oneiros somnium, el sueño enigmático del Faraón. Son dos sueños pero ambos tienen idéntica interpretación. (Las siete espigas granadas y bellas y las siete espigas magras y escuálidas; las siete vacas gordas y las siete vacas flacas) Sin duda, que de los episodios oníricos narrados en el Antiguo Testamento, el más singular, seductor, literariamente notable, es el sueño de la visión de la estatua, del rey Nabucodonosor. (Daniel 2, 1-45) El relato es asaz atractivo pues, de partida, el rey no recuerda lo que soñó. Los magos y astrólogos se declaran incompetentes. Imposible dar la interpretación de algo que se desconoce.
En el Nuevo Testamento, el sueño de José en el cual un ángel disipa sus dudas sobre el embarazo de María, es claramente un oráculo: “Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados”. (Mateo 1, 20-21) Los magos de Oriente, una vez llegados a destino son también advertidos por sueños de no volver a Herodes. (Mateo 2, 12) Tanto la huida a Egipto de la Sagrada Familia, como el retorno y fijación de domicilio en Nazaret están señalados por sueños monitorios que recibe José. (Mateo 2, 13; 2, 19 y 22) Mateo además nos cuenta como entre la propuesta que hace Pilato de soltar a Barrabás o a Jesús y la respuesta de la turba, la mujer del Procurador le envía un recado: “No te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por su causa”. (Mateo 27, 19)
Se han escrito numerosos libros que pretenden interpretar los sueños. Al respecto es necesario precisar que existen dos corrientes. Una, de tipo filosófico que debemos a Sigmund Freud. (1856-1939) Su doctrina –hoy bastante abandonada- sostiene que el fondo de la psiquis del alma humana está constituido por un impulso vital que él llama libido, cuya máxima expresión es el instinto sexual. Todos los trastornos de la vida psicológica tienen explicación en razón de obstáculos, trabas, tabúes relacionados con la inhibición de la vida sexual. Para Freud los sueños constituyen una poderosa ayuda para el tratamiento de patologías de todo tipo. La psicología freudiana peca de panvitalismo y pansexualismo. La verdad es que los materiales de los sueños los tomamos de la experiencia o vivencias de la vigilia, del día ya trascurrido. Las impresiones internas o externas que afectan al que duerme. Debido al doble relajamiento del individuo (conciencia refleja y mundo de la percepción) todo lo que sucede en el sueño cae bajo la imagen y la ficción. La conciencia onírica crea esa historia fascinante (lo que soñamos) y a la vez contempla su desarrollo. Jollivet define el sueño como “una historia irrealmente vivida, que obedece a la lógica de la ficción”.
Está, en la interpretación onírica, esa corriente pseudo científica, a menudo con atribuciones paranormales o sobrenaturales. Aceptar estas interpretaciones es propio de personas supersticiosas o con tendencia al sincretismo religioso. Es verdad que a menudo creemos en sueños que se tornan realidad. Aquí la imaginación juega un papel preponderantemente negativo. Pascal decía que la imaginación es “maestra de error y falsedad” y santa Teresa de Ávila la llamaba “la loca de la casa”.
A propósito de imaginación, esta facultad útil y necesaria puede convertirse en peligro. Ella produce aquello que llamamos los “sueños románticos”, que alejan de la realidad y preparan el terreno para el desengaño. Soñamos despiertos, como la lechera de la fábula. Vendería la leche que en cántaro de greda llevaba sobre su cabeza. Con el dinero compraría esto o aquello… Brinca de gusto, se cae el jarro y se derrama la leche… Por eso Calderón de la Barca nos advierte por boca de Segismundo:

“Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando…
Sueña el rico en su riqueza…
Sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza
Sueña el que a medrar empieza
Sueña el que afana y pretende…”

Para mí no hay fingimientos,
que, desengañado ya
sé bien que la vida es sueño”.

La vida, sueño al final porque es breve. Pero antes de llamarla sueño, dice que es frenesí, ilusión, sombra, ficción. Bajaba las escaleras que conducen a la soberbia cripta de los Habsburgos, en El Escorial. En el reverso de la boleta del desayuno copié la inscripción en latín, que no figura citada en los catálogos ni monografías y que en romance diría: “¿De qué nos aprovechó la soberbia o la vanagloria de las riquezas que acumulamos? Pasaron todas ellas como una sombra”. Breve el sueño. Como tardaba el Esposo –todas- las discretas y las necias, se durmieron. A medianoche se oyó una voz: ¡Viene el esposo! ¡Despertad! Las que se durmieron prevenidas, despertaron y entraron a las nupcias. Para las otras: “Se cerró la puerta”. “Dormimos en la medida que nos desinteresamos de la realidad”. ¿Acaso nunca ha dicho Ud.: Esto me da sueño? ¿Y quién, por apático que sea no ha soñado despierto alguna vez?
Mario Noceti Zerega

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