Día de la Mujer.

A propósito del Día de la Mujer, 8 de marzo de 2014, el decano de la Prensa nacional citaba las palabras del ex Pdte. Del gobierno español D. José Luis Rodríguez Zapatero: “La mayor injusticia de la Historia ha sido el dominio del hombre sobre la mujer”. Si aceptáramos como verdad absoluta esta hipérbole, deberíamos archivar ese adagio de Plauto, (T. Maccio Plauto 254-184 a. C.) que incluso hoy, en tiempos de tanta tecnología y ciencias, está plenamente vigente: “Homo homini lupus”. El hombre es un lobo para el hombre. Pruébase lo dicho en que a lo largo de la Historia la maldad humana ejercida en tiempos de paz o en medio de interminables períodos bélicos, no se ha detenido jamás a considerar la condición sexual (o de género como hoy se usa llamar) de las víctimas. Hombres y mujeres llegado el momento, llámese revolución, caza de brujas o herejes, catástrofe militares, invasiones, cruzadas, etc. Mueren por igual. Cuando en 1369 el rey de Francia mandó a Eduardo III de Inglaterra su declaración de guerra, éste respondió sometiendo a Limoges y matando 3 mil hombres, mujeres y niños. Era el inicio de la llamada Guerra de los Cien Años. En 1306, 1384 y 1396 hubo persecuciones contra los judíos en Francia, y en 1321, contra los leprosos. (¡!) Y alguien rescatará de entre los miles de hombres, mujeres y niños que costó a Francia la Guerra de los Cien Años, la singular figura de Juana de Arco. La doncella recorrió 450 millas en once días para llegar ante el rey y su Consejo. Es verdad que su mística dio vida al patriotismo francés, pero no es menos cierto que en uno de los ataques a Paris, al fracasar el asalto, los franceses sufrieron 1.500 bajas y maldijeron a Juana. Mujeres celosas fueron las que aguardaron el fracaso de Juana y la condenaron por haber combatido en un día dedicado a la Virgen. (8 de septiembre de 1429) Y aunque siempre se culpa a la Inquisición de haber enviado a la hoguera a esta joven de solo 19 años, pocos saben que uno de los jefes ingleses había dicho: “El rey de Inglaterra ha pagado mucho por ella; no podría de ningún modo permitir que muriese de muerte natural”. Cuando los secuaces de Juan Hus (precursor de la Reforma) adoptaron la idea de suprimir por la fuerza a quienes tuvieran otra fe que la suya, Bohemia, Moravia y Silesia fueron arrasadas. Los católicos alemanes de Bohemia fueron las víctimas favoritas de las armas husitas sin distinción de género. (1420-1436) El 29 de mayo de 1452, los turcos entraron en Constantinopla salvando una trinchera repleta de sus propios muertos. Los cristianos ortodoxos, incluso el emperador Constantino XI, que no murieron en el desenfrenado pillaje, fueron convertidos en esclavos sin distinción de clases ni de sexos. Dice un historiador que Bizancio “cedía su sitio en la heroica y sanguinaria, noble e ignominiosa procesión de la humanidad”. (Will Durant) Los romanos solían exclamar: Vae victi! ¡Ay de los vencidos! Bástenos mirar el período del Terror durante la Revolución Francesa, que vio caer bajo la guillotina cinco millones de cabezas, algunas tan inocentes como las de esas monjas carmelitas y otras de tan alta alcurnia como la de María Antonieta, de la más rancia nobleza austriaca. Y es que en esta “noble e ignominiosa procesión de la humanidad” en la cual “el hombre es un lobo para el hombre” no se miran géneros, ni castas, ni credos. “Se necesita un siglo –y a veces varios, añado- para pasar de la barbarie a la civilización; solo un día para pasar de la barbarie a la civilización”. Y esto no es hipérbole. La culta Alemania bajo el signo nazi cometió crímenes horrendos. Un simple partido de fútbol basta para mostrar al lobo que se esconde tras la piel de oveja que bala: “El deporte es cultura”. Por lo expuesto, considero que en la Historia hay mayores injusticias que “el dominio del hombre sobre la mujer” (Rodríguez Zapatero) y trataré de mostrarlo.

