Lectura y Biblioteca.

No hablemos de los antiguos que como Asurbanipal formó la primera Biblioteca del mundo con textos que no eran ni de papiro, ni de pergamino, ni de papel, sino de ladrillos cocidos. En el Museo Oriental de Chicago, se exhiben algunos de estos “volúmenes” que no eran como nuestros ladrillos comunes, sino de formas pentagonales o hexagonales. Libros que no había que abrir ni cerrar porque la lectura estaba en cada columna grabada con signos cuneiformes. El Renacimiento fue la época en la que el libro tuvo su auge. Y no porque se hubiera inventado la imprenta solamente. Petrarca (1304-1374) era dueño de una copia manuscrita de las obras de Homero en griego, que no podía leer. Boccacio (1313-1375) hizo la primera traducción al latín de la Ilíada, a duras penas y con la ayuda de un griego del sur de Italia. Los coleccionistas de libros y la afición por las bibliotecas fue una constante. “En aquel tiempo (el Papa Nicolás V) se declaró ya abiertamente por las dos grandes pasiones del Renacimiento: libros y construcciones”. (Buckhardt) Pero no era el único. Federico de Montefeltro creó la famosa Biblioteca de Urbino (hoy en el Vaticano) sin duda la mejor de Italia, que además contaba con los inventarios de la Vaticana, de la Biblioteca de San Marcos, Florencia, de la Biblioteca Visconti de Pavía e incluso, de la de Oxford. El célebre Cardenal Bessarion reunió 600 códigos clásicos y cristianos. Cosme de Médicis quiso instalar una biblioteca en Fríesole. Hizo venir a un especialista llamado Vespasiano quien lo disuadió de la idea de comprar libros. Hágalos copiar, fue su consejo. Contrató el bibliotecólogo 45 copistas y al cabo de 22 meses. Cosme tuvo una biblioteca de 200 elegantes volúmenes. (En las copias para los príncipes y señores, el material era el pergamino, mientras que las encuadernaciones eran en terciopelo rojo con guarniciones de plata.) De ahí el menosprecio que muchos bibliófilos manifestaron por el invento de Gutemberg. El mencionado Vespasiano, afirma que Federico de Urbino “se habría avergonzado de poseer un libro impreso”. Los que si recibieron jubilosos la aparición de la imprenta fueron aquellos que desesperados por poseer un libro tenían que copiarlo. (A pluma y tinta, por supuesto)

 

En Chile, el libro siempre ha sido un pariente pobre. Es decir, los libros siempre han sido escasos y caros. Hubo períodos en la Colonia que hasta en la Catedral de Santiago escaseaban los Misales y loa canónigos no tenían breviarios suficientes para el rezo del Oficio. A eso, sumemos el desprecio que ricos y pobres han manifestado por el libo y la lectura; desprecio que ilustra muy bien el verso popular que Pedro Ruiz Aldea (1830-1870) consignó en: Destinos, “Tipos y costumbres de Chile”. Pág. 180. Zig-Zag. 1947) y que dice:
“Dios de los libros te libre,
deja estudio, busca hacienda;
no tengas cuentas de libros
sino ten libros de cuenta”.

 

