El caso del hermano Abel: Una reflexión

El Hermano Abel Perez es acusado de haber cometido al menos 14 abusos sexuales.

 

 

 

 

 

Todavía dolido y desconcertado tras haberme enterado del grave casos de abusos sexuales protagonizado por el Hermano Abel Pérez- mi ex profesor de Religión en Segundo Medio del Instituto O´Higgins de Rancagua, a quien apenas conocí- decido escribir algunas reflexiones. El caso no me es ajeno. Varios Hermanos Maristas fueron fundamentales en mi formación intelectual y moral. Uno de ellos me ha acompañado con su consejo y amistad desde hace ya largos años, especialmente en los momentos difíciles. En estos días, he recordado especialmente al querido Hermano Jaime Jáuregui, a quien esta penosa situación hubiera afectado profundamente. Tengo presente también que los Hermanos Maristas llevan siglos educando y que en los últimos años han optado, a diferencia de muchas otras congregaciones, a servir a los más pobres. A pesar de lo anterior, mi labor como profesor de Etica me obliga a mirar el tema con objetividad desde todos los ángulos posibles. Finalmente, mi condición de católico me obliga a ver el asunto desde la perspectiva de la misericordia predicada por Jesús en el Evangelio.
Reconociendo entonces mi afecto profundo por los Hermanos Maristas, pero sin dejar que los sentimientos nublen mi reflexión, intento ahora pensar acerca del caso. En primer lugar, considero que es necesario distinguir cuidadosamente entre comprender una conducta y justificarla. Comprender implica entender las motivaciones que llevaron a alguien a actuar como lo hizo; justificar significa, en cambio, aprobar su conducta desde el punto de vista moral. Desde esta última perspectiva, no cabe ninguna duda que el presente caso está lleno de acciones injustificables. Me refiero, desde luego, tanto a los abusos contra niños y jóvenes, que dejaron en ellos un daño y un dolor que deberán cargar durante toda su vida, asi como al largo silencio que guardó la Congregación, que solo fue interrumpido por la presión de un grupo de exalumnos a través de las redes sociales. No creo que sea necesario seguir insistiendo en la gravedad de estos hechos. Esperamos además que el arrepentimiento manifestado en la Congregación no se quede en las palabras y en las denuncias simbólicas, sino que se traduzca en la voluntad firme de asumirlas las consecuencias de reparar el daño cometido y de enmendar el rumbo. Que nunca más un niño o un joven sufra cualquier clase de abuso en un colegio marista.
Condenar los hechos, sin embargo, no es incompatible con el intento de comprender a las personas y sus motivaciones.
La comprensión, sin embargo, es tarea difícil: ¿Se puede siquiera intentar entender la actitud de Abel? ¿Qué pasa por la mente de quien, por una parte, predica el Evangelio, se confiesa y comulga, y por otra, abusa de los mismos niños a los que debía educar y proteger? ¿Se puede comprender al hermano Mariano Varona, quien al enterarse de los hechos pensó que era suficiente trasladar a Abel a “labores administrativas”, para después improvisar ante la prensa explicaciones vagas y confusas? ¿Cómo entender que recién ahora la Congregación decida denunciar el caso de un segundo hermano marista involucrado en abusos, cuando ya no se puede hacer absolutamente nada, porque el presunto culpable está postrado en estado vegetal?
Reconozco que he formulado preguntas que son casi imposibles de responder. Hay aspectos del asunto que probablemente nunca sabremos, como por ejemplo: ¿sufrió Abel los mismos abusos que después cometió? ¿Sufre de algún tipo de patología sicológica? ¿Quiénes estaban al tanto de los abusos antes del año 2010? ¿Cuánto sabían los demás hermanos, los profesores, los funcionarios administrativos de los colegios donde trabajó Abel? Se trata de preguntas incómodas, porque nos obligan a reconocer que no tenemos todas las respuestas y que la conducta humana tiene mucho de misterio.
Sinteticemos lo dicho hasta ahora. Los abusos y el encubrimiento de los abusos son conductas imposibles de justificar desde el punto de vista moral. Si intentamos, en cambio, comprender la situación, nos damos cuenta rápidamente que no tenemos todos los elementos necesarios para hacerlo y que inevitablemente hay aspectos de la situación que se nos escapan y que quedarán en la conciencia de los involucrados. ¿Qué podemos concluir entonces?
No pretendo en ningún caso decirles a las víctimas directas o indirectas de los graves hechos ocurridos que es lo que deben hacer. Desde el punto de vista jurídico, son ahora los tribunales quienes deben determinar que castigo corresponde a los culpables y que reparación, a las víctimas. Respetuosamente, sin embargo, quisiera decir a la gran familia marista, que ninguno de nosotros está llamado a ser el juez moral de los demás. Podemos, sin duda, decir que los actos cometidos son condenables, porque no hay la menor duda que lo son, y también reprocharle a la comunidad su negligencia extrema a la hora de enfrentar los hechos. Juzgar a las personas, en cambio, escrutar las conciencias y determinar cuanta culpa tiende cada cual, no es solo una tarea ingrata, sino también imposible. La misericordia consiste en “poner el corazón en la miseria”. En estos últimos días hemos visto las miserias que escondían los hermanos. La comunidad ha caído. Sin duda, este el momento de la justicia, el tiempo en que cada uno debe responder por sus actos y omisiones. Pero ninguno de nosotros es santo, nadie está libre de culpa. No cerremos, entonces nuestro espíritu a la misericordia, y permitamos que los Hermanos Maristas puedan volver a levantarse.