No tocaremos la llamada civilización islámica, en la que, eso es sabido, la mujer queda al margen de todo. Es verdad que en la Grecia clásica, la mujer no ocupaba cargos públicos, no podía competir en los Juegos Olímpicos (y otros afines) ni actuar en el teatro. Pero tan marginada no estaba. Una inmensa colección de importantes divinidades del Olimpo eran mujeres: Atenea, Afrodita, Artemisa, Hera, Tethis y sumemos a estas náyades, ninfas, musas, titanisas, nereidas, gorgonas; la procesión de féminas deificadas era infinita. Las hetairas eran bien tratadas y todavía se leen los poemas de Safo. Los romanos, que asimilaron estupendamente la cultura griega tampoco menospreciaron las dotes femeninas. Tan sometidas no estaban pues tenemos noticias de sus caprichosas modas, de sus elegantes vestidos, de sus riquísimas joyas y de los artificios de sus peinados. (El cuidado del cabello es una constante en la conducta femenina, incluso en los pueblos más primitivos. La peluquería es una verdadera religión para las damas de todos los tiempos) No solo eso. Leyendo la Historia vemos como las mujeres se las han ingeniado para colocar al hijo predilecto en el trono real o imperial o simplemente para ayudar al favorito a suplantar a su hermano al momento de la herencia. Acuérdese de cómo Rebeca ayudó a Jacob a quedarse con la bendición que correspondía a Esaú. (Génesis 27) De esos hace miles de años. Mujer, y madre al fin, Betsabé consigue del rey David que Salomón, su hijo, sea ungido como rey de Israel. (I Reyes I, II-17) Pero dejemos en paz las sagradas páginas. Demos un salto a la Edad Media, período que todavía espíritus mezquinos llaman Edad Oscura. ¿Quiénes eran las que recibían el homenaje de los nobles trovadores (porque para ser trovador había que ser de sangre azul) sino las bellas doncellas y las no tanto de toda la Europa meridional? ¿Por quién se jugaban la vida los temerarios caballeros en esos fastuosos torneos sino era por las damas? En el Tratado del Rey Renato sobre los torneos se nos cuenta que previo a estos combates, “las damas y doncellas examinaban los yelmos y todos los caballeros que iban a la lisa lucían banderola o en el pecho un banda que ostentaba los colores y emblemas de su amada”. Ni los papas se han librado del influjo femenino. La explicación más lógica de la leyenda de la papisa Juana, tiene que ver con el pontificado de Juan VIII. (872-882) Su debilidad ante los atropellos de Focio (Patriarca de Constantinopla) y del emperador de Oriente, crearon el infundio de que la Iglesia estaba gobernada por una mujer. Aun, si es que fuera verdad que una mujer hubiera accedido a la Sede romana, mucho más vergonzosa fue la intromisión probada y nunca desmentida de Teodora en el gobierno del Papa Sergio y de Marosia hermana de Teodora que dispuso de la vida y gobierno de Juan X (914-928) Marosia llevó adelante su perfidia y en el año 931 consiguió que su hijo, de solo 25 años, fuera elegido papa. En la intrincada y larga historia eclesiástica, las mujeres han metido algo más que las manos Y esto desde el principio. Como se administrara el Bautismo por inmersión, se creó el ministerio de las diaconisas, que ayudaban a las de su sexo a bajar y subir a y desde la fuente bautismal. Pero iniciado el siglo II, las diaconisas pretendieron otras funciones, como la de incensar el altar. El papa S. Sótero (166-175) suspendió tales abusos que fueron el principio del fin de tal ministerio. El historial de las Abadesas de Huelgas, en España, es quizás, el caso más potente del poder femenino en un período que abarca más de 600 años. Fundado en 1180, las abadesas de este monasterio fueron vitalicias hasta 1593. Tenían derecho a mitra, báculo y anillo, señorío sobre 50 villas, con