ADIÓS, D. HÉCTOR.

 

Según las Sagradas Escrituras, la longevidad es un premio que Dios otorga a los hombres que caminan por el sendero de la justicia y que guardan los preceptos divinos. Ha concluido su peregrinaje por este mundo, D. Héctor González Valenzuela a los 96 años de edad. Una larga existencia en la cual no hay vacíos. Cincuenta años de su vida las dedicó D. Héctor a la ardua tarea de la Dirección de El Rancagüino. Pudo haberse escudado en esta labor, pero su espíritu visionario le hizo comprender que las tragedias de la existencia personal, nacen, en todos los casos, de las ocasiones desperdiciadas. Poco antes de partir escribía en su columna “Recordando”, que los mejores amigos del hombre eran los libros. Vivió entre libros, leyendo, estudiando, investigando, aprendiendo. Parecía convencido de la sentencia de Umberto Eco: “Los libros se respetan usándolos, no dejándolos en paz”. Muchas de nuestras conversaciones versaban sobre los libros, sus autores, su importancia. No solo poseía una envidiable y bien provista biblioteca personal, cuyos plúteos se hacían estrechos para contener tantos volúmenes, gozaba recordando las circunstancias en que había conocido a esos literatos que desfilaban por nuestra conversación. Los libros y su amor a la lectura lo convirtieron no solo en un periodista de fuste, respetable y digno de admiración, sino también en un académico, (fue Miembro de la Academia Chilena de la Lengua por 19 años, Sillón nº 18, y Miembro Correspondiente Hispanoamericano de la Real Academia Española desde 1997) un autor de numerosas obras –muchas de ellas premiadas- un conferenciante de singulares dotes que fascinaba al auditorio con su discurso entusiasta y convincente. Otras plumas mejor cortadas que la mía elogiarán su condición de ciudadano comprometido con una cantidad no pequeña de instituciones filantrópicas, culturales y sociales. Mis evocaciones, la imagen que se queda en mi memoria, es la de D. Héctor, invariablemente instalado ante un escritorio atiborrado de libros, de libros cerrados y abiertos, marcados, ordenados y a la mano para proceder a consultarlos, buscar una cita o cerciorarse de una fecha. No perdía su tiempo. Por eso digo que fue una vida sin vacíos. Compartíamos la lamentación de Eco cuando dice que “el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee”. Había muchos que alabarán su caballerosidad, su rectitud, su buena voluntad y hasta su buen humor. Sin duda, recibió una formación esmerada en el hogar y tuvo una educación superior que modeló su espíritu. No obstante, este rancagüino ilustre y ejemplar, con su dedicación a la lectura nos repite con Saúl Below: “Los libros, son el principal apoyo en la vida”. D. Héctor nos deja una herencia espiritual, un legado: el amor a los libros y a la lectura. Cuando ya la vista y la mente se debilitaron y la atención dificultaba ante los argumentos de un volumen, se aferró a los periódicos que leía con acuciosa detención. Primero, El Rancagüino, luego El Mercurio y si quedaba tiempo, los puzles.
Fue D. Héctor ciudadano del mundo. Su oficio, su trabajo, las instituciones a que pertenecía le dieron la oportunidad de viajar por los más variados países de los distintos continentes en forma reiterada. Otro, se había convertido en un snob insoportable. Vemos la dedicatoria de su obra “Rancagua en la Historia” y llama la atención que, con esa simplicidad columbina que le era tan peculiar, haga hincapié en la condición de rancagüinos de sus progenitores, especialmente de su padre que le enseñó a amar esta ciudad de Rancagua. Felizmente, la ciudad y sus instituciones supieron valorar la nobleza de este hijo que puso a Rancagua a la cabeza de sus cosas más amadas, y le honró y distinguió en vida. Y es que D. Héctor, amó a Rancagua con amor fino, “aquel que no busca causa ni efecto: ama porque ama y ama para amar”. Dios le concedió la dicha de ver cómo creció, prosperó y se ensanchó la antaño modesta ciudad provinciana que lo vio nacer y a la cual, como buen hijo, supo retribuir con su laboriosa existencia y con una entrega casi prodigiosa. Tanto amaba que los recuerdos le brotaban como vertientes generosas. Memoria fiel que registraba, sin yerros, detalles, circunstancias, personajes. Ojalá que para él sea verdad también lo que dice el salmo: “la memoria del justo será eterna”.
En un mundo donde cual más cual menos todos quieren ser tomados en cuenta, aplaudidos, considerados, alabados, creo, sin temor a equivocarme, que D. Héctor fue un hombre humilde. Dijo por ahí el buen D. Manuel de Unamuno que “el mundo intelectual se divide en dos clases: diletantes de un lado y pedantes de otro”. De ninguno de los dos vicios se podía acusar al Héctor González intelectual. Tal vez, en alguna ocasión leyó aquello de Kempis: “No eres mayor porque te alaben, ni menor porque te vituperen. Lo que eres, eso eres”. Y quienes lo conocimos podíamos comprobar que su humildad, es decir, esa modestia auténtica, que nace del conocimiento de sí mismo, no era, como ocurre, máscara de soberbia.
Vamos por la vida y vamos ciegos. No sabemos mirar y admirar a las personas que caminan a nuestro lado. Nuestro egoísmo nos impide mirar y reconocer los méritos y las virtudes de quienes hacen con nosotros el camino de este mundo. Hemos despedido a D. Héctor González y, como en toda despedida, habremos apreciado los arreboles que son el resplandor del sol que se apaga. Antes que se extinga la luz, y caiga el espeso velo de la oscuridad, juntemos nuestras manos y demos gracias a Dios por haber compartido el camino con un hombre que nos parecía común, pero que al partir nos deja una serie de lecciones que aprender. Adiós, Don Héctor. Le echaremos de menos. Este rancagüino ejemplar, que va apretando las gavillas después de una dichosa cosecha, nos muestra de qué manera podemos hacernos indispensables. Adiós Don Héctor. Gracias por su autenticidad, su amistad y por sus nobles ejemplos.

Mario Noceti Zerega

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