 

 

Miguel González Vallejos
Abogado, Doctor en Filosofía, Académico UC
Ex alumno marista (Instituto O´Higgins de Rancagua)

 

99 comments

Yo también apenas conocí al Hno. Abel. Por lo menos conmigo no fue una persona muy cercana ni amable. Lo volví a ver en la enfermería de Sótero Sanz el 2010 a raíz de la elaboración del libro del centenario de la llegada de la Congregación en Chile. Le comenté al pasar que había sido su ex alumno en el Instituto O’Higgins, y en un principio se sorprendió para luego volver a una pasividad rayana en la indolencia.
¿Qué pasó por la cabeza de un hombre que se suponía tenía el deber de enseñar a lo más jóvenes el amor de Dios y el estar dispuesto a ayudar a los demás para hacer una sociedad más justa y buena en lo posible? Es inentendible, y en ese no entendimiento no me queda más que la misericordia y la compasión. El odio y el revanchismo nos hace daño a nosotros. Es un círculo que finalmente nos degrada y nos hace perder tiempo en nuestro camino espiritual. Hablo por mí y no por las víctimas porque no me corresponde.
En esta línea puedo en algo entender la decisión de las autoridades de la congregación para la época en que Abel confesó. Si no me equivoco eran los Hnos. Jesús Pérez y Mariano Varona. No es que no hayan hecho nada, sino inmediatamente lo sacaron de las labores pedagógicas con niños y jóvenes y lo destinaron a cuidar hermanos enfermos y mayores. Quiero creer que pensaron y empatizaron en el dolor con su compañero de comunidad. El denunciarlo acarrearía un juicio y seguramente llevarlo tras a las rejas. Ya sabemos lo que les hacen en este lugar a los que abusan de niños y jóvenes. Quizás demasiado castigo, más allá del enjuiciamiento y escarnio público. Probablemente se pusieron en el lugar de su Hno. de comunidad: Abel. En cuánto a la Congregación existe una doble lectura: pensaron solamente en las consecuencias que tendría para el Hno. Abel, aun a sabiendas que esto podría destaparse con las referidas consecuencias para la Congregación por no haber dado cuenta de esta acción deleznable de uno de ellos en el momento que se supo, o esperaban que todo esto se olvidara en un manto de olvido e impunidad para el Hno. Abel y para la Congregación. Si esta última era la intención creo que nos encontramos con un hecho muy grave y recae la responsabilidad en la congregación y en los mandamases de aquella época. ¿Cómo conocer las intenciones? Eso está en el fuero interno de lo que tomaron la decisión y ellos tendrán que hacerse responsables.
Por lo menos para mí todo lo positivo que ha realizado la Congregación no se puede borrar. No podemos castigar a toda una historia, una labor centenaria en pos de la educación y los más necesitados –especialmente en las últimas décadas- . Tenemos que darles la oportunidad de levantarse y poder realizar esa benéfica labor. Porque la misericordia, la compasión, la bondad y la empatía nos debe llevar por el sendero de guiar a todos los seres hacia la libertad y el bienestar, reconociendo nuestra naturaleza verdadera. Cuando sentimos la compasión vemos que toda vida es igual y que todos los seres desean ser felices. Y esta va dirigida a todos: por cierto a los que sufrieron los abusos, a los que tomaron las decisiones en la Congregación en esos años, y por qué no: al mismísimo Abel Pérez.

Julio Gajardo
Historiador y periodista
Generación 1993

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