jurisdicción en lo civil y criminal. Nombraban los alcaldes, escribanos y alguaciles. Proveían las prelaturas, curatos, (parroquias) capellanías, encomiendas, etc. Incluso, en su dominio otorgaban las licencias para confesar y predicar y ellas daban las “dimisorias” o permiso para que el obispo procediera a conferir el Orden Sacerdotal. San José María Escrivá, publicó una interesante monografía sobre este peculiar caso de potestad femenina. En Burgos, se decía que si el Papa quería casarse solo encontraría mujer de su categoría en la abadesa de Huelgas. Ya en pleno siglo XVII, Inocencio X (644-1650) se dejó manejar por su cuñada Olimpia Maldochini. (las malas lenguas decían que era su amante) La dama disponía “a piacere” de mitras y capelos y oculta entre los cortinajes asistía a los consistorios.
En política y gobierno las mujeres, si bien es verdad, parecían estar detrás de un muro de cal y canto, cuando se daba la ocasión hacían valer sus derechos a rajatabla. Eso desde las Cleopatras egipcias, pasando por una Isabel la Católica o una Ulrica Leonor de Dinamarca, (1636-1693) políglota y política inteligentísima. Para qué hablar de la madre de María Antonieta, María Teresa, archiduquesa de Austria, reina de Hungría y de Bohemia. (1717-1780) El elogio que ostenta su monumento es síntesis de su grandeza: (“Sexu fémina, ingenio vir”. (De femenino sexo, varón por su ingenio) Y si de osadías políticas se trata, pocas figuras opacan la ambición, astucia y visión de futuro y obstinación de Catalina de Médicis, (1519-16509) sobrina de Clemente VII; supo imponerse en una corte donde la reina era Diana, la amante de su esposo, y ser madre de tres reyes de Francia. (Francisco II, Enrique III y Carlos IX) Digamos que si bien el catolicismo cuidó la femineidad y marcó las diferencias psicológicas que hay entre hombre y mujer, nunca puso las cortapisas y vetos que las iglesias reformadas pusieron al sexo femenino. Lutero tenía de la mujer el clásico concepto de las tres K (Cocina, Iglesia, Niños) y sentía aversión por la mujer culta. Mujeres como Sor Juana Inés de la Cruz, Teresa de Ávila, Inés de Suárez o las desquiciadas como Catalina Erauzo (la famosa monja Alférez, que en honor a la verdad nunca fue monja) o Catalina de los Ríos y Lisperguer (la Quintrala) no son productos de la mentalidad de la Reforma. Se dieron en el ámbito de nuestra cultura hispana y católica. Eso del dominio del hombre sobre la mujer, al decir de Rodríguez Zapatero, no pasa de ser una exageración. La mujer cuando quiere, puede. A los dichos del político español, opongo las figuras potentes del feminismo español: Bernarda Alba y las mujeres de Bodas de Sangre. Solo las mismas que acá en Chile, supieron burlarse de las prohibiciones moralizantes del Obispo Alday. (1755-1788) Aunque también las ha habido santas y letradas, cosas ambas que hoy no gozan de admiración ni aplauso. Nuestra Gabriela se quejó de Ercilla, diciendo que había convertido a las araucanas en amazonas. Se equivoca la poeta y maestra. Más de un historiador –de esa época, que son los que cuentan- aseguran que de ser necesario, las araucanas entraban al campo de batalla y eran tan feroces como los hombres. No creo en esas injusticias que muestran una mujer esclavizada por los bemoles que implica ser mujer. Pasa que la mujer se ha hecho más liberal y deshinbida que el hombre. Ciertamente que su condición no ha mejorado y la sociedad ha perdido el primer y más noble eslabón de esa, su célula base, que es la familia. Decía el P. Antonio Trdan: “Cuando falta la madre, son tres muros de la casa que se caen”. Y ser madre es inherente a la condición de la mujer.

 

 
Mario Noceti Zerega

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