Si durante la Colonia las bibliotecas fueron apenas una exclusividad de los conventos, siendo las de los jesuitas las mejores y más provistas, llegada la independencia no mejoraron las cosas. Ningún gobierno se preocupó de multiplicar las imprentas. Fuera de Santiago y Valparaíso, las imprentas eran cosa desconocida en las provincias. En Santiago, las imprentas más que editar libros se dedicaban a publicar periódicos, arma indispensable de las eternas contiendas políticas y único medio eficaz de difusión cuando faltaba harto para que apareciera la radio y se generalizaran las revistas.
En la actualidad, según declaraciones oficiales, “hoy contamos con más editoriales que nunca”. Eso no significa que el chileno lea más ahora (en el 2012, el 47% de los chilenos encuestados declaró no haber leído nada en el año) y ningún gobierno hace esfuerzo alguno por quitarle el IVA a los libros. Las librerías son un reflejo de esta realidad. En Chile hay 271 puntos de venta. De estos, el 54% está en Santiago. No es que los santiaguinos sean más aficionados a la lectura. Solo que, las grandes universidades e institutos están en la capital; luego, las librerías especializadas están allí y allá convergen, por necesidad, los lectores de provincia. Valparaíso tiene el 10% de los puntos de venta; sigue la Región de Los Lagos con un 8,9%. La Región de O’Higgins, según la encuesta que manejo, solo tiene cinco puntos de venta. De acuerdo a mis conocimientos, esos cinco puntos de venta deben incluir un par de esas buenas Librerías de Viejos. (Libros usados) No me refiero a esas librerías que solo venden libros para escolares, ya sean textos de asignatura o lectura domiciliaria. Nuestra raquítica cultura queda más al descubierto si señalamos que la población de la VI Región bordea el millón de habitantes.
Con el mismo indisimulado triunfalismo, se ha dicho que “contamos con casi diez veces más bibliotecas públicas que hace cuatro décadas”. Insistiremos que eso no es un índice válido para creer que el chileno lee más. Suelo visitar bibliotecas públicas por dos razones: necesidad (investigación) y curiosidad. He llegado a la conclusión de que la única biblioteca que funciona como tal es la Biblioteca Nacional. Y esto es relativo. También la primera biblioteca de la república se viene usando para “actos” que no se condicen con el carácter de eso que llamamos biblioteca. En mis idas y venidas por esas bibliotecas tan cacareadas, veo, primero, muy pocos lectores. Tan pocos, que hasta las bibliotecarias se toman recreo y quedan los anaqueles a merced del visitante que revisa títulos mientras aparece la dama-duende que atiende estos mundos. Los escasos lectores están en la sala de lectura, repasando los diarios. No conozco bibliotecas en regiones que separen la Biblioteca de la Hemeroteca o sala de diarios y revistas. Estudiantes con su computador que dan la sensación de estar afanados en algún trabajo intelectual pero que no consultan textos. Hay otra cosa que me llama poderosamente la atención. De repente, desaparece de la circulación una obra. Todos sabemos que el libro es un bien fungible. En una de estas bibliotecas se sacó de los anaqueles la Enciclopedia Espasa. Pregunté y me respondieron que se había dado de baja. “Había cumplido su ciclo útil”. Convengo en que nadie es irreemplazable sino Dios. Tengo entendido que esa obra no se volvió a editar. ¿Qué adquisición hizo la biblioteca para suplir el vacío que dejo esa Enciclopedia? La otra cosa que me sorprende es ver como obras que uno consultó el mes pasado ya no están. Y yo pregunto: ¿Estará en préstamo domiciliario? No señor. No está. En cierta ocasión, ante mi insistencia, me dijeron: Nunca hemos tenido ese libro aquí. El robo de libros es más común de lo que sospechamos. El estudiante roba el libro que necesita en una librería dejando encima del texto que pretende hurtar, sus cuadernos y libros. El sistema de atención actual de las bibliotecas escolares ha facilitado el robo de libros. No se roba para leer. Los textos robados van a parar a los puestos de la feria o a librerías de viejos cuyos dependientes no revisan si los textos vienen o no con el timbre de la escuela o liceo del cual fueron sustraídos.
Hay bibliotecas públicas que tienen un nutrido programa de actividades a lo largo del año. Decepciona constatar que esas actividades no tienen nada que ver con el libro, la lectura o las actividades literarias. Quizás si lo que más se aproxima al rol pedagógico de una biblioteca sea una sesión de Cuenta-cuentos. Me temo eso sí, que los pequeños se acostumbran –como cuando no había libros o eran muy escasos- a escuchar más que a leer. De hecho, hay muchos niños a los cuales, aun en Enseñanza Media, su madre, una tía o la abuela les leen esos libros que ellos debieran leer. Sería interesante que las bibliotecas celebraran, sí celebraran, los aniversarios de autores chilenos destacados o dieran a conocer sus obras. Todavía no veo –en provincias- bibliotecas que monten exposiciones para mostrar libros antiguos, primeras ediciones curiosidades bibliográficas. Tampoco son frecuentes los talleres literarios, los recitales poéticos, las charlas dadas por escritores regionales o sobre escritores importantes y sus obras. Lo más intelectual que nos ofrecen es un campeonato de ajedrez que, como dijo San Francisco de Sales, es demasiado como juego y demasiado poco como tarea mental.
La vida de nuestras bibliotecas, por más que hayan aumentado en número, sigue siendo lánguida, monótona, aburrida. Los estantes se van llenando no solo de polvo, sino de una cantidad increíble de libros provenientes de esas incontables editoriales que existen y que publican obras para satisfacer el ego de tal o cual personaje o divulgar mensajes subliminales, utopías o sistemas seudo filosóficos. Aquello que debiera estar no está. Por ejemplo: son escasos los libros de arte, de Botánica y Jardinería. Y especialmente, la gran literatura, la nuestra, la que se ha escrito en la lengua de Cervantes. Es preciso devolverle también a nuestras bibliotecas ese ambiente propicio que requiere la lectura. No es posible dar a la biblioteca los aires que se respiran en el ágora donde todos van y vienen, conversan, discuten o arman un negocio. Hemos de aprender que no basta tener una biblioteca y con suerte buenos libros, sino que acudamos a ella con frecuencia y disfrutemos de la lectura. Nos faltan las ganas de leer. Nos falta que al leer sintamos que eso nos hace felices y que para eso la Biblioteca es el lugar más adecuado.

 

 

Mario Noceti Zerega

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