El Descubrimiento de América. Los enigmas que subsisten y otros bemoles.

 

Al negro pecado de la ingratitud, pues son pocos los que valoran los beneficios que significó la llegada de los europeos a nuestro continente, hay que sumar esa bruma densa de la Historia que aún mantiene anclada en el mar de las dudas el origen y la autenticidad de los personajes que protagonizaron este “encuentro se dos mundos”.
Para 1883, casi a las puertas de los 400 años de la épica aventura, se ensalza la figura de Martín Alonso Pinzón como el auténtico líder que cuando los tripulantes luego de navegar 800 leguas querían regresar y hasta el propio Colón proyectaba el regreso, “se opuso con frases arrogantes, puso respeto y rudeza en sus respuestas y haber insistido gritando de nave a nave: ¡adelante, adelante!” (Cf. Cesáreo Fernández Duso. Colón y Pinzón. 1883) Retrátase al genovés –conocedor de sagradas y profanas escrituras- de una dialéctica persuasiva incapaz de estimular a los pusilánimes, de ahuyentar los miedos. Pinzón llegaba al corazón de esos marineros cuyo afecto no habría sabido granjearse el almirante. No obstante esta sombría descripción de D. Cristóbal, se afirma que sus conocimientos eran más los de un astrólogo que los de un marino. Martín Alonso Pinzón sobrepasaba, con creces, las prácticas de navegación del genovés. No dudamos de las dotes de Pinzón, capitán de la Pinta, hombre acaudalado y respetado que, además, contaba con el respaldo de su hermano Vicente Yáñez Pinzón, capitán de la Niña. Martín Alonso había contribuido económicamente a la expedición. No iban en barcos nuevos. La Santa María (que desplazaba 233 toneladas; velas cuadradas, con 39 metros de largo y una longitud de puente útil de 22 metros) pertenecía a Juan de la Cosa y su nombre era la Gallega, aunque los marineros la llamaban María Galante. Colón la llamó Santa María, en honor a la Madre de Dios, pero la marinería siguió llamándola María Galante hasta su pérdida en la Navidad de 1492. Resultaba lógico que en una tripulación formada por españoles y completada contra el tiempo, el marino genovés, pese a los pergaminos reales que lo acreditaban no gozara de simpatías. Tuvo después Colón conductas que empañaron su hazaña. Morirá ignorado y olvidado pero como si los deseos de sacarlo de la Historia cobraran fuerza, a este hombre que no le bastó el mundo, le han sobrado las tumbas. Solo que no sabemos si está realmente su esqueleto en alguna de ellas.
Los hipotéticos preludios. No se puede menos que esbozar una sonrisa cuando leemos que “ciento treinta y un años después del Diluvio Universal, descendientes de Cam pasaron desde Cabo Verde (África occidental; es un archipiélago) a Pernambuco (noroeste del Brasil) Cam es uno de los tres hijos de Noé. (Cf. Génesis 7, 13; 9, 18-19) Cabo Verde y Pernambuco son totalmente posibles de ubicar ¿pero quién sabe con exactitud la fecha del Diluvio?
Otra hipótesis sostiene que el Ophir (u Ofir) varias veces mencionado en la Biblia, lugar abundantísimo en oro fino, correspondería al Perú o Piru. Se sostiene que la legendaria Tarsis estaría también en América y que los cananeos expulsados de sus tierras por los israelitas terminaron estableciéndose en la costa occidental de África, Islas del Atlántico (Madeira, Canarias, Cabo Verde, etc.) y en las Antillas. Para sostener estas suposiciones se citan diversas analogías culturales (costumbres, tradiciones, rasgos étnicos, lenguaje) que serían comunes a los aborígenes americanos y a los judíos. El judío Menasseh –ben-Israel, en su obra “Esperanza de Israel”, asegura que muchos de los aborígenes de América meridional, son de ascendencia judía.
Más verosímil, teniendo en cuenta sus aptitudes para la navegación, es la hipótesis que señala a los fenicios como descubridores de América.
Las leyendas medievales que hablan de un continente situado al occidente de los mares que bañan los “finisterres” europeos son numerosas, como la de San Brandón, que asegura haber visto islas y un gran continente. Muy fuertes y con mayores tradiciones al respecto encontramos entre los antiguos irlandeses. Ellos habrían llegado a América antes del año 1000 d. C. En la segunda mitad del siglo XI, el irlandés Ari Marson habría sido arrojado por una tempestad a las costas de lo que hoy es Florida y Virginia.
Los árabes que dominaron España (711-1492) no fueron ajenos a estas pretensiones. Entre los vascos se aseguraba que habían llegado –mucho antes que Colón- a América, específicamente, a Terranova. Se ha dado por seguro que islandeses y groenlandeses conocieron América siglos antes que Colón, lo cual no sería extraño dada la ubicación de estos países, al noreste de nuestro continente. Se da como un hecho innegable tal conocimiento si se toman en cuenta los testimonios del vikingo Eric el Rojo.
Si bien, solo ocho años después de Colón, Álvarez Cabral llega a Santa Cruz, (hoy Brasil) quedan por dudosas o falsas otras fechas y viajes como el de Juan Ramalho; (Brasil, 1490) Juan Vas Cortereal (El Labrador y Terranova) y el supuesto avistamiento de la isla de Sto. Domingo por Alonso Sánchez de Huelva en 1484.
Es preciso añadir que griegos y romanos creían, como se prueba en la literatura pertinente, en la existencia de una tierra opuesta al continente que ellos conocían. Como vemos, hebreos, fenicios, árabes, cartagineses, chinos, se atribuyen o se les atribuye el “descubrimiento” de América. Aducen como argumento de la falta de pruebas, el haber sido tales descubridores “pocos en número e incapaces de establecer en América la cultura de su patria”.
¿Un nombre impropio? O ¿Un nombre incorrecto? Crecimos oyendo o leyendo que América se llama así por el navegante Américo Vespucio. Nacido en Florencia en 1452, murió en Sevilla en 1512. En realidad se llamaba Amerrigo. (del alemán: Amelrich) Tuvo una educación esmerada y amplia gracias a su tío Giorgio Antonio sabio dominico de San Marcos de Florencia. Para 1495 está en Sevilla como mercader; conoce a Colón, como consta por carta del Almirante a su hijo Diego. (5 de febrero de 1505) Preparó el segundo viaje de Colón, después de lo cual realizó cuatro viajes dos para la corona de España y dos para Portugal. En 1504 escribió Américo una carta a su protector Lorenzo de Médicis y en ella describe su viaje a Brasil. Esta carta y los viajes de Vespucio colocan al navegante y al nuevo continente en el ambiente de la cultura europea. No es posible, dada la extensión del tema, referirnos a los viajes de Américo. (Discrepan los historiadores) Una cosa es indiscutible, Américo, tal vez, recomendado por Colón, se convierte en Cosmógrafo de la Corona Española, se le dio el grado de Piloto Mayor (1509) con un sueldo de 50 mil maravedíes y 25 mil de ayuda de costa.
Queda en el olvido el trabajo del Sr. Julio Marcou, que a finales del siglo XIX probaba ser un léxico enteramente aborigen la palabra América. América, cordillera, es donde nace el Río Grande de Matagalpa (o Desastre) adonde llegó Colón en su cuarto viaje después de doblar el Cabo Gracias a Dios. En América era abundante el oro y los españoles al volver a Europa hablaron de este “país”. El error, según Julio Marcou lo cometió un librero, Hylacómilo que, lejos del mar, en vez de pensar en las tierras descubiertas pensó en Vespucio y adulteró el “Albericus”. “Cuando la carta de Basilea de 1522, primera en que se leía América provincia, llegó a España, se aceptó el nombre de América, no como el de un hombre, sino como el de un país, de una porción indeterminada del Nuevo Mundo de que ya se tenía noticia”. Pero así se escribe la Historia. Entre nosotros, el 12 de octubre fue primero un festivo llamado Día de la Raza. Nombre muy bien puesto. Piense el lector que en 1598, a poco más de cincuenta años del Descubrimiento de Chile por el adelantado D. Diego de Almagro, había en nuestro país 15 mil mestizos. Los españoles formaban verdaderos harenes con las indígenas y los araucanos después de las batallas, a la hora del canje de prisioneros solo devolvían a las españolas estériles. Como para pensar hasta qué punto son auténticos araucanos los que hoy nos traen el cuento de una etnia indígena. Son mestizos con una fuerte dosis de sangre blanca que cualquier antropólogo descifra. Hemos dado en Día de la Hispanidad, que es una verdad a medias porque nuestro castellano es ininteligible y la fe que nos legó España deja harto que desear. No obstante, como la Historia es la maestra de la vida, es preciso considerar que estamos en deuda con quienes se atrevieron a desafiar al destino y ganaron la partida.

 

 
Mario Noceti Zerega

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